Lucía le contó a Javier, un amigo de quince años, que estaba esperando los resultados de unas pruebas médicas y le pidió que no lo comentara con nadie. Tres semanas después se lo preguntó una compañera de trabajo que juega al fútbol con Javier. Dos años después de aquello ya no se hablan, y Lucía piensa en ello casi todas las semanas, mientras que Javier se acuerda una vez al año.
Ahí aparece lo menos intuitivo que sabemos del tema. El perdón es sobre todo un favor que te haces a ti mismo. La otra persona muchas veces ni se entera, y su vida no cambia ni un poco por ello.
Cuatro mitos sobre lo que significa perdonar
Casi toda la resistencia al perdón no apunta al perdón en sí, sino a una caricatura suya. La gente oye la palabra, se imagina algo que ninguna persona razonable podría exigirse, y da un paso atrás, con toda lógica. Conviene apartar primero cuatro confusiones habituales.
- Olvidar el agravio no se puede y tampoco es el objetivo. La memoria no tiene interruptor.
- Perdonar no dice que estuviera permitido. El hecho sigue siendo lo que fue, con todo su peso.
- La reconciliación necesita a dos. Al perdón le basta con uno, la persona agraviada.
- No tienes que reconstruir la relación. A veces es más sano que no se reconstruya.
La diferencia entre perdón y reconciliación suele ser lo más útil que uno se lleva de todo este asunto. La reconciliación es la confianza rehecha, y en ese proceso entra también la otra persona con su comportamiento. El perdón ocurre dentro de ti. Puedes perdonar a alguien con quien no volverás a hablar nunca, a alguien que hace tiempo que no sabe de tu existencia y a alguien que mientras tanto ha muerto.
En la práctica eso significa que no hay que elegir entre la calma y los límites. Lucía puede perdonar a Javier y aun así no volver a contarle nada confidencial. No es una contradicción, es una lección aprendida. El perdón cambia tu relación con el pasado, los límites protegen el futuro, y lo uno sin lo otro casi nunca funciona bien.
Qué es el perdón en realidad
Una definición aprovechable tiene dos partes. El perdón es una decisión que tomas en un momento concreto y, al mismo tiempo, un proceso interno que después se alarga semanas o meses. Sin la decisión el proceso ni siquiera arranca, aunque la decisión sola tampoco basta.
Ayuda la imagen de una deuda. Alguien te quitó algo: tiempo, reputación, sensación de seguridad, ganas de fiarte de la gente. Tú después pasas años pagando intereses de tu bolsillo, porque la atención que le dedicas a ese agravio ya no va a ninguna otra parte. Perdonar es dar esa deuda por perdida. No porque no fuera legítima, sino porque cobrarla cuesta más que la cantidad original.
De esa lógica se deduce quién es el principal beneficiario. La rabia que cargas durante años no le pesa a la otra persona. Te pesa a ti, porque funciona con tu energía, en tu cabeza y en tus noches. Dejar de pagar no exculpa a nadie, solo te devuelve los recursos que estabas metiendo ahí.
Qué dice la investigación sobre el perdón
El psicólogo estadounidense Everett Worthington lleva décadas trabajando sobre el perdón, y su obra se hizo conocida también por una prueba personal. En 1996 asesinaron a su madre durante un robo en su casa. Tuvo entonces que aplicarse su propio modelo a sí mismo y más tarde escribió sobre ello, contando que la primera reacción no fue ninguna grandeza, sino el deseo de venganza.
Su aportación más útil es distinguir dos cosas que normalmente se esconden bajo una sola palabra. La decisión de perdonar es una intención: cambio la manera en que pienso tratar a esta persona y dejo de planear el desquite. El perdón emocional es otra cosa. Significa que el rencor y la rabia van siendo sustituidos poco a poco por otra emoción, idealmente la compasión, muchas veces simple calma.
El efecto práctico de esa distinción es grande. Decidir se puede en una tarde, pero a las emociones no se les dan órdenes. Por eso mucha gente concluye que el perdón "no le funciona", porque tomó la decisión y al día siguiente se despertó igual de enfadada. No ha pasado nada raro. Dieron el primer paso y esperaron el resultado del segundo.
Los estudios sobre el perdón apuntan a una relación con menos rumiación, es decir, con menos repetición mental del agravio una y otra vez, y también con mejor sueño y menor estrés percibido. En qué dirección va esa relación es siempre una pregunta prudente, y nadie serio afirma que perdonar cure el cuerpo. Ya llama la atención, en todo caso, que el perdón se comporte más como un alivio que como un sacrificio.
Cómo perdonar paso a paso
Worthington resumió su procedimiento en cinco pasos bajo las siglas REACH. Los describimos con nuestras palabras y sin tono terapéutico, porque se trata de una secuencia bastante sencilla que se puede recorrer a solas con un cuaderno.
- Recordar el agravio tal como ocurrió. Sin censura, sin rebajarlo con un "tampoco fue para tanto", pero también sin lanzar la fantasía de la venganza. La idea es describir el suceso con toda la precisión posible, incluido lo que sentías en aquel momento.
- El segundo paso apunta a los motivos del otro. No se trata de buscarle una excusa, sino de reconocer que la gente casi nunca actúa por pura maldad. Suele haber descuido, miedo propio, alcohol, torpeza o el hecho de que recuerdan la situación entera de forma muy distinta a la tuya.
- Después ofreces el perdón como un regalo, no como un trato. Worthington aconseja acordarse de alguna vez en que alguien te perdonó a ti, y del alivio que sentiste entonces. Un regalo tiene la propiedad de que no se espera nada a cambio.
- Comprometerte con lo que has hecho. Escribirlo, contárselo a alguien cercano, ponerle fecha. Sin eso, la decisión se disuelve con el primer recuerdo desagradable.
- Y luego llega la parte más larga: sostenerlo cuando vuelvan las emociones. Vuelven, normalmente a las tres de la madrugada. Que regrese la rabia no significa que el perdón quede anulado, solo que la memoria trabaja. En ese momento ayuda recordarte que ya lo decidiste, aunque justo ahora no lo sientas.
Lucía probablemente se atascaría en el segundo paso. Los motivos de Javier no eran malignos, más bien mezquinos: estaba de charla con el grupo, quería tener algo que contar y no cayó en que hablaba de algo que no le pertenecía. Entender eso significa ver a alguien que se comportó como un idiota en lugar de alguien que quería hacerle daño. El peso de lo que hizo no cambia, pero cambia la forma del recuerdo.
En agravios profundos, como el maltrato, el abuso prolongado o el trauma infantil, tiene sentido recorrer este proceso con un terapeuta, porque ahí se abren cosas con las que a solas se trabaja mal.
Cuando la otra persona no pidió perdón
Una disculpa facilita muchísimo el perdón. Te quita de encima parte del trabajo, porque confirma que no te lo imaginaste y que el agravio fue un agravio. La mala noticia es que la mayoría de la gente no la recibe nunca, ni siquiera años después.
Detrás del silencio hay más veces incomodidad que arrogancia. Admitir la culpa significa verse a uno mismo como alguien que hizo daño, y mucha gente sencillamente no deja entrar esa imagen en su cabeza. Javier recuerda casi seguro el episodio en una versión donde no había ningún secreto, solo un comentario entre amigos que luego alguien pasó de forma torpe.
La condición "perdonaré cuando pida perdón" suena justa y es una trampa. Le estás dando la llave de tu propia calma a alguien que ya demostró una vez que no es de fiar con ella. A veces, además, no queda nadie que pueda pronunciar esa disculpa, porque la persona está lejos o ya no vive, y la espera se estira hasta el infinito. Una calma que pende de la decisión ajena es exactamente tan incierta como esa decisión.
Vale la pena conocer también el otro lado de esta ecuación. La mayoría somos a la vez quien le debe algo a alguien, y la diferencia entre una disculpa que arregla algo y una que empeora la situación no es casual: la que funciona nombra el daño concreto, no pide nada a cambio y no viene acompañada de explicaciones sobre por qué la otra persona tampoco es perfecta. Si estás esperando una disculpa, quizá alguien esté esperando otra de ti.
Perdonarse a uno mismo suele costar más
Con uno mismo, casi todo el mundo aplica una vara más estricta que con los demás. A un amigo le perdonas que no fuera a tu boda, y a ti no te perdonas no haber llamado a tiempo a tu abuela, y lo cargas diez años. La propia falta la tienes además siempre a mano, porque eres el único testigo que nunca se marcha.
Lo curioso es que la dureza con uno mismo suele ser el motor de la repetición más que el seguro contra ella. Quien se corroe mucho tiempo por un aplazamiento o un fallo gasta en eso la energía que necesitaría para reparar, y con más probabilidad vuelve a dejarlo para después la próxima vez. Perdonarse no es blandura. Es la manera de volver al juego.
El procedimiento se diferencia del anterior en una cosa: aquí falta el otro, a quien se le pueda regalar algo, así que el trabajo se reparte distinto. Primero el reconocimiento sin "pero", después la reparación de lo que se pueda reparar, luego la aceptación de que el resto no tiene arreglo. Y al final la decisión de dejar de cobrártelo, que tendrás que renovar más de una vez.
La rabia es una fase, no un fracaso
La frase "tienes que perdonar" hace un daño sorprendente. Llega normalmente del entorno, que ya ha oído la historia por quinta vez, y empuja a alguien a declarar algo que no siente. El perdón prematuro parece perdón, pero funciona como represión. Vuelve, casi siempre en mal momento y en peor forma.
La rabia, mientras tanto, lleva información dentro. Dice por dónde pasa tu límite, qué tenía valor para ti y qué no puede repetirse. Hasta que no la leas hay poco que perdonar, porque todavía no sabes con exactitud qué perdiste. Solo cuando esa información está extraída, la rabia se convierte en puro coste.
Preguntemos entonces por el momento, no por la obligación. ¿Cuánto tiempo se te ha ido el último mes en reproducir un agravio concreto, y a qué podría haberse dedicado ese tiempo en su lugar? La respuesta a esa pregunta suele sugerir más que cualquier consejo de fuera.
Cómo tratamos el agravio y qué tiene que ver el conflicto
La manera en que la gente perdona copia con bastante fidelidad su comportamiento en los conflictos. Hay quien va a la confrontación abierta y perdona solo después de una disculpa pronunciada. Otro se retira, no saca el agravio en voz alta y lo carga en silencio durante años. Un tercero perdona demasiado rápido, porque no soporta la tensión en el ambiente, y luego se extraña de que el asunto le vuelva.
Esto se puede describir con el llamado modelo de doble interés, que trajeron Blake y Mouton. Sigue dos cosas independientes: cuánto empujas tu propio interés y cuánto tienes en cuenta el interés del otro. De la combinación de ambas salen cinco estilos de resolución de conflictos típicos, desde competir hasta ceder. Ninguno es correcto por sí mismo, porque cada uno tiene situaciones donde funciona y situaciones donde hace daño.
El patrón propio, además, se ve mejor desde fuera que desde dentro. Para eso está nuestro test de estilos de conflicto: 30 preguntas, unos cuatro minutos, y como resultado un estilo primario y otro secundario, más tu posición en el mapa de asertividad y cooperación. Tómalo como una herramienta de autoconocimiento, no como un diagnóstico.
Si el perdón te ha funcionado, lo notarás casi siempre en un detalle. Alguien pronuncia ese nombre durante la comida, tú te frenas un instante y sigues hablando con calma, porque ya no necesitas contar la historia entera desde el principio. El recuerdo se quedó, solo que dejó de cobrar peaje.

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