Lucía lleva veinte minutos delante de un solo cuadro. Javier ha recorrido la exposición entera en doce y espera fuera, sentado en un banco.
De camino a casa discuten, aunque no sobre arte. Ella siente que él no sabe detenerse. Él siente que ella hace una ciencia de algo que se ve de un vistazo. A ninguno de los dos se le ocurre que acaban de rozar un rasgo de carácter que la psicología mide desde hace varias décadas.
Se llama apertura a la experiencia y en el modelo de seis factores HEXACO lleva la letra O. No dice nada sobre quién es más listo ni más culto. Describe con cuánta fuerza te atrae lo nuevo, lo insólito y aquello que todavía no sirve para nada.
Cuatro cosas distintas bajo una sola letra
El modelo lo armaron los psicólogos Kibeom Lee y Michael Ashton a partir del análisis de cómo describe la gente, en distintos idiomas, el carácter de los demás. Junto a las cinco dimensiones conocidas les salió una sexta, honestidad-humildad, y los demás factores se recolocaron un poco por debajo. En qué se diferencian los seis de los Big Five lo desarrolla un texto aparte sobre qué es el modelo HEXACO.
De los seis, la apertura es el más difícil de agarrar. Bajo un mismo nombre sostiene cuatro inclinaciones que se relacionan entre sí de forma más laxa de lo que uno esperaría.
| Componente | De qué va | Dónde lo reconoces |
|---|---|---|
| Sensibilidad estética | La intensidad con que te llega el arte, la música, el paisaje | Quién se detiene ante un cuadro y quién sigue andando |
| Curiosidad | Ganas de averiguar cosas sin motivo práctico | Cuántas pestañas tienes abiertas sobre temas que no necesitas |
| Creatividad | Tirón hacia inventar y experimentar | Si buscas una segunda solución cuando la primera funciona |
| Inconformismo | Tolerancia a lo raro y a lo que no se hace | Tu reacción ante una opinión que va contra lo habitual |
Las combinaciones suelen ser desiguales. Una programadora que se lee tres libros sobre la historia de Bizancio y bosteza en una galería tiene la curiosidad alta y la sensibilidad estética baja. Quien adora la música experimental pero en el trabajo no soporta ningún cambio de procedimiento está arriba en estética y abajo en inconformismo. La media de esas cuatro cifras dice de ti menos que su reparto.
Cómo se ve una O alta en una semana normal
Se reconoce mejor por lo que alguien hace cuando nadie mira. Los libros que encarga se acumulan más rápido de lo que se leen. Al lado hay tres aficiones a medio empezar. Y a las once de la noche es perfectamente posible hundirse en un documental sobre peces abisales aunque por la mañana toque presentación.
En una conversación, la apertura aparece de otro modo. Le interesa menos la conclusión que de dónde ha salido, así que pregunta por cosas que en apariencia no llevan el tema a ninguna parte. Se toma en serio incluso la idea con la que no está de acuerdo, porque primero quiere entenderla desde dentro. Y es capaz de escuchar una propuesta bastante extraña sin torcer la boca.
La factura llega al terminar. La parte rutinaria del trabajo, esa en la que ya no queda nada por descubrir, se aplaza a un momento posterior y a veces no llega nunca. Una O alta fabrica además inquietud: lo que hace un año era emocionante hoy es un aburrimiento, y la persona cambia de proyecto, de sector o de ciudad más a menudo de lo que le conviene a su currículum.
La apertura no es inteligencia
Aquí nace el error más frecuente. Una O alta se lee con facilidad como listeza, porque hacia fuera se manifiesta de forma parecida: mucha lectura, montones de referencias, disposición a hablar de asuntos abstractos. La relación medida entre apertura y resultados en pruebas de capacidad intelectual es sin embargo débil. Explica solo una fracción pequeña de aquello en lo que las personas se diferencian.
Por qué se confunde tanto lo mostraron Colin DeYoung y sus colegas en 2007. La apertura se puede partir en dos: una mitad apunta a la imaginación, la percepción y el arte; la otra, a los hechos, la lógica y el darle vueltas a los problemas. A la segunda la literatura especializada la llama intelecto, y se solapa con la capacidad intelectual notablemente más. Quien afirma que las personas abiertas son más listas suele estar hablando de la mitad del rasgo.
La diferencia entre las dos mitades se ve también en cómo se comportan esas personas en una discusión. Una pregunta si los números están bien. La otra pregunta qué pasa si estamos mirando todo esto del revés. Ninguna pregunta es más lista, simplemente apuntan a otro sitio.
Hay además una propiedad de la apertura que va contra la intuición. La tendencia a buscar conexiones no se detiene en las reales. Las personas con puntuación alta en apertura descubren con más fiabilidad un patrón en una maraña de datos y, a la vez, lo ven más a menudo donde no hay ninguno. El mismo filtro que deja entrar las ideas originales deja entrar también las tonterías.
La apertura baja y su ventaja silenciosa
Las descripciones de una puntuación baja suelen ser injustas. Palabras como cerrado de mollera o soso no pintan nada ahí, porque lo que se mide es otra cosa: cuánto te fías de lo probado frente a lo no probado. Quien tiene la O baja quiere ver que algo funciona antes de dejarlo entrar en su vida.
Ramón lleva quince años dirigiendo un almacén y ante cada novedad tiene la misma pregunta: qué pasa si esto no sale. Cuando la empresa implantaba un sistema nuevo de inventario, fue el único que pidió al proveedor una lista de clientes que llevaran un año usándolo. Dos de ellos le describieron un problema que después ahorró a la empresa dos meses de trabajo. Los compañeros entusiasmados no iban a hacer esas llamadas, porque no se les pasó por la cabeza.
En un entorno donde un fallo cuesta dinero o salud, el escepticismo ante lo nuevo sale más barato que las ganas de probarlo. Añade a eso otra ventaja: la pericia se construye repitiendo, no dando saltos. Quien se aburre haciendo lo mismo durante cuatro años rara vez llega muy hondo.
El punto flojo de la O baja está en otro lado, no en la inteligencia. Falta el aviso de que el mundo, por debajo del procedimiento establecido, se ha movido mientras tanto. Ese aviso suele llegar justo cuando el movimiento ya se ve en las cifras.
La apertura y el trabajo creativo
De todos los rasgos de carácter, es la apertura la que está más cerca de la creatividad. Gregory Feist resumió en 1998 decenas de estudios sobre la personalidad de las personas creativas, y la apertura figuraba entre lo que separaba con más nitidez a científicos y artistas de sus colegas menos creativos. Tiene sentido: sin ganas de rebuscar entre posibilidades insólitas, una solución original no tiene de dónde salir.
Más interesante es, con todo, ese reparto de la apertura en dos mitades. Scott Barry Kaufman y sus colegas comprobaron en 2016 que cada mitad predice algo distinto. La que tira hacia la imaginación y la estética se relacionaba con logros creativos en el arte. La más factual, cercana a la lógica y a los datos, se relacionaba con logros en la ciencia. Una letra, dos vías separadas.
Pero la idea por sí sola no es una cosa acabada. Elena saca de una sola reunión diez campañas y tres de ellas valen la pena; solo que sin Sergio, que lleva la lista y vigila los plazos, ni una llegaría al mundo. La apertura aporta el material, la meticulosidad lo empuja hacia fuera. Los equipos creativos que se quedaron compuestos solo de entusiastas no suelen haber quebrado por falta de ideas.
La investigación en selección de personal se topa aquí con un límite inesperado. Murray Barrick y Michael Mount resumieron en 1991 los datos sobre personalidad y desempeño laboral, y la apertura apenas entraba entre los predictores del desempeño. En cambio predecía de forma decente cómo le iría a alguien durante el periodo de formación. La apertura dice, por tanto, más sobre lo rápido que aprenderás algo que sobre lo bien que lo harás después.
La creatividad en sí también se puede medir directamente, al margen del carácter. Entonces se pregunta por la solución de tareas y no por cómo se describe uno mismo; en esa dirección va, por ejemplo, el test de pensamiento creativo, que guarda relación con la apertura pero no mide lo mismo.
Por qué cuesta tanto hablar de lo nuevo
La diferencia en apertura se cruza con más fuerza allí donde se decide sobre algo nuevo. Cambiar de proveedor, otra manera de dar clase, reformar un piso, una organización familiar poco habitual. Desde fuera parece una disputa sobre hechos; dentro se trata de otra cosa.
Para alguien con la O alta, la novedad es un argumento en sí misma. Que algo no se haya probado todavía es la razón de que merezca un intento. Para alguien con la O baja, la novedad es el motivo para cargar con la prueba. No probado significa no verificado, y no verificado significa riesgo. Los dos hablan de lo mismo, solo que cada uno imagina lo contrario bajo la palabra "interesante".
Una diferencia parecida resuena en las posturas ante los asuntos públicos. La investigación sobre opiniones políticas encuentra repetidamente una relación moderada entre la apertura y la disposición a cambiar reglas establecidas; a la misma conclusión llegó también la conocida revisión de John Jost y coautores de 2003. Es una inclinación débil, no un destino, y de ella no se deduce en absoluto quién tiene razón en un asunto concreto.
¿Cuándo cambiaste de opinión por última vez sobre algo que dabas por cerrado hace tiempo? La respuesta a esa pregunta delata más de tu O que un cuestionario entero. Intenta recordar además qué te movió entonces: una información nueva, o el hecho de que la trajera alguien en quien confías.
La consecuencia práctica es discreta. Si llegas con una novedad ante alguien con la O baja, no empieces por lo nueva que es, sino por dónde está funcionando ya y qué pasa si falla. Si la novedad te llega a ti y sabes que no te apetece, plantea a la otra parte una sola pregunta: qué debería convencerme. Cuando ni tú mismo sabes responderla, no se trata de argumentos, sino de comodidad.
Qué hacer con esto
La apertura no es virtud ni defecto, algo bastante raro entre los rasgos de carácter. Una O alta rinde en un entorno que cambia rápido y premia el experimento. Una O baja rinde donde se valora la fiabilidad y donde los errores se pagan caros. Lo útil es sobre todo saber en qué punto de esa escala estás, porque el entorno puedes elegirlo en consecuencia.
El rasgo se mueve además ligeramente con el tiempo. Un extenso metaanálisis de Brent Roberts y coautores de 2006 describió que la apertura suele subir un poco en la primera adultez y volver a bajar en edades posteriores. Los desplazamientos son pequeños, pero muestran que no hablamos de algo hormigonado.
Dónde estás tú exactamente lo mide el test HEXACO: 60 preguntas, unos ocho minutos, resultado para los seis factores incluido el desglose de la apertura en sus componentes. La comparación con los demás es orientativa, pero para la diferencia entre "me encanta el cambio" y "el cambio lo aguanto" da de sobra.
También puedes probarlo sin test. Durante dos semanas apunta cada decisión en la que elegiste entre la opción probada y la nueva, y añade a cada una una frase con el motivo. Un restaurante, una herramienta, una ruta en bici, la manera de resolver un roce en el trabajo. Si en esa lista pone diez veces "porque lo conozco", ya tienes la respuesta. Si pone diez veces "porque todavía no lo conozco", la tienes igual, solo desde el otro lado.

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