El DSM, la biblia diagnóstica de la psiquiatría estadounidense, describe alrededor de trescientos trastornos mentales. Depresión, ansiedad, adicciones, trastornos de personalidad. Hasta el cambio de milenio no tuvo contrapartida: no existía ningún manual de lo bueno, lo fuerte y lo admirable que hay en las personas.
Martin Seligman reparó en esa asimetría a finales de los años noventa, poco después de ser elegido presidente de la American Psychological Association. Junto a Christopher Peterson se propuso corregirla. El resultado fue un proyecto de tres años y un libro que se convirtió en uno de los textos fundacionales de la psicología positiva.
Casi cualquiera que haya hecho el test VIA conoce el modelo de 6 virtudes y 24 fortalezas del carácter. Muchos menos saben cómo se construyó, qué reglas decidieron qué fortalezas entraban y cuánto ha sobrevivido a veinte años de investigación. Esa última pregunta resulta ser mejor historia que la lista misma.
Un catálogo de lo que funciona en las personas
Peterson y Seligman partieron de una pregunta sencilla y poco habitual. La psicología sabe describir con precisión lo que se estropea en una persona. ¿Sabe describir con la misma precisión lo que funciona? En el año 2000, la respuesta honesta era no.
Seligman no llegó a esa pregunta por casualidad. Se había hecho un nombre estudiando la indefensión aprendida, uno de los rincones más sombríos de la mente humana. Cuando asumió la presidencia de la APA en 1998, eligió la psicología positiva como tema de su mandato. Una clasificación de las virtudes iba a ser su columna vertebral, un lenguaje común sobre el que pudiera construir toda la disciplina.
Su ambición era crear un inverso del DSM. Donde el manual diagnóstico ordena síntomas y trastornos, la nueva clasificación ordenaría los activos humanos. A Peterson le gustaba describir el proyecto como una especie de manual de las corduras, un catálogo de lo que está bien en una persona en lugar de lo que está mal.
Reunieron a unos 55 científicos sociales de disciplinas distintas. El grupo peinó la filosofía, la religión, la psicología del desarrollo, la psiquiatría y la investigación existente sobre el carácter. Les llevó unos tres años. En 2004 apareció el libro, Character Strengths and Virtues: A Handbook and Classification, más de 800 páginas publicadas conjuntamente por la American Psychological Association y Oxford University Press.
Lo que el modelo deliberadamente no es resulta igual de revelador. No es una tipología como el MBTI, que te mete en una de sus cajas fijas. La clasificación VIA da por hecho que tienes las 24 fortalezas, solo que en otro orden. No te dice quién eres. Describe qué predomina en ti.
Cómo decidieron qué entraba en la lista
Aquí está el corazón del proyecto. Si los autores se hubieran limitado a anotar una lista de cualidades bonitas, habrían producido un inventario arbitrario e interminable. En lugar de eso, fijaron una serie de criterios que un rasgo debía cumplir para entrar en la clasificación. No toda buena cualidad califica.
Merece la pena detallar algunas de esas condiciones:
- Una fortaleza se valora por sí misma, incluso cuando no produce ningún beneficio tangible. Admiramos la gratitud aunque nadie pague por ella.
- No puede ejercerse a costa de los demás. Una fortaleza genuina tiende a elevar a quienes la rodean en vez de rebajarlos, así que el encanto calculado de un manipulador nunca pasa el filtro.
- Existe un opuesto que se lee como defecto. Lo contrario de la bondad es la crueldad; lo contrario de la valentía, la cobardía.
- Puede medirse y se mantiene razonablemente estable en el tiempo, apareciendo en muchas situaciones y no una vez cada muerte de obispo.
- Tiene sus ejemplares, personas e historias que encarnan el rasgo casi como un caso de manual.
- Hay quien carece de ella de forma llamativa. Siempre puedes señalar a alguien a quien esa fortaleza concreta sencillamente no le sale.
Los autores asumieron que ninguna fortaleza cumpliría todos los criterios a la perfección. Las condiciones funcionaban como orientación, no como filtro binario. Aun así, son la razón por la que la lista no se lee como el capricho de dos profesores en una buena tarde.
Seis virtudes que sobrevivieron entre culturas
Antes de anotar las 24 fortalezas, Peterson y Seligman necesitaban un tejado, algún orden superior bajo el cual agruparlas. Y aquí hicieron algo que la psicología rara vez hace. Se metieron en la historia.
Katharine Dahlsgaard, trabajando con Peterson y Seligman (2005), revisó las grandes tradiciones intelectuales y religiosas de los últimos 2.500 años, más o menos. Confucianismo y taoísmo en China, budismo e hinduismo en el sur de Asia, la filosofía ateniense, el judaísmo, el cristianismo y el islam en Occidente. A cada tradición le hicieron la misma pregunta: ¿qué fortalezas humanas presenta como admirables? Su análisis apareció en Review of General Psychology.
El resultado fue sorprendentemente consistente. En culturas que durante casi toda la historia nunca se hablaron entre sí, reaparecían los mismos seis grupos. Aristóteles, Confucio y los autores de los textos bíblicos discrepaban en muchísimas cosas. Que el coraje y la justicia forman parte de una buena persona no era una de ellas.
Fíjate en el coraje. Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, lo describe como el punto medio entre la cobardía y la temeridad. En Confucio, la valentía aparece estrechamente unida a saber qué es lo correcto. El cristianismo lo coloca entre las cuatro virtudes cardinales. Tres fuentes que jamás se leyeron entre sí, todas apuntando a lo mismo.
Estas seis virtudes forman la capa superior de la clasificación. Cada una cobija varias fortalezas concretas:
| Virtud | De qué trata | Fortalezas de ejemplo |
|---|---|---|
| Sabiduría y conocimiento | Adquirir y usar el conocimiento | Curiosidad, creatividad, perspectiva |
| Coraje | La voluntad de actuar pese a los obstáculos | Valentía, perseverancia |
| Humanidad | Cuidar las relaciones cercanas | Bondad, inteligencia social |
| Justicia | Funcionar dentro de una comunidad | Equidad, trabajo en equipo |
| Templanza | Protección frente al exceso | Autorregulación, humildad |
| Trascendencia | Conexión con algo más grande | Gratitud, esperanza, humor |
Ojo, son ejemplos y no un inventario completo. Cada virtud cubre entre tres y cinco fortalezas, 24 en total, y la lista entera con la descripción de cada una está desplegada en una guía aparte. Aquí nos interesa la lógica que las sostiene.
Lo que se sostiene: el experimento de 2005
Una teoría bonita está muy bien. ¿Funciona en la práctica? La primera evidencia sólida llegó un año después de publicarse el libro.
Seligman, Steen, Park y Peterson (2005) publicaron en American Psychologist un estudio en el que repartieron varios ejercicios por internet a cientos de voluntarios. Uno de ellos funcionaba así. Identifica tus cinco rasgos más marcados mediante un cuestionario y luego, durante una semana entera, usa cada uno de ellos de alguna forma nueva cada día.
El grupo que lo hizo reportó más felicidad y menos depresión. Eso solo no sorprendería a nadie. La sorpresa fue cuánto duró. El efecto se mantuvo seis meses después de una única semana de ejercicios, mientras que el grupo de control, con una tarea neutra, volvió a su punto de partida en pocas semanas.
¿Qué conclusión sacamos? Rellenar el test no cambia nada por sí solo. La diferencia viene de la segunda parte, el uso deliberado de tus fortalezas en la vida corriente. Tus fortalezas distintivas, las cinco más pronunciadas, funcionan como palancas. Tira de la correcta y se mueve con ella buena parte de tu vida.
Imagina a alguien cuya fortaleza distintiva es la curiosidad. Usarla de una forma nueva no exige ningún gesto grandioso. Basta con sentarse a comer al lado de una persona a la que no conoce y preguntarle por su trabajo. O volver a casa por otra calle y fijarse en cosas que antes se le escapaban. Una nimiedad, y aun así un efecto medible.
Lo que no se sostiene: seis virtudes que la estadística no ve
Ahora la parte menos cómoda. Si el modelo afirma que 24 fortalezas se agrupan en 6 virtudes, los datos deberían confirmarlo. Haz que miles de personas rellenen el test, examina matemáticamente cómo se agrupan las respuestas y deberían saltar seis conglomerados.
No saltan.
Robert McGrath, que analizó respuestas de cuatro muestras con más de un millón de participantes en total, encuentra una y otra vez entre tres y cinco factores, no seis. Y no se corresponden limpiamente con las virtudes del libro. McGrath (2015) propone un modelo más simple de tres grandes grupos, traducibles a grandes rasgos como curiosidad, bondad y autocontrol.
Las seis virtudes son, entonces, un mapa hermoso trazado desde la filosofía y la historia, no desde los datos duros. La estadística ve contornos más gruesos. Algunos investigadores añaden que los factores resultantes se parecen bastante a las dimensiones del Big Five, lo que significaría que el VIA mide menos cosas nuevas de lo que parecía al principio.
¿Es eso un problema? Para un psicómetra estricto, sí. La estructura de seis factores que el modelo promete no ha replicado, y esa objeción es legítima. El criterio de lo moralmente valorado también recibe críticas, por blando y por depender demasiado de a quién preguntes.
Los defensores tienen respuesta. Las virtudes, dicen, nunca pretendieron ser conglomerados estadísticos, sino categorías con sentido tomadas de la filosofía. Una biblioteca no ordena sus estanterías haciendo que una computadora calcule correlaciones, y aun así encuentras los libros mucho mejor que en un montón único. La pregunta no es si el modelo es estadísticamente limpio, sino si nos sirve de algo.
Por qué el vocabulario funciona aunque el modelo cruja
Conviene separar dos cosas. Una es la afirmación científica de que existen exactamente seis virtudes con una estructura interna fija. Esa afirmación admite dudas. La otra es la utilidad práctica de un vocabulario compartido para lo bueno que hay en las personas. Esa utilidad se mantiene.
Antes de la clasificación VIA, la pregunta "¿en qué eres bueno?" solía provocar una niebla vaga o una lista de habilidades del tipo "manejo Excel y tengo carné de conducir". Peterson y Seligman pusieron 24 nombres a fortalezas del carácter de las que hasta entonces solo se hablaba de forma difusa. Nombrar algo es el primer paso para trabajarlo a propósito.
Piensa en tu última evaluación de desempeño en el trabajo. ¿Cuántos minutos se fueron en lo que haces mal y cuántos en lo que haces mejor que nadie? Para la mayoría la proporción es desoladoramente desigual. Un vocabulario de fortalezas ofrece un contrapeso, no como sustituto de trabajar los puntos débiles, sino como la otra mitad del cuadro, la que suele faltar por completo.
También caló mucho más allá de la academia. El cuestionario VIA lo han completado millones de personas y aparece en coaching, en colegios y en terapias centradas en las fortalezas en vez de en los síntomas. Un modelo cuya estructura factorial los psicómetras cuestionan se ha convertido, paradójicamente, en una de las herramientas más usadas de la psicología aplicada. Si quieres ver tu propio orden de las 24 fortalezas, el test de fortalezas de carácter está construido sobre la clasificación VIA y te devuelve una jerarquía desde tu fortaleza más marcada hasta la más débil.
Confirmen o no las estadísticas las seis virtudes, algo queda del trabajo de Peterson y Seligman. Cambiaron la pregunta que hace la psicología. Junto a "¿qué le pasa a esta persona?" colocaron otra igual de seria: "¿qué hay de bueno en ella?". Y esa segunda pregunta sigue recibiendo peor respuesta de la que merece.

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