En la reunión del lunes, Marcos suelta que el sistema nuevo es tan intuitivo que lo entiende cualquiera que antes se haya leído el manual dos veces. Tres minutos después, Lucía comenta que el que de verdad se pelea con él es su compañero Javier, aunque Javier también se pelea con el ascensor. La mesa se ríe las dos veces, y con la segunda broma incluso un poco más fuerte.
La diferencia entre esas dos frases solo se ve más tarde. La de Marcos se instala esa misma semana como coletilla de oficina; la de Lucía sigue sonando en la cabeza de Javier por la noche, camino de casa. No fue cuestión de talento ni de reflejos, sino de dirección: una broma apuntaba a la situación y la otra a una persona sentada en la sala. Alrededor de esa frontera la psicología del humor lleva veinte años construyendo todo su modelo.
La pregunta pasó de "cuánto" a "para qué"
Los cuestionarios antiguos medían el humor como una sola magnitud. Cuánto tienes, con qué rapidez se te ocurren los remates, cuánto te divierten las bromas ajenas. El problema era que esa medida daba la misma puntuación alta a quien mantiene unida a la cuadrilla y a quien va rebajando a sus compañeros sin parar. Los dos se ríen mucho y los dos tienen la lengua rápida.
Rod Martin y su equipo propusieron por eso en 2003 otra manera de ordenarlo. En lugar de la cantidad de humor describieron su función y la partieron con dos preguntas. La primera pregunta por el tono: ¿la broma es amable o tiene filo, es decir, le cuesta algo a alguien? La segunda pregunta por la dirección: ¿apunta hacia fuera, a la gente, o hacia dentro, a quien la dice? De dos preguntas sale una cuadrícula con cuatro casillas, y en cada una se sienta uno de los cuatro estilos de humor.
El humor amable dirigido a los demás es el unificador. El humor amable dirigido a uno mismo es el reconfortante, esa perspectiva con la que una persona se fabrica sola la distancia respecto a su propio desastre. El filo vuelto hacia fuera da el estilo mordaz; el filo vuelto contra uno mismo, el autoburlón. En términos académicos, al primero se le llama humor afiliativo, una palabra innecesariamente larga para una conducta que conoces de cualquier fiesta.
Lo interesante es lo que ese modelo afirma sin decirlo. El humor dejó de ser una virtud de la que uno tiene mucha o poca y pasó a ser una herramienta. Las herramientas se juzgan por lo que hacen y por en qué mano están. Cuánto se puede leer del humor de alguien lo desarrolla con más detalle el texto sobre lo que el sentido del humor revela de la personalidad.
Encaja aquí un hallazgo que sorprende a casi todo el mundo. Robert Provine y su equipo grabaron conversaciones corrientes en centros comerciales y pasillos, y en un libro de 2000 resumió que solo una fracción de la risa llega después de una broma. La mayoría sigue a frases tan normales como "hasta mañana" o "¿y tú dónde estabas?". Y en compañía nos reímos del orden de unas treinta veces más que a solas.
La risa, por tanto, no es sobre todo una reacción a la gracia, sino un movimiento social. Si volvemos a la reunión, la frase de Marcos y la de Lucía fueron ante todo movimientos dentro de un grupo: una acercó a la gente entre sí y la otra apartó a uno hacia el margen. El estilo de humor describe justamente ese movimiento, no la calidad del remate.
Los cuatro estilos en resumen
La tabla recoge cómo se reconocen los estilos desde fuera, para qué sirven y qué se paga por ellos. Ninguno es un defecto de carácter y cada uno tiene una situación en la que es la mejor opción disponible.
| Estilo | Cómo se manifiesta | Para qué sirve | Qué cuesta |
|---|---|---|---|
| Unificador | Bromea con la gente, no sobre la gente. Rompe un silencio incómodo, convierte una experiencia compartida en anécdota y mete al recién llegado en la conversación. | La vía más rápida que existe hacia la confianza. Quienes se ríen juntos aguantan juntos también lo desagradable con más facilidad. | Cuando se espera buen humor de forma permanente, un tema difícil cuesta más de abrir y el propio mal día no tiene adónde ir. |
| Reconfortante | Ocurre sobre todo dentro de la cabeza. El tren con retraso y el ridículo propio se vuelcan en anécdota en cuestión de un momento. | Distancia para la que no hace falta público. Funciona incluso cuando nadie más va a salvar el ánimo. | Lo que se vuelca en broma enseguida puede no llegar a vivirse de verdad. Algunas cosas deben seguir siendo incómodas hasta que se resuelven. |
| Mordaz | Pullas, pinchazos y comentarios a cuenta de los presentes y de los ausentes. Rápido, listo y por lo general certero. | Nombra lo que todos ven y nadie dice. Entre personas que se tienen confianza, pinchar funciona como señal de cercanía. | El efecto no lo decide tu intención, sino la seguridad del otro. El aludido suele reírse con los demás, así que en el momento no te enteras. |
| Autoburlón | El blanco eres tú. Cuentas tu propio ridículo antes y mejor de lo que otro llegaría a sacarlo. | Desarma y quita tensión de la sala. Además es la manera más barata de adelantarse a la burla ajena. | El papel del que aguanta se pega. Una broma sobre uno mismo repetida por décima vez el entorno la archiva como dato y no como exageración. |
Las casillas amables invitan a leerse como buena educación, aunque tienen poco que ver con ella. El humor unificador es una habilidad social con un resultado bastante palpable: en una sala donde la gente acaba de reírse junta, una mala noticia se dice con menos esfuerzo. El estilo reconfortante, en cambio, es casi invisible, porque sucede entre las orejas. En otra persona lo detectas solo de forma indirecta, al ver que un vuelo cancelado o un coche destrozado no la tumban como esperabas.
El estilo mordaz es aquel ante el que la gente se pone antes a defenderse o, al contrario, a disculparse, y ninguna de las dos cosas hace falta. Muchas amistades de años se sostienen precisamente sobre el pinchazo mutuo y sin él parecerían raramente formales. Ahora bien, que una pulla una o corte no lo decide la formulación. Lo decide lo seguro que se sienta el otro en ese momento. Dónde está exactamente esa frontera y por qué la misma frase se lee distinto un viernes por la noche y un lunes por la mañana lo desarrolla el texto sobre cuándo el sarcasmo funciona y cuándo no.
Capítulo aparte merece el humor sobre asuntos de los que normalmente no se bromea. Un chiste de los que se hacen en la sala de espera de un hospital no cae automáticamente en la casilla mordaz, porque su blanco no suele ser una persona, sino el propio espanto de la situación. A quién le encaja ese registro y qué se sabe de él lo trata un texto aparte sobre el humor negro.
Cada una de las cuatro posiciones tiene su momento de ser la mejor opción disponible. Un comentario afilado nombra en dos segundos algo que una descripción cortés estaría rodeando diez minutos. Y el propio ridículo puesto sobre la mesa le enseña al recién llegado, en un instante, que contigo no tiene que ir con cuidado. Deciden, por tanto, el contexto y la dosis, no el estilo en sí.
Cuatro cifras en lugar de una etiqueta
El error más común con un modelo de cuatro casillas es esperar que una de ellas te absorba entero. Las escalas, sin embargo, son independientes. Una puntuación alta en humor unificador no rebaja en nada la mordaz, y alguien puede tener alto tranquilamente tres estilos de los cuatro. No recibes una etiqueta, sino cuatro cifras, y solo su proporción dice algo.
En la práctica se lee sobre todo la pareja de los dos primeros puestos. El estilo primario es aquel al que echas mano automáticamente cuando no piensas. El secundario entra cuando el primario no encaja o cuando la cosa se pone fea. Las parejas son doce y se diferencian bastante: un animador con secundario mordaz mantiene la noche entera en tiroteo, mientras que un animador con secundario autoburlón ocupa él mismo el puesto de blanco y relaja al grupo más rápido que nadie.
Lucía, la del principio, no tiene por qué ser "la mordaz". Es muy posible que tenga alto lo mordaz y lo unificador a la vez, y entonces sale de ella una persona que arranca la fiesta sin perdonar a nadie. Esa combinación suele ser querida y arriesgada al mismo tiempo, porque el público la premia y una broma premiada tiende a apretar más la vez siguiente.
El registro, además, se puede tener ancho o estrecho. Quien tiene un estilo marcado y el resto bajo resulta legible y su humor tiene letra propia, pero una situación a la que esa única posición no le va lo pilla sin plan alternativo. Quien tiene alto tres o cuatro saca, según el momento, la anécdota o el apunte seco. Justo a esa persona le pasa con facilidad que eche mano de lo que tiene cerca en vez de lo que hace falta.
Y otra cosa se confunde con regularidad: el estilo no es lo mismo que la cantidad. Alguien callado que en toda la noche dice tres frases puede tener un humor marcadamente unificador, porque las tres apuntaban a la gente. Cuánto te ríes y hacia dónde apunta tu humor son dos medidas distintas.
La proporción de esas cuatro cifras tampoco es vitalicia. El entorno la mueve: en un equipo donde se premia la pulla rápida, el componente mordaz crece incluso en quien no lo trajo al trabajo, y en una cuadrilla donde de cada desastre se hace una anécdota lo aprendes en una sola temporada. Un resultado conviene tomarlo como foto del ajuste actual y no como descripción del carácter.
Lo que los estilos dicen del bienestar y lo que no pueden decir
Aquí compensa la prudencia, porque es justo la parte de la investigación que los titulares retuercen con más frecuencia. El grupo de Martin, y tras él una serie de trabajos posteriores, llegan una y otra vez al mismo cuadro. Los dos estilos amables suelen ir con mejor ánimo y relaciones más satisfactorias, mientras que el humor autoburlón cae más bien del otro lado, es decir, más cerca de un peor estado. El estilo mordaz resulta aproximadamente neutro para quien lo usa, y la cuenta la paga casi siempre el entorno.
La palabra "correlaciona" hace todo el trabajo en una frase así. Nadie ha medido si burlarse de uno mismo estropea el ánimo o si quien está mal simplemente vuelve el humor contra sí más a menudo. Bien puede valer lo uno y lo otro, y encima una tercera cosa que esté detrás de las dos. De una correlación no sale una sentencia sobre nadie, solo una observación que merece atención.
Vale la pena mencionar también el tamaño de esa relación. No hablamos de un abismo entre la persona satisfecha y la desdichada, sino de una inclinación leve que se ve solo en grupos grandes de gente. Alguien concreto con humor autoburlón puede estar perfectamente bien, y alguien con dos estilos amables puede llevar a la espalda un año pésimo. Cualquier comparación con los demás es por eso orientativa y nada más.
Ayuda además distinguir dos cosas que desde fuera parecen iguales. La autoironía en la que uno conserva su propio valor y solo renuncia a hacerse el infalible está entre las cualidades sociales más agradables que hay. La autoburla en la que la broma es a la vez una opinión sobre uno mismo suena en la superficie exactamente igual y por dentro funciona de otra manera. Dónde pasa la frontera entre ambas y cómo reconocerla en ti lo desarrolla el texto sobre la autoironía sana.
Y ahora, con sinceridad: ¿cuándo dijiste por última vez algo que te rebajara y lo pensabas al menos a medias? No como anécdota que cuentas porque funciona, sino como frase con la que estás algo de acuerdo. La respuesta a esa pregunta dice de tu registro más que el modelo entero.
En pareja todo esto se nota con más fuerza. La risa compartida entre dos suele ser un buen indicador de cómo le va a la relación, y a la vez es ahí donde antes se descubre que el filo ha dejado de ser un juego y se ha vuelto una manera de decir algo de verdad. A cómo se comporta el humor entre dos personas que viven juntas se dedica el texto sobre lo que hace el humor en la pareja.
Nada de esto es un rasgo tallado en piedra. Un estilo de humor se parece más a un sendero pisado por el que caminan tus reacciones porque ya lo han caminado mil veces. Los senderos pisados se pueden desviar, solo que lleva más tiempo que un propósito.
Cómo averiguar con qué te ríes en realidad
La autoobservación tiene con el humor un fallo. Recordamos las bromas que salieron bien, mientras que las que cayeron en el silencio se pierden de la memoria en unas horas. La mayoría de la gente se calcula por eso un poco más amable de como la ve su entorno, y con el estilo mordaz esa diferencia suele ser la mayor.
Resulta más útil seguir unas pocas cosas concretas, y hacerlo en una semana corriente en lugar de hacia atrás y de memoria. ¿A quién iba dirigida la última broma que has dicho hoy? ¿La risa arrancó enseguida o alguien se sumó un segundo más tarde? Y si esa frase no hubiera sonado, ¿habría perdido algo la situación o solo tú?
La segunda ayuda es todavía más simple y funciona en Navidad y de vacaciones. Fíjate en a qué echas mano en el momento en que estás mal. En ese estado uno se pone a entretener al entorno, otro se traduce el desastre en la cabeza en anécdota y no se la cuenta a nadie, un tercero pincha al primero que tiene cerca y un cuarto hace el payaso. Esta es tu posición de partida, y con más fiabilidad que cualquier cosa que digas de ti con calma y a distancia.
Merece la pena seguir también dónde cambia tu registro. Casi todo el mundo tiene una posición en casa y otra en el trabajo, pero pocos consiguen recordar cuándo cambiaron exactamente. Cuando empiezas a fijarte, suele verse que el interruptor no lo manejan las situaciones, sino personas concretas. Con dos o tres nombres vas en una posición que en otro sitio no usarías.
La fuente de datos más barata la tienes cerca de todos modos, y es alguien que te escucha a diario. Pregúntale a tu pareja o a un compañero quién suele ser el blanco en tu presencia y si con tus bromas te ríes más a menudo con la gente o de ella. La respuesta suele llegar en dos segundos y sin titubeos, lo que ya de por sí dice algo. Cuando tu versión y la suya se separen, la más cercana a la realidad será por lo general la suya, porque ellos oyen el resultado y tú solo conoces la intención.
Si quieres una imagen orientativa más rápido, pasa por el breve test de estilos de humor. Pregunta por situaciones corrientes y devuelve cuatro cifras más el estilo primario y el secundario. Tómalo como punto de partida para tu propia observación y no como veredicto.
La semana en la que contarás blancos
Prueba durante siete días un ejercicio que cuesta un minuto al día. Por la noche apunta dos cifras: cuántas veces hoy tu broma apuntó a alguien de la sala y cuántas veces a ti. No valores nada más, solo esas dos cifras.
Al cabo de la semana sale de ahí una proporción y suele ser desagradablemente exacta. A alguien le sale cero a cero y descubre que su humor gira solo en torno a situaciones y casi no toca a las personas. Otro verá siete a uno y se quedará sorprendido de lo mucho que suelta sobre alguien en una semana sin darse cuenta.
Esa segunda cifra pesa igual que la primera. Una broma a costa propia dicha de vez en cuando es un regalo social; la cuarta en una sola noche ya es una costumbre que el entorno archiva como descripción y no como exageración. La diferencia entre una cosa y otra no la marca lo que dices, sino cuántas veces.

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