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En una fiesta donde apenas conozco a nadie, en pocos minutos ya estoy hablando con gente nueva.

Cuando tengo que esperar más de lo necesario, la impaciencia crece dentro de mí.

Aunque a mi alrededor se desate el caos, por dentro me mantengo tranquilo.

Antes de entregar algo, lo reviso varias veces más por si hay algún error.

Mis amigos dicen que sé animar a toda la sala.

Me pasa que estallo antes de que me dé tiempo a medir las palabras.

Me viene bien una rutina diaria asentada y no siento la necesidad de cambiarla.

Una conversación que salió mal la repito en mi cabeza mucho tiempo después.

Cuando surge un plan o una escapada espontánea, me apunto sin pensarlo mucho.

Cuando se me mete algo en la cabeza, insisto hasta que lo saco adelante.

Cuando dos personas se enfadan, suelo ser quien las vuelve a reconciliar.

Me fijo en detalles y estados de ánimo que a los demás se les escapan.

Incluso en un día corriente encuentro algo que me hace ilusión.

En una discusión me enciendo rápido, pero también se me pasa rápido.

Rara vez levanto la voz, aunque alguien esté muy en desacuerdo conmigo.

Prefiero unas pocas relaciones profundas a un círculo amplio de conocidos.

El trabajo monótono y en solitario deja de gustarme muy rápido.

Prefiero dirigir las cosas yo mismo antes que adaptarme al ritmo de los demás.

Una cola o un retraso no me alteran: espero y ya está.

Vivo las cosas más hondo de lo que dejo ver por fuera.

Las novedades de mi vida se las cuento enseguida a los demás con entusiasmo.

No soy capaz de quedarme sentado sin más: necesito estar haciendo o resolviendo algo.

Las decisiones importantes necesito pensarlas con calma y no dejo que me metan prisa.

Me preocupo incluso por cosas que quizá nunca lleguen a pasar.

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