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Psicología y bienestar

Miedo a ser descubierto: esperando que se den cuenta

La sensación de interpretar un papel y de que hoy puede ser el día. De dónde sale el miedo a ser descubierto, por qué no cede con pruebas y cómo salir.

El jueves a las 16:40 le llegó a Álvaro un mensaje de su jefe. "¿Tienes media hora mañana por la mañana? Necesito comentarte una cosa." Punto, nada más.

Durante la hora siguiente Álvaro no hizo nada de provecho. Repasó los tres últimos encargos buscando el error que había dejado atrás. Se acordó de un cliente al que había contestado un día más tarde de lo debido. Y al fondo iba corriendo la frase que conoce bien: ya se han dado cuenta.

Por la mañana su jefe le ofreció dirigir un proyecto nuevo. Álvaro dio las gracias, volvió a su mesa y en diez minutos tenía lista la explicación de por qué esa oferta le había tocado precisamente a él. No había nadie más libre. La hora de pánico ocurrió igualmente, y el jueves que viene lo más probable es que vuelva a ocurrir.

De dónde sale el miedo a ser descubierto

Lo raro de este miedo es que no nace de la falta de resultados. Nace de una suposición callada: que tu capacidad real es menor que la que ve la gente y que entre las dos queda un hueco. Ser descubierto es entonces solo el momento en que ese hueco lo ven también los demás.

Las dudas sobre uno mismo llegan desde tres sitios distintos y este es uno de ellos: la sensación de impostura. Los otros dos tienen otra cara. En la desvalorización del éxito un buen resultado se borra antes de poder contarse, porque enseguida aparece una explicación de por qué no fue para tanto. En el azar y las circunstancias el mérito se va a la cuenta de la casualidad, del momento oportuno y de la gente que te puso la pelota en el pie. Cómo encajan esas tres fuentes y de dónde viene el patrón entero lo desarrolla el texto sobre qué es el síndrome del impostor.

La sensación de impostura se distingue de las otras dos en algo esencial. No habla del resultado, habla de ti. La frase que dispara en tu cabeza no es "ese proyecto no tenía dificultad", sino "yo no pinto nada aquí". La primera se puede rebatir con el siguiente proyecto. La segunda no, porque no va del trabajo sino de quien lo hace.

De ahí sale también la sensación de estar interpretando un papel. Un papel describe lo que haces: llevas un equipo, das clase, operas, gestionas un presupuesto. Cuando te encaja, se funde contigo hasta el punto de que ni piensas en él. Aquí se despega de la persona y empieza a comportarse como un disfraz que te pones por la mañana y te quitas por la noche con alivio.

Las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes, que describieron el fenómeno en 1978, lo encontraron en personas cuyos resultados nadie ponía en duda. Y justo ahí está la parte que va al revés. Un ascenso, un título o un elogio no te tranquilizan, porque suben la altura de lo que podría quedar al descubierto. Cuanto más tienes detrás, mayor es el fraude en tu relato interno.

Por qué las pruebas no sirven

Si bastara con presentar hechos, el miedo a ser descubierto se resolvería en una sola entrevista de evaluación. Pero la duda sobre uno mismo no funciona como un tribunal que suma con honestidad las pruebas de ambas partes. Funciona como un filtro por el que las cosas pasan cuando la conclusión lleva tiempo tomada.

Una buena evaluación cruza ese filtro convertida en cortesía. Un ascenso, en solución de emergencia. Un elogio de alguien a quien respetas en el sector se vuelca en la versión más incómoda de todas: también le he engañado a él. Cuanto más sabe esa persona del oficio, mayor es en tu cabeza el éxito de tu camuflaje.

Por eso con este miedo no funciona que te tranquilicen. Cada prueba nueva admite dos lecturas y el filtro coge siempre la segunda. El amigo que te repite por décima vez que eres bueno solo confirma que tu puesta en escena funciona.

Kolligian y Sternberg propusieron en 1991 el término falsedad percibida para este fenómeno y sostuvieron que no se trata de una enfermedad ni de un trastorno, sino de una manera de entenderse a uno mismo. No figura en ninguna clasificación de trastornos mentales y nunca nació como diagnóstico. Suena a formalidad, pero de ahí sale algo bastante práctico: aquí no hay nada que curar, hay algo que desaprender.

La máscara de competencia y lo que cuesta

Marta lleva medio año en su nueva empresa y se prepara cada reunión para que ninguna pregunta pueda pillarla. Cuando aparece un término que no conoce, lo apunta y lo busca por la noche. Nunca pregunta. Sus compañeros la tienen por alguien que controla la situación, y tienen un motivo excelente para ello: se comporta exactamente así.

La máscara de competencia es el nombre conjunto de las pequeñas precauciones con las que te aseguras contra el descubrimiento: preparación de más, formulaciones prudentes, silencio hasta estar seguro del todo. Nada de eso parece miedo desde fuera, y ahí está el núcleo del problema.

Mark Leary y sus colegas estudiaron en el año 2000 si detrás de todo esto no habrá sobre todo autopresentación, la táctica de bajar de antemano las expectativas ajenas para que un posible fracaso duela menos. Algo de verdad tiene, porque quienes siguen este patrón dicen sus dudas en voz alta más a menudo que los demás. Solo que se puntuaron igual de bajo allí donde nadie iba a leer su respuesta. La duda no es únicamente un juego de modestia, aunque a ratos lo parezca.

Situación Qué haces Cómo lo lee la gente
No sabes la respuesta en una reunión Callas y por la noche lo buscas. Mañana hablas de ello con seguridad. No tiene nada que añadir, o simplemente ya lo sabe.
Llega un elogio Lo rebajas o lo rediriges al equipo. Una persona simpáticamente modesta.
Un encargo por encima de tu experiencia Te preparas tres veces más a fondo de lo necesario. Lo tiene resuelto, se puede contar con ella.
La oferta de un puesto mayor Dudas y pides tiempo para pensarlo. Un tipo prudente, seguro que no le apetece.

La factura de la máscara llega en dos partidas. La primera es energía: parte del rendimiento se va en vigilar que nadie note nada, así que para el trabajo en sí queda menos de lo que podría. La segunda es peor. Mientras la máscara aguanta, nadie te corrige, porque nadie sospecha que debería. El temor no llega nunca a una situación en la que la realidad pueda desmentirlo y entra en la siguiente ronda igual de fuerte que antes.

Marta lo describiría de otra manera. Después de medio año conoce a menos gente que el compañero que pregunta por todo, porque cada pregunta no formulada es también una conversación no empezada. Y lo que él le habría contado en dos minutos lo arma por la noche a partir de artículos. La máscara protege la reputación y retrasa el camino para que esa reputación sea merecida.

La máscara se activa con más fiabilidad allí donde el rendimiento se mide y se compara, o sea en el trabajo. Qué situaciones la ponen en marcha más rápido y qué se puede hacer con ellas lo desarrolla el texto sobre cómo se ve el síndrome del impostor en el trabajo.

El impostor de verdad no teme que lo descubran

Intenta recordar a alguien que de verdad se lanza a cosas que le vienen grandes y habla con aplomo de un campo que conoce por tres artículos. Esa persona no suele irse a casa con la sensación de que esto va a saltar por los aires. Se va a casa satisfecha.

No es casualidad ni injusticia. Para reconocer la propia incompetencia hace falta una vara de medir, y esa vara solo la da el conocimiento del campo. Quien sabe poco no tiene con qué medirlo. Quien sabe mucho ve con precisión hasta dónde llega su conocimiento y dónde empieza la niebla, y a menudo interpreta esa niebla como prueba de que no da la talla.

Esta asimetría suele relacionarse con el efecto Dunning-Kruger, a la vez uno de los resultados más citados y peor explicados de la psicología de las últimas décadas. Qué mostró de verdad el estudio original y qué le añadió internet lo desarrolla un texto aparte sobre el efecto Dunning-Kruger.

Cuidado, eso sí, con el consuelo que se ofrece solo a partir de ahí: "si tengo miedo, será que algo sé." De ahí no se deduce eso. Solo se deduce que el miedo no es prueba de incapacidad, igual que el aplomo no es prueba de competencia. Los dos son sentimientos y dicen bastante menos de tu capacidad que la lista de cosas que tienes terminadas.

Cómo salir del papel

Lo más barato que puedes probar es incómodo y dura cinco segundos. La próxima vez que te topes con algo que no sabes, dilo en voz alta: "esto no lo sé, lo averiguo para mañana." No hace falta empezar en un comité de dirección, basta un compañero delante del café. Casi siempre no pasa exactamente nada, y esa nada es la información que necesitas. ¿Cuándo fue la última vez que reconociste en voz alta que no sabías algo?

La siguiente ayuda se hace con un lápiz. La pregunta "qué pasaría si se dieran cuenta" escríbela hasta el final, si quieres en puntos: quién haría qué, qué vendría la semana siguiente, qué dentro de medio año. Una catástrofe solo tiene fuerza mientras se queda en lo indefinido. Escrita, suele salir de ella una frase del tipo "tendría que ponerme al día con bases de datos" o "mi jefe me revisaría el trabajo durante un mes". Incómodo sí, final de una carrera no.

Y luego está la vara de medir, que se puede cambiar. Compárate contigo hace un año en vez de con la gente de alrededor, porque de ellos ves resultados acabados y no comienzos torpes. Anota tres cosas concretas que hoy sabes hacer y el año pasado no. Suelen ser más de las que esperas y, sobre todo, son datos y no una impresión que se dobla bajo presión.

Si quieres saber cuál de las tres fuentes habla más alto en tu caso, te dará una pista un breve test del síndrome del impostor. Muestra el nivel general de dudas y su reparto, así que se puede ver si tu tema principal es la sensación de impostura o más bien una de las otras dos. Las maneras de trabajar cada fuente por separado las desarrolla luego el texto sobre cómo superar el síndrome del impostor.

Cuando el miedo no afloja

Las dudas que aparecen antes de una presentación y se van después forman parte del trabajo. Otra cosa es que la tensión dure meses, no se pueda soltar ni por la noche y empiece a llevarse el sueño o las ganas de cosas que antes te gustaban. Merece la misma atención rechazar por su culpa oportunidades que quieres.

En un momento así es razonable hablarlo con un psicólogo, igual que con una rodilla dolorida se va al médico en lugar de cojear otro medio año. No es una sentencia sobre tu carácter. A las técnicas concretas para manejar la tensión se dedica el texto sobre cómo manejar la ansiedad.

Álvaro aceptó el proyecto. Unas tres semanas después dijo en una reunión que había una cosa que no sabía y que la buscaría para el día siguiente, y no pasó absolutamente nada. El pánico de los jueves no desapareció por eso, ha vuelto dos veces desde entonces. La diferencia está solo en que ahora tiene enfrente un recuerdo concreto que cuesta explicar de otro modo.

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