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Personalidad y autoconocimiento

Extraversión en HEXACO: las cuatro caras del factor X

El factor X se divide en cuatro partes: autoestima social, audacia, sociabilidad y vitalidad. Por qué una X baja no es timidez y qué sí se puede cambiar.

Media hora antes de que empiece el congreso, Lucía está junto a la mesa del café charlando con un hombre al que ve por primera vez en su vida. En ese rato averigua dónde trabaja, por qué cambió de sector hace un año y cómo se llama su perro.

Javier está a tres metros de ella, repasando el programa, esperando a que abran la sala. No le ha dirigido la palabra a nadie ni lo ha intentado. Y dentro de dos horas subirá al escenario, hablará cuarenta minutos ante doscientas personas y en el debate contradirá con toda calma al ponente que ha intervenido antes que él.

¿Cuál de los dos es el extravertido? Responder "la que charla junto al café" cubre solo una parte de lo que se esconde bajo la extraversión. La disposición de Javier a plantarse ante una sala llena también es extraversión, solo que otro componente de ella. Y justo esa distinción la hace el modelo HEXACO con más cuidado que la mayoría de las tipologías populares.

Cuatro componentes de una misma escala

Los psicólogos canadienses Kibeom Lee y Michael Ashton se dedicaron, en el cambio de milenio, a desmenuzar listas de adjetivos de carácter tomadas de diccionarios de varios idiomas, del coreano al italiano. Querían saber cuántas dimensiones independientes se repiten en la manera en que la gente describe a los demás. De un idioma a otro les salían seis factores, no cinco, y uno de ellos es la extraversión, representada en el nombre del modelo por la letra X.

Lo esencial es que en el planteamiento de seis factores no se sostiene como un bloque único. Se compone de cuatro partes separables que, en una misma persona, pueden apuntar cada una hacia otro lado.

Componente Qué describe Cómo se ve en la parte baja de la escala
Autoestima social Lo que crees sobre la impresión que causas y sobre si sales airoso entre la gente La sensación de que los demás te aguantan por educación más que por interés
Audacia social Disposición a hablar delante de otros, a dirigir, a discrepar en voz alta, a abordar a un desconocido La mano que no se levanta en la reunión aunque tengas la propuesta bien pensada
Sociabilidad Cuánta compañía te sienta bien y cuánto disfrutas de conversar sin más Un sábado a solas como premio y no como castigo
Vitalidad La cantidad de energía, entusiasmo y optimismo con la que te lanzas a las cosas Un ritmo más contenido, menos reacciones entusiastas, estimaciones más sobrias

Lucía, la del arranque, tiene alta la sociabilidad y la vitalidad, y bastante menos la audacia social, así que nadie la pondría delante de doscientas personas. A Javier le pasa lo contrario. Da su charla sin titubear, pero la conversación informal junto al café le cuesta más energía que la ponencia entera. La media de los dos saldría parecida y no diría nada cierto de ninguno.

Uno de esos cuatro componentes sorprende a casi todo el mundo. La autoestima social, es decir, si sientes que vales algo en compañía, es algo que la mayoría de nosotros archivaría entre las emociones o en la confianza en uno mismo en general. En el planteamiento antiguo de cinco factores acaba más o menos ahí, normalmente como el polo opuesto del neuroticismo. En el modelo de seis factores, en cambio, se queda con la extraversión, y eso tiene una consecuencia: una X baja no significa necesariamente que la gente te dé igual. Puede significar que no tienes claro si tú les das igual a ellos.

Cuando la X está alta

La X alta se reconoce por la rapidez con que alguien se instala en un grupo desconocido. El ambiente nuevo lo carga, hablar no le apaga las ideas, se las pone en marcha, y cuando en la sala se hace el silencio, suele ser él quien lo llena. Los compañeros describen a una persona así con palabras como "energía" o "motor", aunque ella no tenga ninguna sensación de estar esforzándose.

Resulta útil en todo lo que hay que poner en marcha. Ganarse a la gente para una idea, concertar una reunión con alguien a quien no conoces, sostener el ánimo del equipo después de un trimestre fallido. En todo eso, la X alta ahorra a los demás un trabajo que harían con muchísima resistencia.

La factura llega por otro lado. Quien habla mucho y deprisa se gana con más facilidad la impresión de competencia, tenga razón o no. Neil MacLaren y sus colegas lo pusieron a prueba en 2020 con grupos sin jefe formal y les salió que la persona a la que el grupo señalaba como líder era la que más había hablado. La cantidad de habla pesaba más que la calidad de las aportaciones. Si tienes la X alta, ese efecto juega a tu favor y conviene saberlo, porque el asentimiento de los demás no demuestra entonces que lo hayas pensado mejor.

El segundo impuesto se paga en las decisiones. La vitalidad empuja hacia un rápido "vamos a por ello" y amortigua las señales incómodas que alguien más callado sí registraría. El riesgo no está en que el extravertido decida peor, sino en que llega a la decisión antes de que le lleguen las objeciones.

Vale la pena decir también qué no es una X alta. No es habilidad social. Calibrar el ambiente de una sala, adaptar el mensaje a quien escucha y callarse a tiempo se puede aprender en cualquier punto de la escala, y un montón de gente muy sociable no lo aprende nunca. Tampoco es calidez. Alguien que se siente como en casa entre una multitud puede ser del todo indiferente con las personas de una en una, porque lo que lo alimenta es ese movimiento alrededor y no las relaciones concretas.

X baja: la introversión y lo que desde luego no es

La introversión, en este planteamiento, no es ningún trastorno del contacto. Es un ajuste al que le basta menos estímulo social para tener suficiente. Siete personas en una mesa son ruido para un introvertido; dos personas en una mesa son una conversación. No es que lo primero no le interese, es que no sale de ahí cargado.

Con esto llegamos a dos cosas con las que la introversión se confunde tan a menudo que han caído en el enredo hasta algunos libros de divulgación. La primera es la timidez. La persona tímida teme cómo va a quedar delante de los demás y por eso esquiva el contacto. El introvertido no teme, simplemente no lo necesita. La diferencia la explicó con claridad Susan Cain en su libro Quiet, de 2012: la timidez es miedo al juicio social, la introversión es preferencia por entornos menos estimulantes. El extravertido tímido existe y suele ser bastante infeliz, porque quiere estar entre gente y a la vez le da pánico.

La segunda es la ansiedad social, y esa pertenece a una categoría completamente distinta. No se trata de un rasgo de carácter en una escala, sino de un estado que limita la vida de verdad, y se aborda con un profesional, no con un cuestionario. En el lenguaje de seis factores se acercaría a la combinación de autoestima social baja, audacia baja y emocionalidad alta, salvo que esa descripción no ha curado a nadie.

¿Cuántas veces te has exigido ser "más de gente"? Prueba a detenerte en esa pregunta y averiguar cuál de esos cuatro componentes te falta en realidad. Suele haber diferencia entre "no me lo estaba pasando bien" y "no me atreví", y cada una de esas frases lleva a un sitio distinto.

Cuatro frases que seguimos oyendo sobre extravertidos e introvertidos

"A los introvertidos no les gusta la gente." El error más común y, a la vez, el más fácil de refutar. La sociabilidad describe cuánta compañía soporta alguien, no qué relación tiene con ella. La calidez, la disposición a ayudar y el apego a los cercanos están en otro sitio del modelo de seis factores, sobre todo en la emocionalidad y la amabilidad. Un introvertido con emocionalidad alta es esa persona que se acuerda de cuándo es tu cumpleaños y que se escabulle de la fiesta hora y media después.

"Los extravertidos son mejores jefes." Adam Grant, Francesca Gino y David Hofmann compararon en 2011 el rendimiento de varias sucursales según el carácter de quien las dirigía y encontraron la condición que siempre se olvida. Los jefes extravertidos lograban mejores resultados con equipos pasivos que necesitaban un empujón. En los equipos donde la gente llegaba con ideas propias, salían mejor parados los jefes introvertidos, porque no tapaban esas ideas con las suyas. La cuestión no es quién dirige mejor, sino a quién.

La tercera frase tiene que ver con las ventas. La idea de que el mejor comercial es el más hablador aguantó décadas, hasta que Adam Grant comparó en 2013 las cifras de venta a lo largo de toda la escala. Arriba no quedaron ni los extravertidos ni los introvertidos, sino la gente de la zona media, capaz de alternar entre hablar y escuchar según lo que el cliente necesite en ese momento.

Y la última: "Soy introvertido, esto me viene de fábrica." La extraversión no parte a la población en dos bandos, se reparte de forma continua y la mayoría de la gente se sitúa en algún punto intermedio. La etiqueta tajante se la suelen poner quienes tienen marcadamente alto o bajo un único componente de los cuatro y pasan por alto el resto del perfil.

Por qué la X no es la extraversión de los Cinco Grandes

Las dos escalas miden algo bastante parecido y quien sale alto en una sale alto casi siempre también en la otra. La diferencia está en aquello alrededor de lo cual gira la escala entera. En el modelo de cinco factores, la extraversión se apoya en el trato social, la actividad y las emociones positivas. En el de seis, el núcleo pasa a ser la confianza social en uno mismo, o sea, cómo te evalúas como participante de la vida en común.

En la práctica, ese desplazamiento se nota en los bordes. La búsqueda de sensaciones, las ganas de arriesgar y de conducir rápido pertenecen, en la lectura de cinco factores, más bien a la extraversión, mientras que en la de seis se asientan en la emocionalidad, concretamente en la tendencia a preocuparse. Una persona sin miedo no tiene por qué ser extravertida, puede ser simplemente poco emocional. La calidez hacia los cercanos, a su vez, se traslada a la emocionalidad y la amabilidad, así que tampoco cuenta para la X.

La diferencia merece recordarse sobre todo para leer tu propio perfil. Cuando te sale una X baja, la interpretación de cinco factores te manda a pensar cuánto sales a ver gente. La de seis añade la pregunta de si te fías de ti mismo entre ella, y para muchos esa es la mitad más útil. La comparación de los dos modelos sigue siendo orientativa: no hay ningún puente de conversión exacto entre ellos.

Qué se puede hacer con esto

El peor plan es intentar moverse por la escala como si fuera un todo. "Voy a ser más extravertido" es un encargo que no le da a nadie un primer paso. Los componentes por separado, en cambio, se portan de maneras muy distintas: la sociabilidad es una preferencia y cambia de mala gana, mientras que la audacia social es en buena medida conducta ensayada y cede sorprendentemente rápido.

Javier, el del arranque, es la muestra. Se pone delante de la sala sin problema porque lleva ocho años dando charlas y tiene la estructura preparada. La conversación informal junto al café siguió siendo difícil porque nunca la practicó y no tiene ningún asidero. Si antes del evento preparara dos preguntas que se le puedan hacer a cualquiera, avanzaría más en una tarde que con el propósito anual de ser más abierto.

Unas cuantas cosas funcionan de forma fiable en los dos extremos de la escala:

  • ¿Tienes la audacia baja? Acuerda de antemano con alguien que apoye tu propuesta en la reunión. La aprobación ajena levanta el peso de tu frase antes de que el silencio la tire.
  • La sociabilidad baja no se arregla acudiendo a más eventos, sino quedándose menos rato en ellos. Una hora y marcharse sin disculparse funciona mejor que tres horas de desgaste y una semana de recuperación.
  • Con la audacia alta ayuda una sola regla: en cada debate, intervenir en segundo lugar. Sale a la luz cuántas cosas habría dicho otra persona si le hubieras dejado sitio.
  • La autoestima social no se mueve con discursos de ánimo. Se mueve con pruebas, es decir, apuntando después de cada encuentro qué te valoró alguien exactamente, porque la memoria borra primero esa clase de información.

Nuestro test HEXACO tiene 60 preguntas y lleva unos ocho minutos. Además de la extraversión evalúa los otros cinco factores, así que verás también si detrás de tu X baja hay más bien una necesidad de calma o una duda sobre tu propio sitio entre la gente.

Al margen de que hagas el test o no, existe una manera más simple de palpar tu X. Durante las próximas dos semanas, apunta después de cada situación social una única cosa: ¿te fuiste con más energía de la que traías o con menos? Añade cuánta gente había y si hablaste tú o escuchaste. Al cabo de catorce días, de esas notas caerá un patrón que ningún cuestionario describirá con más precisión: dónde te recargas, dónde te descargas y cuánto te cuesta la diferencia entre lo uno y lo otro.

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