Diego es el último en salir de la oficina. No porque tenga más trabajo que el resto. La documentación de la reunión de mañana está lista desde las tres de la tarde y desde entonces la repasa por cuarta vez. Cuando cierra a las diez menos cuarto, no se lleva a casa la sensación de haber hecho su trabajo. Se lleva la pregunta de si fue suficiente.
En el equipo lo tienen por el que tira del carro, y este año su jefe lo puso de ejemplo ante los demás en la evaluación. De toda esa conversación Diego recuerda una frase: la que decía qué se podría hacer más rápido la próxima vez.
Esta no es una historia sobre ser trabajador. Es la descripción de un mecanismo en el que las horas de más no son ambición, sino un seguro. Y un seguro se paga otra vez cada mes.
Prepararse de más como seguro contra ser descubierto
El síndrome del impostor es la sensación de no pertenecer al sitio donde uno está y de que tarde o temprano se va a saber. Lo describieron las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes en 1978, y desde entonces se ha visto que va a trabajar con él muchísima gente con resultados demostrables. No es una enfermedad ni un trastorno y no figura en las clasificaciones de trastornos mentales. Es una forma aprendida de explicarse a uno mismo el propio éxito.
Las dudas, además, no vienen de un solo sitio. Se reparten en tres fuentes: la sensación de impostura (mi puesto le corresponde a alguien más capaz), la desvalorización del éxito (lo que salió bien no cuenta) y el azar y las circunstancias (salió por casualidad). Las tres las desmenuza el texto sobre qué es el síndrome del impostor y de dónde vienen las dudas. Para el camino hacia el agotamiento importa sobre todo lo que cada una hace con la cantidad de trabajo.
Hacen lo mismo. Cuando no tienes la certeza de estar a la altura, se ofrece una defensa fiable: prepararte tanto que no se pueda objetar nada. Leer más material del que va a salir. Repasar la presentación otra vez. Quedarte hasta la noche. Funciona de maravilla, y ahí está el problema.
El resultado sale bien, solo que el mérito no te lo apuntas tú. Se lo lleva la preparación. Sin esas tres horas de más se habría notado. El alivio dura por eso hasta el final del día, y el siguiente encargo encuentra la duda completamente intacta. Clance llamó a este carrusel el ciclo del impostor, y lo desarrolla con más detalle el texto sobre cómo se relacionan el síndrome del impostor y el perfeccionismo.
Lo menos intuitivo es esto: el éxito no debilita el patrón, lo alimenta. Cada tarea bien resuelta es a la vez la prueba de que sin el exceso de trabajo no habría salido, y el listón sube otro poco la próxima vez. Quien lleva cinco años funcionando así no tiene detrás cinco años de confianza acumulada, sino cinco años de subir la dosis.
Qué sabe la investigación sobre la relación con el burnout
Que esta manera de trabajar cuesta energía se ve a simple vista. Lo interesante es que también se ve en los datos. Villwock y sus colegas preguntaron en 2016 a estudiantes de medicina estadounidenses hasta qué punto se veían como impostores y midieron a la vez su nivel de burnout. Los que más dudaban de su propia competencia salían peor también en las escalas de agotamiento y cinismo.
No era un estudio grande y los propios autores lo calificaron de piloto, así que de él no se deduce ninguna ley sobre la psique. Encaja, eso sí, en un cuadro más amplio: los estudios asocian repetidamente las dudas sobre la propia competencia con más agotamiento y menos satisfacción laboral, en campos que van de la sanidad a la universidad.
La palabra "asocian" carga con todo el peso de una frase así. Nadie ha medido si dudar de uno mismo lleva al agotamiento o si una persona agotada empieza a dudar de sus capacidades. Puede que valgan las dos a la vez, porque se alimentan entre sí: cuanta menos energía, peor rendimiento, más fuerte la sensación de no llegar, más horas encima.
Merece atención con qué se describe habitualmente el burnout. Christina Maslach distingue en él el agotamiento, el cinismo y la sensación de que tu trabajo no lleva a ninguna parte. Ese tercer punto es traicionero en quien duda de sí mismo, porque no lo toma por un signo. Lo toma por una descripción por fin exacta de la realidad.
Por qué una tarde libre parece un riesgo
Elena se cogió una semana de vacaciones tras el ascenso, la que llevaba medio año esperando. En los dos primeros días abrió el correo del trabajo tres veces, luego se dijo basta y dejó el teléfono. El resto de la semana lo pasó pensando en qué se estaría desmoronando sin ella. Volvió descansada más o menos en una quinta parte.
Para quien atribuye el éxito a la preparación, el descanso no es una pausa inocente. Es el rato en que el seguro está apagado. Si durante ese rato algo sale mal, se confirma el temor exacto por el que se trabaja de noche. Y si no sale mal nada, no te enteras de nada, porque una semana sin catástrofe siempre se explica diciendo que justo no cayó nada difícil.
A eso se suma una cuestión de identidad bastante corriente. Si tu valor se apoya en cuánto sacas adelante, una tarde libre deja de ti solo a esa persona en la que no confías. Esquivarla no es una idea rara.
¿Cuándo fue la última tarde libre en la que ni una sola vez se te ocurrió qué podrías estar terminando? La respuesta a esa pregunta dice más de tu situación que el número de horas trabajadas.
Dónde se rompe el trabajar duro
Muchas horas por sí solas no significan nada. Hay gente que saca adelante cantidades enormes de trabajo durante años sin quemarse, porque ese trabajo devuelve algo. La diferencia no está en el volumen, sino en lo que pasa después con el resultado.
| En qué fijarse | Trabajo duro que aguanta | Preparación como seguro |
|---|---|---|
| Qué dispara el trabajo | El encargo y el interés por el asunto. | Una tensión que solo calma otra ronda de revisión. |
| Cómo sabes que has acabado | Por el resultado: está hecho. | Por una sensación que nunca llega. |
| Qué queda tras entregar | Una satisfacción que dura un rato. | Un alivio breve y detrás la siguiente tarea. |
| Cómo cae un elogio | Confirma lo que hiciste. | Sube el nivel exigido, porque ahora hay que defenderlo. |
| Qué hace un fin de semana libre | Devuelve la energía para el lunes. | Fabrica la sensación de ir con retraso. |
En la columna de la derecha se ve por qué el cansancio se acumula más rápido de lo que dirían las horas. El trabajo del que no queda nada anotado no se descuenta de ninguna cuenta. Se empieza siempre desde cero.
Las señales en las que vale la pena reparar suelen ser discretas, y uno las ve antes en un compañero que en sí mismo:
- horas extra tras las cuales el trabajo no ha avanzado más que si te hubieras ido a las cinco
- a un ofrecimiento de ayuda respondes que explicarlo llevaría más tiempo
- días libres que solo te coges cuando te obliga una enfermedad
- con cosas que antes te gustaban te sorprendes en la ironía o la indiferencia
- una reunión preparada durante una semana no deja nada en ti cuando termina
Aquí toca decir hasta dónde llega este texto. El burnout es un fenómeno laboral con señales propias y no se reconoce desde un artículo ni desde un test en internet; qué sabe la investigación sobre él y cómo es su curso lo describe el texto aparte sobre el burnout en el trabajo. Las dudas sobre la propia competencia son solo uno de los caminos que llevan ahí, y desde luego no el único.
Dónde cortar ese círculo
La buena noticia es que el mecanismo tiene varios puntos por donde se puede desenganchar, y ninguno exige que ganes confianza de la noche a la mañana.
El primero es un tope de preparación. Decide de antemano cuánto tiempo le das a la tarea y, cuando se acabe, para al margen de cómo te sientas. La preparación de más no suele subir la calidad, solo calla un momento la inseguridad y con eso le enseña a volver a hablar la próxima vez. Es incómodo unas dos veces.
El segundo punto es el momento de entregar. A cada cosa terminada apúntale tres pasos que llevaron hasta ella y cuánto tiempo costaron. El resultado acabado parece sencillo también para ti, porque el camino hasta él no se ve desde fuera, y sin ese camino el éxito se reescribe con facilidad como trabajo normal por el que nadie felicita.
Luego está el límite que pones una vez y que no negocias cada día. Después de las nueve no leo el correo. El domingo queda libre. Suena banal, solo que en quien duda de sí mismo esta cosa cumple otra función que en el resto: cada tarde en la que no se hunde nada es una anotación en la columna de las pruebas.
El paso más infravalorado es decirlo en voz alta. Clance e Imes trabajaban con la gente en grupos precisamente porque la sensación de incompetencia excepcional se disuelve en el momento en que uno descubre que lo mismo le pasa al compañero que tiene por el más seguro de todos. Las maneras concretas de proceder según cada fuente de dudas las desarrolla el texto sobre cómo superar el síndrome del impostor.
Cuál de esos cuatro pasos te encaja depende de dónde salgan tus dudas. Con la sensación de impostura funcionan más el tope y la conversación; con la desvalorización del éxito, anotar el camino; con el azar y las circunstancias, desglosar el resultado en decisiones concretas. Una imagen orientativa la da un breve test del síndrome del impostor, que muestra el nivel general de dudas y cuál de las tres fuentes pesa más en ti. Tómalo como punto de partida, no como veredicto.
Queda un terreno que no arreglarás por tu cuenta. Prepararse de más es en parte una respuesta a un entorno donde solo se elogia la entrega impecable y la respuesta llega en forma de objeciones. Qué se puede hacer con eso en una reunión, en un puesto nuevo o en una evaluación lo desarrolla el texto sobre cómo se manifiesta el síndrome del impostor en el trabajo.
Cuando el autoconocimiento ya no basta
Todo lo anterior vale para un cansancio que tiene límites. Cuando el agotamiento dura meses, cuando te despiertas por la mañana tan cansado como te acostaste y cuando ni las vacaciones te devuelven al estado al que antes te devolvía un fin de semana, ya no se trata de un hábito de pensamiento y ningún tope de preparación lo resuelve.
En ese momento tiene sentido ir al médico de cabecera o a un psicólogo, aunque sea con una sola frase sobre que se te ha acabado la energía y no vuelve. No es admitir una derrota y allí nadie te va a quitar lo trabajador. Lo único que cambia es que dejas de estar solo con ello.
Diego probó una cosa. Se apuntó la hora a la que la documentación estaba lista y se fue a casa dos horas antes. La reunión del día siguiente salió exactamente igual que todas las anteriores, y él se lo apuntó a esa hora.
Una anotación así no demuestra nada. Diez ya son un argumento bastante decente.

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