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Trabajo y productividad

La multitarea es un mito: qué le hace a tu concentración

La multitarea no existe: tu cerebro cambia de tarea y cada cambio cuesta. Qué dice la investigación y cómo recuperar la concentración perdida.

Estás terminando un informe, te queda un párrafo. En la esquina de la pantalla salta un correo de tu jefe, así que lo abres un segundo y lo ojeas. Después vuelves al informe y pasas un momento buscando dónde lo dejaste y qué querías decir. Ese momento parece no ser nada. En realidad acabas de pagar un pequeño impuesto, y lo pagas quizá cien veces al día.

Casi todos estamos convencidos de que podemos hacer varias cosas a la vez. El cerebro no puede. Cuando te parece que estás en multitarea, en realidad solo cambias rápido de una tarea a otra, y cada cambio te cuesta algo. El nombre técnico de esto es cambio de tarea, y los investigadores lo miden desde principios de siglo.

Así que la multitarea no es una habilidad entrenable. Es más bien la descripción de algo que nunca llega a ocurrir dentro de tu cabeza. ¿Y la parte menos cómoda? Quienes aseguran manejar mejor la multitarea suelen ser los peores en ella. Volveremos sobre eso.

El cerebro no hace dos cosas a la vez. Cambia.

Lo que llamamos multitarea es en realidad conmutación. Joshua Rubinstein, David Meyer y Jeffrey Evans lo expusieron en 2001 a lo largo de cuatro experimentos en los que las personas alternaban entre tareas como resolver operaciones aritméticas y clasificar figuras geométricas. Cada vez que pasaban de una tarea a otra, perdían tiempo. Y cuanto más difícil la tarea, mayor la pérdida.

Según su modelo, cada cambio implica dos pasos. Primero el cerebro tiene que desplazar su objetivo, decidir que ahora está haciendo otra cosa. Después tiene que cargar las reglas de la nueva tarea. Las dos cosas llevan tiempo. Hasta que las reglas están cargadas del todo cometes errores y vas más lento, sin que necesariamente lo notes.

Pruébalo contigo. Estás trabajando en una hoja de cálculo, saltas a un documento para escribir una frase y vuelves. Esa frase te saca de la lógica de la hoja y, al regresar, tienes que localizar en qué fila y en qué fórmula estabas. Esto no es pereza ni descuido. Es el tiempo que consume el cambio en sí, y escala con lo exigente que fuera el contexto que tuviste que abandonar.

Stephen Monsell le puso nombre en un estudio de revisión de 2003: coste del cambio. Y añadió un detalle incómodo. La preparación puede reducir ese coste, pero nunca borrarlo. Aunque sepas de antemano que dentro de un momento vas a cambiar, y tengas varios segundos para prepararte, parte de la pérdida se mantiene. El cerebro necesita un rato para dejar de funcionar en el modo anterior.

En el laboratorio, un cambio aislado es cuestión de décimas de segundo, lo que suena despreciable. Pero a lo largo de un día corriente cambias entre tareas, ventanas y notificaciones docenas o cientos de veces, y esos costes diminutos se acumulan. Imagina una mañana normal. Empiezas a redactar una propuesta para un cliente, suena Slack, le echas un vistazo, vuelves. Cinco minutos después un correo, dos minutos más tarde un compañero con una "pregunta rápida". Cada interrupción te roba unos segundos de vuelta al texto, y al llegar la tarde esos segundos ya no son segundos, sino decenas de minutos, más una atención dispersa que a duras penas escribe algo inteligente.

Aquí está el corazón del autoengaño: confundimos estar ocupados con ser productivos. David Meyer, uno de los autores del estudio de 2001, estimó después que saltar entre tareas puede costar hasta un 40% de tu tiempo productivo. Esa cifra circula hoy por internet como dato duro. Trátala como una estimación aproximada y no como un valor medido con precisión en el laboratorio. El estudio original no contiene ningún "40 por ciento"; es una interpretación posterior de Meyer para el público general, popularizada a través de la American Psychological Association.

Residuo atencional: una parte de ti se queda atrás

A la pérdida directa de tiempo se suma algo más taimado. Sophie Leroy lo describió en 2009 en la revista Organizational Behavior and Human Decision Processes y lo llamó residuo atencional. Cuando saltas a una tarea nueva, una porción de tu atención se queda enganchada a la anterior.

El efecto es más fuerte con las tareas que no terminaste y para las que no tienes plan de cuándo volverás a ellas. Un compañero te interrumpe a mitad de un análisis, no tienes ni idea de cuándo lo retomarás y parte de tu cerebro sigue masticando ese análisis quieras o no. Cuantos más saltos acumulas en un día, más fragmentada notas la cabeza al cerrar el portátil.

La peor noticia para los "multitarea entrenados"

Ahora la parte contraintuitiva. Cabría esperar que quienes hacen multitarea constantemente acaben siendo buenos en ella a fuerza de práctica. Eyal Ophir, Clifford Nass y Anthony Wagner, de Stanford, probaron exactamente esto en 2009 y lo publicaron en PNAS. Dividieron a los participantes en multitarea intensivos de medios, del tipo que lleva varias ventanas, el móvil, música y el trabajo a la vez, y en quienes rara vez lo hacen. Luego les pasaron pruebas de atención y memoria. En una, se les pedía seguir solo los rectángulos rojos e ignorar los azules. Los multitarea intensivos no lograban despegarse de los azules, aunque fueran puro ruido.

El resultado iba contra la intuición. Los multitarea intensivos eran peores filtrando información irrelevante. Cualquier cosa ajena a la tarea los descolocaba con más facilidad, y retenían menos del trabajo real en memoria. Justo en aquello en lo que creían destacar, se quedaban atrás. ¿Te cuentas entre quienes aseguran manejar la multitarea mejor que los demás? Esa confianza suele ser una señal de alarma, no un diploma.

Es justo añadir que los estudios posteriores enturbiaron el cuadro. La idea de que los multitarea intensivos cambian más despacio no aguantó en varias replicaciones y en una fueron incluso más rápidos. Lo que ha sobrevivido es la vulnerabilidad a la distracción. Practicar la multitarea no te convierte en mejor malabarista de tareas. Lo más probable es que te vuelva presa fácil de cualquier estímulo nuevo que aparezca.

El móvil sobre la mesa te desgasta aunque no lo toques

Demos un paso más. Adrian Ward, Kristen Duke, Ayelet Gneezy y Maarten Bos estudiaron en 2017 qué provoca la mera presencia de un móvil. Los participantes hacían tareas de memoria y atención con el teléfono en otra habitación, en el bolsillo o boca abajo sobre la mesa. Nadie lo usaba. Aun así, quienes lo tenían a la vista rindieron peor. Los autores lo llaman fuga de cerebro: parte de tu capacidad mental sigue montando guardia sobre el teléfono incluso mientras este descansa mudo y boca abajo.

El efecto era más intenso en las personas más apegadas a su móvil. También aquí toca algo de cautela, porque las replicaciones posteriores no son unánimes y varias no encontraron efecto alguno. Pero la dirección tiene sentido y el remedio no cuesta nada. Cuando necesites pensar, no dejes el teléfono junto al teclado. Ponlo en un bolso, en un cajón, en la habitación de al lado. La distancia entre "boca abajo sobre la mesa" y "en otra habitación" es mayor de lo que imaginarías.

Haz un pequeño experimento. Mañana, durante dos horas de trabajo concentrado, aparca el móvil en la habitación contigua y fíjate en cuántas veces tu mano se va al punto donde suele estar. Ese gesto hacia un trozo vacío de mesa es exactamente la atención que el teléfono ocupa de fondo, incluso cuando no lo estás usando.

Cuándo funciona de verdad la multitarea

Nada de esto significa que nunca puedas con dos cosas a la vez. Hay una condición: al menos una de las actividades tiene que ser automática y poco exigente. Caminar y escuchar un pódcast se llevan bien. También doblar la ropa mientras suena un audiolibro. Cuando una actividad va en piloto automático, al cerebro le sobra capacidad para la otra.

El problema empieza en cuanto ambas actividades compiten por el mismo recurso. La memoria de trabajo tiene una capacidad limitada, y existe algo parecido a un cuello de botella estrecho por el que solo pasa una decisión cada vez. Escribir un correo mientras sigues lo que se discute en una reunión no funciona. Las dos cosas necesitan lenguaje y decisiones, así que pelean y acabas haciendo mal las dos. La trampa más fea es conducir. Parece automático, pero escribir mensajes al volante no es multitarea. Es conmutación de atención en un lugar donde un solo segundo lo decide todo.

Combinación de actividades¿Se pueden hacer a la vez?Por qué
Caminar + escuchar un pódcastCaminar va solo, escuchar carga poco la mente
Doblar la ropa + audiolibroNormalmente síLas manos ejecutan un movimiento aprendido, la atención queda libre
Escribir un correo + seguir una reuniónNoAmbas necesitan lenguaje y decisiones, comparten el mismo circuito
Conducir + escribir mensajesNo, y es peligrosoConducir es menos automático de lo que parece

Ves el patrón. Mientras una actividad no exija pensamiento activo, el cerebro mantiene las dos a raya. En cuanto ambas necesitan el mismo circuito, chocan y el rendimiento cae por los dos lados. Y el patrón tiene su reverso. En el momento en que un pódcast se pone lo bastante interesante como para que quieras tomar notas, deja de correr de fondo, y caminar más escuchar pasa a pelearse igual que correo más reunión.

Qué hacer al respecto, en corto

La buena noticia es que la respuesta no es una fuerza de voluntad heroica, sino eliminar los cambios. La base se llama monotarea: haces una cosa hasta llegar a un punto natural de parada y solo entonces cambias. Suena aburrido, y lo es. También funciona mejor que cualquier truco para "hacer mejor multitarea".

La segunda pieza es agrupar. En vez de vigilar el correo y el chat de forma continua, resérvales dos o tres ventanas al día y mantenlos cerrados el resto del tiempo. Desactiva las notificaciones que no resuelven nada en tiempo real. La mayoría de los mensajes "urgentes" esperarán una hora sin que pase nada.

Cuánto te cuestan los cambios depende también de cómo esté cableado tu estilo de trabajo, de si necesitas silencio y una tarea cada vez o si te crece la energía con la variedad y los giros rápidos. Un test de estilo de trabajo puede ayudarte a orientarte y a ver en qué modo das lo mejor de ti. Los métodos concretos para construir concentración y defenderla de las interrupciones están en nuestra guía de trabajo profundo. Para empezar basta una regla. Siempre que hagas algo que exija pensar, cierra el correo. No lo silencies. Ciérralo.

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