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Psicología y bienestar

Humor como mecanismo de defensa: por qué funciona

Bromear en un funeral no es frialdad. Por qué la psicología cuenta el humor entre las defensas maduras, qué gana quien está en crisis y dónde no llega.

A Marcos se le murió el padre un martes. El jueves, en el tanatorio, entre pésame y pésame le dijo a una tía que su padre había conseguido por fin reunir a toda la familia en una sala, aunque para eso hubiera tenido que morirse. La tía se rió antes de poder contenerse.

Se rieron los dos. Nadie pensó que Marcos fuera un insensible, y a la mayoría de los presentes se les notó el alivio. De vuelta a casa no dijo una palabra.

La psicología conoce esta contradicción y tiene un nombre para ella. El humor figura entre los mecanismos de defensa y, en cierta clasificación, ocupa el lugar más alto, en una compañía que no esperarías encontrar allí.

Las defensas que no eliges

El término mecanismo de defensa viene de Sigmund Freud, y el inventario de las defensas concretas lo completó su hija Anna. La idea es sencilla: cuando la psique queda bajo una presión que no soportaría de frente, se enciende sola alguna cosa que la rebaja. No ocurre a la orden y casi nunca te enteras, porque la defensa termina antes de cualquier decisión.

La negación sostiene que aquí no pasa nada. La racionalización fabrica una explicación razonable para algo que hiciste por un motivo muy distinto. Y la rabia que no se puede sostener acaba, con sorprendente facilidad, en el otro. Nada de esto es un defecto de carácter. Son maneras de atravesar un momento para el que ahora no tienes fuerzas.

El psiquiatra estadounidense George Vaillant dedicó décadas a estudios de larga duración en los que se seguía a las mismas personas desde la juventud hasta la vejez, y notó que las defensas no son equivalentes. Algunas alivian a corto plazo y perjudican a largo, porque alejan a la persona de la realidad y de la gente que tiene alrededor. Otras hacen lo contrario. A estas segundas las llamó defensas maduras e incluyó entre ellas el altruismo, la sublimación y precisamente el humor.

Ahí hay algo inesperado. Lo que comparten las defensas maduras no es que sean más agradables ni más bonitas. Es que dejan la realidad donde está. La negación necesita, para funcionar, que no mires. El humor necesita justo lo contrario: tienes que ver la cosa con toda precisión, porque si no, no hay de qué bromear.

Los estudios de Vaillant mostraron algo más. Las defensas cambian a lo largo de la vida. Alguien que a los veinte respondía a un problema mandando la culpa fuera puede a los cuarenta echar mano de la autoironía sin haberlo aprendido nunca. El repertorio se desplaza con la edad, y el humor suele ser en él una incorporación, no un equipamiento de serie.

Distancia sin negación

Un chiste trabaja siempre con la diferencia entre lo que se espera y lo que llega. En una crisis fabrica esa diferencia encogiendo la cosa durante un segundo o poniéndola al lado de algo ridículamente pequeño. Los hechos siguen ahí. Lo que cambia es la escala en la que los estás sosteniendo.

Por eso conviene pensar en el humor en un momento duro como una pausa corta, no como una solución. Un diagnóstico no desaparece después de un remate y el despido sigue en pie. Lo que ganas son unos segundos en los que esa cosa no te ocupa entero, y de ahí se puede salir y dar el paso siguiente.

Lo esencial es la frase que uno se dice por dentro: veo lo que está pasando y aun así lo aguanto. La negación diría que no pasa nada. La resignación diría que no lo aguanto. El humor sostiene las dos cosas a la vez, y por eso resulta tan incómodo para los demás. Nadie sabe con certeza si le está permitido reírse contigo.

Poco se habla de que esta defensa también trabaja hacia fuera. Una broma junto a una cama de hospital o en un funeral es un mensaje para los demás: podéis quedaros, no hace falta andar de puntillas conmigo. De las situaciones duras la gente huye casi nunca por frialdad y casi siempre por miedo a decir algo inadecuado. El humor les quita ese miedo y los mantiene cerca, que es lo que más necesita quien está en crisis.

El humor es, eso sí, solo una de las herramientas que tienes a mano bajo tensión, y no aguanta que todo se apoye en él. Lo que el movimiento regular, el sueño o simplemente nombrar lo que pasa le hacen a una carga lo desmenuza un texto aparte sobre cómo gestionar el estrés según tu personalidad.

El humor de patíbulo de quienes ven lo peor

Quien haya escuchado a un equipo de urgencias al final de una guardia nocturna sabe que el humor gremial resulta indigesto para oídos ajenos. Ambulancias, bomberos, funerarias, quirófano, homicidios. En todos esos sitios circula un vocabulario que en una comida familiar significaría un silencio helado y el final de la velada.

No es cinismo, aunque lo parezca. Es humor de patíbulo, es decir, bromear sobre aquello que te está pasando a ti o justo delante de ti. Mantiene la presión en un nivel soportable durante todo el turno y funciona solo hacia dentro: entre gente que ve lo mismo y sabe de qué lado estás. Esa misma frase dicha a un familiar del paciente sería una crueldad.

Entre cómicos circula la regla de que la comedia es tragedia más tiempo. Primero ocurre la desgracia, después pasa el suficiente, y solo entonces se puede bromear con ella. El humor de patíbulo rodea esa ecuación y tacha el tiempo. Pero solo puede hacerlo aquel a quien le atañe, y ahí está toda la diferencia entre el humor negro y la burla: el chiste de patíbulo apunta a la situación y lo cuenta quien está dentro. La burla apunta a una persona y la cuenta alguien de fuera. Qué más ha averiguado la investigación sobre el humor negro lo describe el texto sobre a quién le encaja el humor negro.

La consecuencia práctica es sencilla y mucha gente la incumple de buena fe. Ante la desgracia ajena, esperas a que la broma la haga quien la está viviendo. Cuando la hace, puedes sumarte. Antes no, porque quien se ríe primero se toma una distancia a la que no tiene derecho.

Cuando la perspectiva se convierte en huida

Lucía y su pareja llevan seis años juntos. Cuando él, a lo largo del último año, intentó varias veces abrir la pregunta de cómo están realmente los dos, recibió cada vez una respuesta ingeniosa. Una vez que las conversaciones de pareja son cosa de las series, otra que para eso deberían contratar a un moderador. Se rieron los dos. A la tercera ya no preguntó.

Lucía no miente ni le esconde nada. Su humor hace exactamente aquello para lo que sirven las defensas, esto es, quitar presión. El problema es que la presión que debería mover a alguien hacia algún sitio no está para quitarla.

La diferencia entre perspectiva y huida no la reconoces por el chiste en sí. La reconoces por lo que pasa después.

En qué fijarse Humor como perspectiva Humor como huida
Cuándo llega el chiste Después de que lo difícil se haya dicho en voz alta. Siempre justo antes de que tuviera que decirse.
Qué pasa con el tema Vuelves a él, solo que con menos peso. Desaparece de la mesa y la próxima vez se empieza de cero.
Cómo te sientes tras la risa Un alivio que dura un rato. Un segundo de alivio y enseguida un vacío.
Qué hace la gente de alrededor Sigue preguntando, porque sabe que contigo se puede hablar. Poco a poco deja de preguntar.

La fila más fiable es la última, porque no tienes que juzgarla tú. Cuando la gente de tu alrededor ha dejado de preguntarte por cosas de las que antes se hablaba, rara vez hay desinterés detrás. Normalmente ya han hecho bastantes intentos que acabaron en risa y los han apuntado como puerta cerrada.

La segunda pista es la repetición. Un chiste en mal momento no significa nada, el humor es una costumbre y las costumbres se disparan solas. Vale la pena prestar atención cuando llega siempre en el mismo punto de la conversación, como si allí hubiera una cerradura.

La pregunta que lo detecta

Existe una prueba que dura cinco segundos y es incómodamente certera. La próxima vez que se te ocurra un chiste justo cuando la charla gira hacia algo serio, pregúntate: ¿qué pasaría si dijera esa frase sin él?

Con la perspectiva sale aburrimiento. La frase sonaría igual, solo que menos divertida, y no ocurriría nada especial. Con la huida se oye otra cosa. Un respingo, la imagen del silencio que vendría después, o el simple pensamiento de que sería demasiado. Ese respingo es información. En ese momento el chiste no está creando distancia, está creando una puerta.

¿Cuándo fue la última vez que dijiste algo duro completamente recto, sin aligerar el final de la frase? Si no te acuerdas, no es motivo de alarma, pero sí un dato que merece más atención que cualquier cuestionario.

El papel lo suele desempeñar el chiste a costa de uno mismo. Se adelanta a cualquier juicio ocupando tú el lugar de la diana, y luego nadie pregunta más, porque ya has dicho que tampoco es para tanto. Dónde termina la autoironía que desarma y empieza el rebajarse que te deja sin defensa lo desmenuza un texto aparte sobre la autoironía.

Merece atención también a qué tipo de humor recurres primero, porque cada uno se comporta distinto bajo carga. La perspectiva reconfortante te sostiene en un día pésimo sin ayuda ajena. El humor mordaz deja salir la rabia, a veces hacia alguien. El humor unificador disuelve el peso en compañía, solo que para eso hace falta compañía, y puede que no la tengas cerca. Un repaso a los cuatro estilos de humor muestra qué sabe hacer cada uno y qué cuesta; dónde estás tú en esas escalas te lo insinúa un breve test de estilos de humor. Ningún estilo es una sentencia sobre tu carácter, son costumbres, y con las costumbres se puede trabajar.

Cuando es demasiado para el humor

Las defensas tienen su límite y es honesto decirlo en voz alta. El humor es una herramienta para un rato y para una ola, no un muro de carga. Cuando el peso dura meses, cuando se bromea siempre sobre lo mismo y el alivio es cada vez más corto, el fallo no está en el humor. Solo que ya no basta él solo.

Unas cuantas señales concretas ante las que conviene no quedarse con esto a solas:

  • un peso que no ha aflojado en varios meses y no tiene un desencadenante visible
  • bromas sobre que sería mejor no estar aquí, aunque las digas con una sonrisa
  • el sueño, la comida o las ganas de cosas que antes te gustaban han cambiado y no han vuelto
  • la sensación de que no tienes con quién hablar en serio, porque te has metido a base de palabras en el papel del gracioso

Ir en un momento así a un psicólogo no es admitir una derrota ni una sentencia sobre tu carácter. Es más o menos lo mismo que llevar una rodilla dolorida al médico en lugar de cojear otro medio año. Allí nadie te quita el humor, en la consulta se puede reír. Lo único distinto es que después del chiste nadie se marcha del tema.

Marcos repitió aquella frase sobre la familia y una sala unos dos meses después, a un amigo delante de una cerveza. Esta vez sin remate y sin esperar la risa. El amigo se rió igual, porque la frase sigue teniendo gracia. La diferencia fue que la conversación no se acabó ahí.

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