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Personalidad y autoconocimiento

Cómo aceptar un elogio sin quitarle importancia

“No es para tanto.” Por qué encogemos el elogio al instante, dónde acaba la modestia y empieza la desvalorización, y qué decir en su lugar.

Marta entrega un análisis en el que ha estado tres semanas y en la reunión oye de su jefe que es el mejor informe que ha visto en todo el año. En cinco segundos lleva tres frases dichas: que no tenía dificultad, que la ayudó mucho Álvaro, el de finanzas, y que de todos modos quedaron dentro un par de cabos sueltos.

El jefe asiente y pasa al punto siguiente. Marta tiene la sensación de haberse portado como es debido. Del elogio por el que alguien pidió la palabra en esa sala no ha quedado nada aprovechable ni para ella ni para él.

La coletilla que se añade al elogio es una de las costumbres más silenciosas que una persona puede tener. No molesta a nadie y por separado no cuesta nada. La factura llega años después, cuando tienes que hablar de ti en voz alta y descubres que no tienes de dónde tirar.

De dónde sale la coletilla

La primera razón es cultural. En español rechazar un elogio no es exactamente modestia, es una fórmula de cortesía: qué va, no es para tanto, exageras, cualquiera lo habría hecho. Funciona como el forcejeo por pagar la cuenta. La norma de cortesía reparte el trabajo: uno quita importancia y el otro insiste. Se aprende de niño y sale como un reflejo, y un reflejo no distingue situaciones.

El problema aparece cuando el otro no insiste. En una reunión o en un correo nadie repite el elogio, así que la fórmula se queda sola en la sala y suena a lo que dice: que ahí no había nada que valorar.

La segunda razón es un miedo práctico. Un elogio es a la vez una expectativa: si lo aceptas, confirmas que ese es tu nivel normal y la próxima vez se contará con él. La coletilla baja el listón antes de que nadie llegue a subirlo. Álvaro, que tras una presentación redonda suelta que tuvo suerte con el público, se compra el derecho a decepcionar la próxima vez.

Y en tercer lugar está la incomodidad a secas. El elogio te pone unos segundos en el centro de la atención y el silencio posterior se lleva mal. La coletilla lo llena, desvía la atención y alivia a todos. Por eso sale deprisa y sin pensar.

Que se trata más de una representación para el público que de una convicción real lo sugirió una serie de estudios de Mark Leary y sus colegas del año 2000. Las personas con dudas fuertes sobre sí mismas se valoraban bastante más modestamente cuando su respuesta la iba a ver alguien más. Al rellenar lo mismo en condiciones anónimas, la diferencia desaparecía en buena parte. La modestia no era lo que pensaban de sí mismas, sino lo que decían en voz alta.

¿Te acuerdas del último elogio que recibiste? Intenta recuperar tu respuesta y, sobre todo, si en ese momento te la creías tú.

La modestia deja el hecho en pie, la desvalorización lo borra

La diferencia entre modestia y desvalorización no se nota por la educación, porque las dos suenan educadas. Se nota por lo que le pasa al hecho. La modestia lo deja donde está y solo le añade las circunstancias: salió bien y tenía un buen equipo detrás. La desvalorización lo retira, porque después de una frase sobre que eso lo habría sacado cualquiera ya no queda nada que reconocer.

Toda la prueba cabe en una sola pregunta. ¿Te crees lo que estás diciendo? Si le respondes al jefe que no fue nada mientras sabes de tres versiones, dos noches largas y una llamada que salvó el asunto entero, eso no es modestia. Es información inexacta sobre ti que difundes tú.

La segunda prueba es aún más rápida. ¿Dirías lo mismo de un compañero que hubiera hecho el mismo trabajo? La mayoría duda aquí, porque en el trabajo ajeno las horas invertidas son mérito y en el propio algo que se da por hecho.

Con esto la modestia no deja de ser útil. A veces el mérito es de verdad ajeno en su mayor parte, y quien se apropia del trabajo de todo un equipo no dura mucho en él. La diferencia está en si dices la frase sobre el equipo porque se corresponde con lo que pasó o porque te incomoda quedarte solo un momento. En el primer caso tu parte sigue dentro de la frase, en el segundo desaparece.

Lo que hace la coletilla en diez años

Una sola vez no provoca nada. El daño está en la repetición, porque el elogio es casi la única fuente externa de información sobre lo que sabes hacer. Si debilitas cada uno por el camino hacia dentro, las pruebas no tienen dónde acumularse y la duda sobre tus capacidades se queda sin nada con lo que discutir.

Este patrón tiene nombre. En el desarrollo de qué es el síndrome del impostor aparece como una de las tres fuentes de dudas y se llama desvalorización del éxito. La segunda fuente es la sensación de impostura, la suposición callada de que tu sitio le pertenece a alguien más capaz. La tercera son el azar y las circunstancias, la tendencia a atribuir los resultados al momento, a la casualidad y a la gente de alrededor; sobre eso hay un texto aparte que explica por qué el éxito sigue pareciendo suerte.

A la desvalorización le pertenece además una pieza discreta: el listón móvil. Un objetivo cumplido no llega a contabilizarse, porque la medida se desplaza justo después y el objetivo del año pasado es este año el punto de partida. De ahí sale alguien que hace un buen trabajo con la sensación permanente de que todavía no está a la altura.

El fenómeno lo describieron las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes en 1978 en personas con resultados indiscutibles que aun así se sentían impostoras. No es un diagnóstico ni un trastorno, sino un patrón de pensamiento aprendido. Hasta qué punto está extendido no se puede decir con precisión: una revisión sistemática de Bravata y colegas del año 2020 repasó 62 estudios y encontró estimaciones de prevalencia del 9 al 82 por ciento según a quién y con qué preguntaban los autores. El número por sí solo dice poco. Es más útil saber de dónde salen las dudas en tu caso; una orientación aproximada la da el test del síndrome del impostor, que ocupa unos minutos.

Queda la otra cara, la que suele olvidarse cuando se piensa en modestia. Quien retira el elogio de la mesa una y otra vez deja de recibirlo. No hay maldad, solo la economía de la atención: elogiar a alguien que lo rechaza siempre es trabajo extra sin efecto. La gente lo deja tras unos cuantos intentos, y a ti te llega la confirmación aparente de que no había nada que elogiar.

Frases con las que del elogio queda algo

El cambio más pequeño posible es de una palabra: gracias. Y luego silencio. Se te ocurra la continuación que se te ocurra, guárdatela. Los primeros días tendrás la sensación de quedar como un creído; al otro lado, mientras tanto, no pasa nada, porque esa persona solo oye una respuesta normal a una frase normal.

Cuando el silencio se hace insoportable, se puede rellenar con algo que no borre el hecho. Un agradecimiento concreto por una cosa concreta funciona bien: gracias, la parte de riesgos es la que más me costó, me alegra que se lea bien. Una frase así reconoce el trabajo hecho y no una carencia, y la conversación sigue a partir de ahí.

La segunda costumbre tiene que ver con el listón. Cuando termines algo, date un día en el que no esté permitido mover la medida y escribe qué tuviste que resolver para llegar al resultado. Cuántas versiones, cuántas horas, qué no salió a la primera. El trabajo terminado parece fácil también para ti, porque en el resultado no se ve nada del camino, y el camino escrito es lo único que desmonta de forma fiable la idea de que fue sencillo.

Situación Coletilla que borra el elogio Frase con la que queda algo
Tu jefe valora tu informe en la reunión. "No es nada, yo solo lo he juntado." "Gracias. La parte de riesgos es la que más trabajo dio."
Un cliente escribe que está contento con el resultado. "Tuvisteis suerte, dimos con el encargo por casualidad." "Gracias, me alegra. Se lo paso a los compañeros que recogieron los datos."
Una amiga te dice que el piso te ha quedado genial. "Qué va, tendrías que ver el dormitorio." "Gracias, costó lo suyo y estoy contenta con el resultado."
Tu pareja valora cómo has llevado una semana dura. "No me quedaba otra, eso lo aguanta cualquiera." "Gracias por darte cuenta. Ha sido una semana muy cargada."
Alguien elogia tu ponencia ante especialistas. "Por suerte nadie preguntó lo importante." "Gracias. He estado toda la semana preparándola."
En la evaluación oyes que has cumplido el objetivo. "Ya, pero el año que viene será más difícil." "Me alegra. ¿Qué parte os ha resultado más útil este año?"

La columna de la derecha no convierte a nadie en un creído. Sostiene la misma información que la del medio, solo que no le quita nada, y le da a la otra persona un motivo para seguir hablando. Fíjate en la rapidez con que lo aprende el entorno: quien recibe una respuesta comprensible a un elogio elogia la próxima vez con más gusto y detalle.

La coletilla sale más cara por escrito. Un currículum, un perfil de LinkedIn o el resumen de un proyecto para la dirección existen para informar del trabajo hecho, así que una formulación que lo rebaja no es modestia sino un dato que falta. Quien escribe que participó en un proyecto comunica algo distinto de quien escribe que lo dirigió, aunque hicieran lo mismo. Una coletilla escrita tampoco se arregla con el tono de voz, porque el lector no tiene ningún tono.

Estas frases resuelven solo una de las tres fuentes de dudas. Quien sufre menos por el elogio que por la sensación de no pertenecer a su puesto necesita otro procedimiento, y las técnicas según de dónde salen las dudas están en el texto sobre cómo superar el síndrome del impostor.

Cómo elogiar para que se pueda aceptar

La otra mitad del asunto no depende de quien recibe, sino de quien elogia. El elogio general se rechaza fácil porque no se puede comprobar. Si le dices a Álvaro que vale mucho, no tiene de dónde agarrarse y la coletilla salta sola. Si le dices que su tabla ahorró veinte minutos de discusión en la reunión, ese es un dato con el que se discute mucho peor.

Ayuda también no pelearse con el rechazo. Las reacciones del tipo que no, que estuvo genial empujan al otro a defender su propia modestia y la cosa entra en bucle. Es más eficaz repetir el elogio una vez con un detalle concreto y dejarlo estar. Funciona mejor aún una pregunta en lugar de una afirmación: ¿qué hiciste para que saliera así? La respuesta tiene que ser, por fuerza, la descripción de los pasos propios.

Quien dirige tiene además una herramienta que un compañero no tiene: el encargo. Una tarea más exigente lleva dentro información sobre cómo te ven los demás, y eso se rechaza peor que una frase en una reunión. Cómo es una devolución con la que se puede trabajar de verdad lo desarrolla un texto aparte sobre cómo dar y recibir feedback.

Siete días sin coletilla

Prueba una semana con una sola cosa. Después de cada elogio dices gracias y nada más. Cuando la coletilla se te escape igualmente, apunta en el móvil a quién se la dijiste y de qué iba.

Al cabo de una semana, de esas pocas líneas suele salir un patrón que desde dentro se ve mal. Las coletillas no se acumulan de manera uniforme: saltan con determinadas personas, en determinadas salas y con cierto tipo de trabajo, mientras que en otros sitios la misma persona acepta un elogio sin darse cuenta. Marta, la del principio, contó diez en una semana, nueve en reuniones y una en casa.

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