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Personalidad y autoconocimiento

Cómo ser gracioso: 3 cosas que se pueden entrenar

Tener gracia no es un don, es una destreza con pasos. Por qué un chiste prestado no funciona y qué entrenar para que la gente se ría contigo más a menudo.

El lunes, en la reunión, Marcos repitió una frase con la que el viernes toda la mesa se había reído con Lucía. Las mismas palabras, el mismo orden, incluso la misma pausa en medio. Silencio.

La explicación fácil está ahí mismo: Lucía "lo tiene" y Marcos no. Pero si rebobinas aquel viernes a cámara lenta, aparece otra cosa. Lucía no soltó la frase al vacío. Enlazó con algo que otra persona había dicho dos minutos antes, estaba sentada con gente que come junta desde hace un año y hablaba de una situación que todos vivían en ese momento. Marcos se llevó la única parte transportable, es decir, las palabras. Y las palabras son lo menos importante de un chiste.

Lo que se pierde por el camino

Un chiste no es un texto, es un acontecimiento. Lo sostienen varias cosas a la vez: lo que se dijo justo antes, quién habla y cómo lo leen los demás, el ritmo de la conversación y el ánimo de los que están alrededor. Una frase prestada traslada un solo componente y con el resto le toca confiar en que se complete solo.

Donde más se pierde es en el momento. La frase de Lucía cayó en el segundo en que la conversación se atascó y todos esperaban quién la empujaba. Marcos la soltó en mitad de un debate lanzado sobre el presupuesto, donde nadie la pedía y, sobre todo, donde no había hueco para ella. El mismo contenido, otro agujero.

La segunda pérdida es más silenciosa. Con Lucía, la mesa intuye de antemano que puede llegar un comentario, así que escucha de otra manera y hace parte del trabajo por ella. A Marcos lo conocen como el que habla de números. Cuando de pronto le sale un remate, los primeros todavía están cambiando de registro y, para cuando cambian, ya ha pasado.

A eso se suma la historia compartida. Cualquier cuadrilla que pase tiempo junta se fabrica en unos meses su propio surtido de referencias: una comida de empresa que acabó torcida, una frase que soltó alguien de dirección, el nombre de la impresora. Una frase construida sobre ese surtido es irresistible dentro del grupo e ininteligible fuera. Pedirla prestada es como pedir prestada la llave de un piso ajeno.

La mayor parte de la risa no es de los chistes

Robert Provine y su equipo se pasaron años escuchando dónde se ríe exactamente la gente, y en un libro de 2000 resumió dos hallazgos que cambian bastante la foto. La risa es unas treinta veces más probable en compañía que a solas. Y la mayor parte de la risa no viene después de un chiste, sino después de una frase de lo más corriente, del tipo "bueno, yo me voy yendo" o "¿dónde te habías metido?".

La risa es, sobre todo, una señal social y solo en segundo lugar una valoración del rendimiento cómico. La gente se ríe porque está junta y se entiende. Quien subestima eso intenta ganar una prueba en la que casi nadie compite.

Para quien quiera tener más gracia, de ahí sale una conclusión inesperada. La mayor parte del trabajo no ocurre en lo que dices, sino en si estás ahí o no. Quien se pasa una hora callado en una fiesta y luego suelta un remate bien construido parte de peor posición que quien se pasa la noche hablando de nada con normalidad.

En la práctica sale de ahí un consejo que suena casi a trampa. La vía más rápida para que la gente te vea como alguien gracioso no pasa por tener mejores frases, sino por ser mejor público. Quien se ríe del remate ajeno de verdad y, sobre todo, a tiempo, recibe del grupo espacio para el suyo. Quien tapa los chistes de los demás con los propios va perdiendo ese espacio, aunque los suyos sean objetivamente mejores.

Tener gracia es en gran parte una destreza

Ahora la parte buena. En 2011, Gil Greengross y Geoffrey Miller encargaron a unos cuatrocientos estudiantes que inventaran respuestas y pies de foto graciosos y los hicieron valorar de forma independiente. La capacidad de producir respuestas graciosas se relacionaba con la inteligencia general y con la verbal.

No significa que los graciosos sean listos y los demás tengan mala suerte. Significa algo más útil: fabricar humor es una operación cognitiva. Tiene entradas, pasos y un resultado; se puede hacer rápido o despacio, mejor o peor. Y lo que tiene pasos se puede entrenar, aunque desde fuera parezca un chispazo de la nada.

El apunte honesto también toca aquí. Con entrenamiento nadie se convierte en cómico profesional y las diferencias entre personas siguen ahí. Aun así hay mucho margen, porque la mayoría no ha probado ni las cosas más sencillas y lo ha dejado dando por hecho que el humor es un don.

Tres cosas que se pueden entrenar

Vista para el absurdo de cada día

La gente graciosa no inventa más que los demás, solo se fija en más cosas. El absurdo está repartido a nuestro alrededor con una densidad que un día normal ni registra. En la sala de reuniones lleva colgado desde la primavera un cartel sobre comunicación abierta y, debajo, el cuadro de quién puede reservar la sala. Es material terminado, basta con verlo.

El ejercicio es aburrido y funciona. Durante una semana, apunta cada noche una cosa que no encajara. No un chiste, solo una observación. A los pocos días notarás que ese desajuste avisa por su cuenta en el momento en que ocurre, y ese es justo el instante en que se puede hacer algo con él en voz alta.

La pausa antes del remate

El principiante suelta el remate de golpe porque teme que alguien se le meta en medio. El narrador con oficio pone medio segundo de silencio delante. Esa pausa hace dos cosas a la vez: le da al que escucha tiempo de llegar un paso más allá por su cuenta, con lo que la mitad del trabajo la hace su propia cabeza, e indica que quien habla domina la situación.

De la misma lógica sale el error más frecuente. Quien empieza a reírse antes del remate o lo anuncia diciendo que ahora viene algo bueno se sube el listón solo y luego pasa por debajo. Los mejores comentarios se dicen en un tono que da a entender que no pasa nada especial.

Con la pausa tiene que ver también la duración. La inmensa mayoría de las anécdotas fallidas no se cae por un mal remate, sino porque el camino hasta él duró treinta segundos más de la cuenta. Probarlo es fácil: coge una historia que cuentes a menudo y la próxima vez quítale los incisos aclaratorios. Saldrá una versión más corta con la que la gente se ríe más, porque la última palabra de la frase es por fin la que importa.

El callback

La técnica más barata de todas y casi nadie la usa a conciencia. El callback consiste en volver sobre algo que se dijo antes, tranquilamente media hora antes, y usarlo de nuevo en un contexto distinto.

Al principio de la reunión alguien se quejó de que el proyector lleva un mes tirando a rosa. Cuarenta minutos después se aprueba la nueva identidad visual y Marcos solo comenta que el color lo va a decidir el proyector igualmente. Por sí sola no es ningún remate. Funciona porque dice "he estado aquí con vosotros todo el rato", y esa es la señal social sobre la que escribió Provine.

El callback tiene otra ventaja. No exige inventar material nuevo, trabaja con la materia prima que ha puesto el público. Para quien cree que no se le ocurrirá nada, es la manera más sencilla de engancharse al humor que ya hay en la sala.

Qué no tiene sentido entrenar

Hay tres callejones sin salida en los que se mete casi todo el que decide tener más gracia. Los tres parecen razonables a primera vista y los tres llevan al mismo resultado: la persona deja de intentarlo tras un par de pruebas.

Callejón sin salida Por qué parece buena idea Qué pasa
Frases ajenas Esa frase funcionó, así que por qué no usarla otra vez. Le faltan el contexto, el hablante y el momento. En el mejor caso, silencio; en el peor, la sensación de que alguien se cuelga medallas ajenas.
Humor contra el público La reacción llega al instante y es ruidosa, así que parece un éxito. La risa a costa de alguien sube la tensión de todo el grupo. Los demás calculan que la próxima vez pueden tocarles a ellos y se ponen a vigilarse.
Chiste a toda costa Quien suelta diez frases acierta al menos una vez. Nueve intentos fallidos cansan al entorno antes de que llegue el décimo. Encima desaparece la capacidad de hablar en serio cuando hace falta.

En la fila del medio conviene detenerse, porque es fácil leerla como un sermón. El humor afilado no es un defecto de carácter y, entre personas que se tienen confianza, el pique funciona como muestra de cercanía. La diferencia no la marca la intención, sino lo seguro que se sienta el otro en ese momento. Tomar prestado el registro afilado como técnica, sin la confianza que lo sostiene, es la vía más rápida a los problemas.

A la misma categoría pertenece otro reflejo: rescatar un chiste que no ha salido. Explicar el remate no lo arregla nunca, solo alarga el momento incómodo y añade bochorno al fracaso. Una frase fallida después de la cual se sigue hablando desaparece en dos segundos y nadie la recuerda. Esa misma frase seguida de un "era por lo de ayer, cuando…" se queda en la sala hasta que termina la reunión.

Quizá no eres soso, solo estás tocando un registro ajeno

Aquí llegamos a lo que más se suele pasar por alto. La mayoría de quienes dicen que no tienen gracia se refieren a una situación concreta: no consiguen animar la mesa. Pero animar la mesa es solo una de las cuatro posiciones básicas del humor y da la casualidad de que es la más visible.

La investigación de Rod Martin de 2003 dividió el humor según dos ejes independientes, el tono y adónde apunta la broma. De ahí salen cuatro posiciones: el humor unificador, que une a la cuadrilla; la distancia reconfortante, con la que uno se ayuda dentro de su cabeza; el humor mordaz con filo; y la posición autoburlona, donde el blanco es quien cuenta. Nadie es solo una de ellas, se trata más bien de una mezcla y de qué posición tiene cada uno rodada. El reparto entero está desmenuzado en el repaso de los cuatro estilos de humor.

Así que una persona introvertida que intenta copiar al amigo capaz de animar todo un bar no suele pelearse con la falta de humor. Se pelea con que está tocando una posición ajena. Su registro puede ser un comentario seco cara a cara del que el otro sigue riéndose al día siguiente, o la habilidad de convertir un tropiezo propio en anécdota. Con la mesa llena eso no va a funcionar nunca, y tampoco hace falta.

El número de personas también cuenta. El humor para seis en una mesa necesita voz, ritmo y valor para meterse en una conversación lanzada. El humor para dos necesita lo contrario, atención al detalle y capacidad de esperar. Son disciplinas tan distintas que alguien puede ser excelente en una y flojo en la otra sin que eso diga nada de él. Y casi todos los veredictos del tipo "no tengo gracia" se forman exclusivamente en la primera situación.

Pregúntate con sinceridad: ¿cuándo fue la última vez que hiciste reír a alguien sin proponértelo? No en una fiesta, sino en el coche, en la cena o en el chat del trabajo. Esa situación dice más de tu registro que todas las fiestas en las que te sentiste invisible. De la relación entre el carácter y aquello de lo que se ríe cada cual trata un texto aparte sobre lo que delata el sentido del humor.

Si quieres saber cuál de esas cuatro posiciones tienes rodada y cuál está en barbecho, el test de estilos de humor te orientará. Toma el resultado como punto de partida para observarte, no como etiqueta. Una posición rodada es una costumbre, no una sentencia, y con las costumbres se puede trabajar.

Lo que pasó tres semanas después

Ampliar el registro es otra cosa que reeducarse para ser otra persona. Significa añadir una posición a las que ya funcionan y dejar las demás en paz. Quien sabe hacer el comentario seco puede probar el callback. Quien está acostumbrado a reírse de sí mismo puede dejar de vez en cuando el blanco vacío y notar el absurdo de alrededor.

Marcos dejó de repetir frases ajenas. En su lugar se pasó tres semanas apuntando sus pequeñas observaciones en las notas del móvil sin hacer nada con ellas. Luego, en una reunión de noviembre, cuando por tercera vez se discutía quién entregaba los datos, dijo una frase sobre que esos datos llevaban claramente tres semanas teletrabajando. Dos personas se rieron, una lo apuntó y la reunión siguió.

Lo interesante es lo que vino después. Cuando Lucía le preguntó por la tarde qué había dicho, no supo repetirlo. Aquella frase pertenecía a aquel miércoles, a aquella tercera ronda de tira y afloja y a aquellas dos personas, y a ningún otro sitio se la podía llevar.

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