Sin registro

Descubre en 5 minutos qué personalidad tienes y qué profesión encaja contigo

Descubre en 5 minutos qué personalidad tienes.

Listo en unos minutos · 24 tests en un solo lugar

Listo en unos minutos · 24 tests en un solo lugar

Inicio / Guías / Personalidad y autoconocimiento / Autoironía: cuándo te suma y cuándo te resta
Personalidad y autoconocimiento

Autoironía: cuándo te suma y cuándo te resta

Reírte de ti mismo desarma a la gente, hasta que se vuelve costumbre. Dónde está la frontera entre autoironía y autoburla y qué precio tiene cada una.

Marcos cuenta en la mesa que en una reunión con un cliente compartió pantalla y, en vez de las cifras del semestre, a todos les apareció su pedido a medias de comida para el gato. Lo cuenta con ritmo, con el detalle de lo que tardó luego en encontrar la ventana correcta, y la mesa se parte de risa.

Medio año más tarde cuenta la misma historia otra vez, solo que más bajito y con una disculpa por delante: que él es de esos a los que les pasan estas cosas. Las palabras apenas cambiaron. La primera versión le sumó en el grupo, la segunda le restó.

La diferencia entre esas dos versiones es en realidad todo el tema de la autoironía. El blanco es el mismo en ambos casos, o sea tú. Lo que cambia es la posición desde la que lo ocupas y lo que te queda después del chiste.

Por qué un chiste a tu costa desarma

En cualquier grupo la gente va calculando quién se permite cuánto. Quien se convierte a sí mismo en blanco baja un escalón sin que nadie lo haya mandado allí. Y como lo ha hecho por voluntad propia, el entorno lo lee como señal de seguridad: bajar se atreve quien no teme quedarse abajo.

El segundo efecto es más práctico. Si el punto débil lo nombras tú primero, nadie tiene que descubrirlo. Quien llega a una presentación con el pelo clareando y arranca diciendo que los tres últimos se le fueron preparando justo esa presentación les quita el material a los demás antes de que puedan usarlo. El comentario afilado a tus espaldas ya no encaja en ningún sitio, porque está ocupado.

Y en tercer lugar está el permiso para el resto. Al lado de alguien a quien no le molesta no ser perfecto, reconocer la propia imperfección cuesta menos. El recién llegado se relaja con ese compañero en diez minutos, porque de su conducta deduce que aquí los errores no se pagan con la cara.

Con la modestia no tiene casi nada que ver, aunque desde fuera lo parezca. Una persona modesta quita importancia al resultado que ha conseguido. Una autoirónica reconoce una debilidad concreta y deja el resultado donde está. Una frase resta de lo que has logrado, la otra de lo infalible que pareces al lograrlo. La diferencia se oye cuando felicitas a alguien y responde que no fue nada, frente a cuando responde que salió bien al tercer intento.

Solo que la autoironía no funciona en el vacío, y eso suele ser lo menos evidente. Funciona como descuento sobre algo que ya se ve. La misma frase dicha por alguien a quien el equipo lleva un año viendo trabajar bien y por alguien que empezó el lunes no es la misma frase. En el primero se archiva como perspectiva, en el segundo como primer dato de la carpeta. La autoironía necesita contexto; sin él no hay nada que rebajar y queda solo la rebaja.

Cuando el blanco es siempre el mismo

Lucía entró en una empresa donde en las reuniones se hablaba bajo y al grano. El primer mes se fijó en lo único que allí hacía reír sin fallo: rebajarse. Dijo que de hojas de cálculo entendía lo mismo que un pez de montar en bici, y por primera vez en semanas la sala se relajó. A los dos meses era costumbre, un comentario sobre sí misma por reunión.

Un año después descubrió que los análisis más complicados se los encargaban a otra persona. Nadie le reprochó nada ni pensó mal de ella. Todos armaron con su propio material una imagen que les encajaba. Una historia contada por quinta vez no se archiva como chiste, sino como dato.

Por ahí pasa la frontera entre la autoironía y la autoburla. No está en una frase suelta, que puede ser exactamente la misma. Está en la proporción, la repetición y sobre todo en por qué elegiste ese blanco. La autoironía es una elección, una de tantas maneras de manejar la situación. La autoburla es un automatismo: aparece la inseguridad y sale el chiste sobre uno mismo.

En esa posición el humor se convierte en entrada al grupo. No hace falta ser el más interesante de la mesa, basta con ser aquel con quien siempre hay risa, porque la risa se hace de él. Es una entrada barata y disponible al instante. Se paga a plazos, y los plazos llegan cuando necesitas que alguien te tome en serio.

El efecto secundario más discreto aparece en la respuesta que recibes. Quien nombra sus debilidades en voz alta deja de oírlas de los demás. La gente da por hecho que ya lo sabes, se guarda el comentario y se suma a la risa. La crítica que sí te habría servido nunca llega y queda solo tu versión, repetida una y otra vez.

Detrás de este patrón no tiene por qué haber drama. A menudo es solo un movimiento aprendido que funcionó una vez y desde entonces se repite solo. Cómo hablas de ti en voz alta acaba ajustándose a cómo hablas de ti en silencio, y a esa segunda conversación le dedica un texto aparte el asunto de cómo mejorar la autoestima.

Qué sabe la investigación

El psicólogo canadiense Rod Martin y sus colegas propusieron en 2003 un modelo que no clasifica el humor según sea bueno o malo, sino según a quién y a qué sirve. Usa dos ejes independientes: el tono, si el chiste es amable o afilado, y la dirección, si apunta a los demás o a ti. De su combinación salen cuatro estilos de humor: unificador, reconfortante, mordaz y autoburlón.

Lo interesante es lo que pasó en los datos con los dos que apuntan hacia dentro. Ambos tienen el mismo blanco, la propia persona, y aun así quedaron en lados opuestos. El humor reconfortante, la capacidad de encontrarle el lado cómico a la mala suerte propia, aparecía junto a mejor bienestar. El autoburlón, junto a peor. La elección del blanco, por tanto, no decide nada. Decide la dirección en la que el chiste mueve tu posición.

Esta frase hay que leerla con cuidado. Se trata de correlaciones, no de causas, y el orden inverso puede valer igual: quien lleva tiempo sintiéndose mal recurre más a rebajarse. Además es un hábito medido a través de decenas de situaciones, no un chiste suelto. De un comentario sobre uno mismo no se deduce nada.

Merece la pena añadir que las cuatro escalas son independientes. No eres uno de cuatro tipos, tienes una ración de cada estilo. Una puntuación alta en autoburla se junta a menudo con una puntuación alta en humor unificador, y de ahí sale alguien que hace reír a toda la mesa y se reserva el papel principal.

El psiquiatra George Vaillant, que durante décadas observó cómo la gente se las arregla con lo desagradable, sitúa el humor entre los mecanismos de defensa maduros. Maduro significa aquí que rebaja el peso sin deformar la realidad. Justo en los chistes a la propia costa eso se rompe antes, porque la misma herramienta sirve para procesar algo desagradable y para aplazarlo. Dónde está la frontera lo desarrolla el texto sobre el humor como mecanismo de defensa.

¿Te ríes contigo o por debajo de ti?

Existe una prueba sencilla y no está en el contenido del chiste, sino en lo que te pasa diez segundos después de que la risa se apague. La autoironía sana deja ligereza, como cuando te quitas la mochila. La autoburla deja un pinchazo leve y con él las ganas de explicarlo de algún modo o de decir enseguida otra cosa.

¿Te acuerdas del último chiste que hiciste a tu costa? ¿Quién estaba en la sala, por qué lo hiciste justo entonces y cómo te sentiste un minuto después? La respuesta a esa última pregunta suele ser más precisa que cualquier reflexión sobre qué humor tienes.

El segundo indicador es la autoría. ¿Elegiste ese blanco porque era la posibilidad más graciosa o porque el silencio se había puesto incómodo y esta es la forma más rápida de llenarlo? La elección y la huida se ven igual desde fuera. Desde dentro casi nunca se confunden.

Y en tercer lugar, la prueba del silencio. La autoironía lo aguanta, porque el chiste era producto secundario de una perspectiva que tienes también sin público. La autoburla no lo aguanta, porque la risa es su única recompensa. Si nadie se ríe, en la mesa queda solo lo que has dicho de ti. Si te interesa en qué proporción se mezclan en ti esas cuatro posiciones, un breve test de estilos de humor te dará una orientación aproximada.

Cuándo ocupar el blanco y cuándo dejarlo libre

Una regla utilizable: ocupa el blanco donde tu competencia se ve por otro lado. Un tropiezo pequeño en un terreno donde la gente te conoce como alguien fiable es un chiste. El mismo tropiezo donde todavía no están seguros de ti no es un chiste, sino una prueba. Por eso la autoironía le sienta bien a un médico con años de oficio y no a un estudiante en un examen, aunque los dos digan lo mismo.

Deja el blanco libre en tres situaciones. Cuando necesitas sacar algo adelante y la gente tiene que creerse tu versión. Cuando estás de verdad hundido, porque el chiste sobre el propio fracaso es entonces solo un camino más rápido hacia la misma conclusión. Y cuando el entorno todavía no tiene con qué compararte.

Situación Autoironía Autoburla
Llegas diez minutos tarde a una reunión. "El calendario me ha mentido a la cara esta mañana." La tensión baja y se sigue adelante. "Es que no sirvo para nada, perdonad." La sala se ocupa ahora de ti y no del orden del día.
Recibes una crítica concreta a tu trabajo. Admites el error puntual con ligereza y preguntas cómo arreglarlo. Tiras por tierra toda tu capacidad. El otro pasa de corregir a consolar y la próxima vez prefiere callarse.
El compañero nuevo está incómodo en su primer día. Sacas tu propio ridículo de principiante en tu primer trabajo. En un rato se suelta. Sueltas una serie de historias sobre lo mal que se te da todo. El compañero nuevo no sabe si reírse.
Alguien te felicita por un resultado. Das las gracias y añades una exageración sobre cuántas versiones anteriores no valían. Barres el elogio de la mesa. Quien te felicitó no se molesta la próxima vez.
Llevas a la espalda una semana muy mala. Dices directamente que es mala y te guardas el chiste para otro día. Haces con ella un número para los demás y por la noche te lo repites a solas.

También cuenta quién está más arriba en la sala. Un jefe que se ríe de su propio tropiezo baja la tensión y no arriesga nada, porque su posición la sostiene otra cosa que una reunión. La misma frase dicha por la persona más joven del equipo se lee de forma muy distinta: a menudo como una petición de confirmación que alguien tiene que responder. La autoironía desde arriba es un regalo, desde abajo suele ser una factura que los demás pagan en tranquilizar.

Especialmente traicionera es la forma escrita. En el chat y en el correo faltan el tono de voz y el ritmo, justo lo que en la autoironía sostiene todo el sentido. La frase sobre cómo la has vuelto a liar suena ligera en persona y, en una línea de texto, como una queja o una caza de consuelo. La versión escrita además se queda: un chiste soltado ante la máquina de café se disuelve en un minuto, ese mismo chiste en un canal de trabajo se recupera meses después.

Además de la situación cuenta la dosis. Un chiste a la propia costa por noche la gente lo archiva como perspectiva, el quinto como tema. No hay tabla que lo mida, la frontera se oye cuando el entorno deja de reírse y empieza a tranquilizarte.

El cambio más útil, sin embargo, es de lenguaje y lleva un segundo. Cambia un rasgo permanente por una situación puntual. Decir que eres una persona caótica es una afirmación sobre tu carácter y los demás la toman como información. Decir que esta mañana te engañó el calendario describe una mañana concreta. La risa suele ser la misma, el resto no. Al fin y al cabo un estilo de humor es una costumbre, no una sentencia sobre el carácter, y las costumbres se reescriben frase a frase.

La semana en la que lo cuentas

Prueba una sola cosa durante siete días. Cada vez que hagas un chiste a tu costa, apunta en el teléfono tres datos: dónde estabas, quién estaba contigo y si después te sentiste más ligero. Nada más, y sin prohibirte nada.

Al cabo de una semana, de esas pocas líneas suele salir un patrón que desde dentro se ve mal. En la mayoría de la gente los chistes sobre uno mismo se acumulan con personas concretas y en salas concretas, no repartidos por igual por toda la vida. Marcos, el del principio, tiene dos salas así, y en una de ellas tiene dos compañeros que recuerdan sus historias mejor que él.

Test recomendado

Prueba el Test de estilos de humor

¿Con qué te ríes tú y con qué haces reír a los demás? Cuatro estilos de humor y tu mezcla.

Empezar test

Más artículos en Personalidad y autoconocimiento

Usamos cookies

Las cookies necesarias se encargan del inicio de sesión y los pagos. Con tu consentimiento también medimos el tráfico para saber qué mejorar. Política de privacidad