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Cuando me dan una nueva responsabilidad, espero el momento en que se vea que no estoy a la altura.

Un elogio lo minimizo enseguida por dentro: seguro que no fue nada difícil.

Cuando tengo éxito, la primera explicación que se me ocurre es una feliz casualidad.

En las reuniones se me pasa por la cabeza que todos los demás entienden el tema más a fondo que yo.

Cuando algo me sale bien, me digo que eso lo habría logrado cualquiera.

Mi puesto actual se lo debo más al buen momento que a mis capacidades.

Me siento como un actor que interpreta la experiencia en vez de tenerla.

Cuando saco un trabajo adelante, sé reconocer que el mérito es mío.

En los exámenes y las entrevistas suelo tener suerte con las preguntas.

En lo que hago piso terreno firme.

Después de cada meta cumplida subo el listón de manera que el éxito deja de valer.

Considero que mis éxitos son el resultado de mi propio trabajo.

Antes de presentar mi propio trabajo suelo temer que salgan a la luz mis lagunas.

En la retroalimentación oigo sobre todo las objeciones: la parte del elogio me pasa de largo.

Cuando un proyecto sale bien, se lo atribuyo sobre todo a que las circunstancias se juntaron.

Los puestos que ocupo me quedan una talla más grandes de lo que soy en realidad.

Sé enumerar sin vergüenza los resultados que llevo conseguidos.

Tengo la sensación de que la gente me juzga con indulgencia y por eso salgo adelante.

Cuando alguien me pone a prueba a fondo, doy la talla.

Los diplomas y los certificados los tomo como papeles que no dicen gran cosa de mí.

Sé que cuando las cosas me van bien no es casualidad.

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