Sin registro

Descubre en 5 minutos qué personalidad tienes y qué profesión encaja contigo

Descubre en 5 minutos qué personalidad tienes.

Listo en unos minutos · 21 tests en un solo lugar

Listo en unos minutos · 21 tests en un solo lugar

Inicio / Guías / Psicología y bienestar / Perfeccionismo y procrastinación: el miedo a fallar
Psicología y bienestar

Perfeccionismo y procrastinación: el miedo a fallar

¿Aplazas porque el resultado aún no es perfecto? Cómo el perfeccionismo alimenta la procrastinación y cómo salir del círculo vicioso.

Marta tiene la presentación terminada al ochenta por ciento. Faltan tres diapositivas y el resumen, y el plazo vence dentro de cinco días. Desde el lunes no ha abierto el archivo más de un minuto seguido. Cada vez mira el primer gráfico, piensa que podría quedar mejor y vuelve a cerrar el portátil.

Desde fuera parece pereza. Por dentro está ocurriendo otra cosa. Aplazar es una manera de aliviar una sensación incómoda, y en las personas meticulosas esa sensación suele ser muy concreta: el miedo a que el resultado no sea lo bastante bueno. Perfeccionismo y procrastinación no son, por tanto, dos problemas separados, sino a menudo dos caras del mismo.

La paradoja del meticuloso que aplaza

Si tuviéramos que adivinar quién aplaza más, la mayoría imaginaría a alguien a quien el trabajo le da igual. La realidad está en otro sitio. Entre quienes aplazan de forma crónica hay un número llamativo de personas para las que el trabajo bien hecho forma parte de su imagen de sí mismas. Les importa tanto que no consiguen empezar.

Javier reescribe por quinta vez un correo para un cliente. Primero le molestaba la frase de apertura, luego el saludo, después la impresión de que todo sonaba demasiado seco. El texto tiene seis frases y Javier lleva hora y media con él. Al final no lo envía, porque "por la mañana tendrá la cabeza más despejada". Por la mañana vuelve a él con la misma tensión.

Aquí llega la parte incómoda. Cuanto más altas son tus exigencias contigo mismo, más caro te sale cada intento. Un resultado mediocre no le cuesta nada a quien espera mediocridad de sí. Cuando esperas de ti un resultado excelente, cada primera versión imperfecta es una pequeña derrota. Y una derrota es más fácil de aplazar que de vivir.

La relación entre meticulosidad y aplazamiento suele ir en sentido contrario, y eso convierte a este grupo en un caso peculiar. No hablamos de gente sin disciplina. Hablamos de gente cuya disciplina trabaja en su contra: en lugar de empujarla hacia delante, la mantiene quieta hasta tener la certeza de que lo hará bien.

Lo reconoces por detalles que desde fuera no tienen sentido. El estudiante que se ha leído toda la bibliografía y no ha entregado el trabajo. El diseñador que tuvo una semana la propuesta acabada sin mandársela al cliente. La responsable de equipo que retrasa las evaluaciones porque quiere que la redacción sea exactamente la justa, para no herir a nadie sin necesidad. El trabajo suele estar hecho en gran parte. Falta el último paso, el que lo convierte en algo visible.

Un aplazamiento que protege la imagen propia

Para un perfeccionista, aplazar tiene una ventaja oculta. Mientras el trabajo no está terminado, tampoco es evaluable. Una presentación a medias no puede ser floja, un correo sin enviar no puede sonar ridículo. Así nace una barrera protectora tras la que esconderse: lo que se juzga no es la capacidad, sino el momento en que se hizo.

Cuando después el resultado escrito de madrugada no es brillante, tienes a mano una explicación que no duele. No fue cuestión de capacidad, faltó tiempo. Los psicólogos llaman a esta maniobra autosabotaje anticipado. Creamos por adelantado las condiciones en las que un posible fracaso no dice nada sobre nosotros.

A corto plazo funciona sorprendentemente bien. Fuschia Sirois y Tim Pychyl describieron en 2013 el aplazamiento como una reparación del estado de ánimo a corto plazo. En el instante en que apartamos la tarea, la tensión baja de verdad. El alivio es real, solo que tiene una caducidad muy corta y la factura llega después.

El plazo desempeña en este sistema un papel que pocos admiten. Es la única fuerza lo bastante grande para tapar el miedo. Cuando quedan diez horas para entregar, la pregunta "¿estará bien?" deja de importar, porque la desplaza otra: "¿estará?". Por eso muchos perfeccionistas trabajan a última hora. No por comodidad, sino porque solo la presión silencia al crítico interior.

Lo interesante es qué pasa cuando el trabajo aplazado sale bien al final. El éxito no trae el alivio que cabría esperar. Lo explicas por suerte o por la indulgencia de los demás, y el listón sube un poco más. La barrera protectora sigue en pie incluso cuando nada la amenaza.

Un círculo vicioso que se confirma solo

El mecanismo es incómodamente autosuficiente. El aplazamiento baja la tensión, pero recorta el tiempo. Menos tiempo significa un resultado peor del que eres capaz. Un resultado peor confirma el temor original de no estar a la altura. Y la próxima vez el miedo es un poco mayor.

Marta acaba la presentación el jueves por la noche. Los gráficos están en bruto, el cierre es improvisado. Los compañeros dicen que estuvo bien, pero ella sabe lo que tendría que haber puesto. Y sobre todo se confirma justo lo que temía: sin tiempo suficiente, nunca saldrá como debe. La próxima vez se pondrá aún más tarde.

Fíjate en esa lógica tan extraña. El círculo no se cierra porque el resultado sea objetivamente malo. Se cierra por cómo te lo explicas. La misma presentación, en alguien sin temores perfeccionistas, terminaría con un "lo importante es que está hecho", no con una prueba de la propia insuficiencia.

Las opiniones de los demás rara vez rompen el círculo, porque pasan por el mismo filtro. El elogio lo explicas diciendo que tus compañeros no vieron cómo debería haber quedado. La crítica la aceptas como confirmación de tus temores. En ambos casos, la vara de medir interna sigue intacta.

El precio de trabajar así, además, no se paga solo en la calidad de lo entregado. Se paga en las horas en las que ni trabajaste ni descansaste. Una tarde con el portátil abierto en la que no hiciste nada y tampoco te permitiste salir a la calle es el tipo de tiempo libre más caro que existe.

Las exigencias altas no son el enemigo

La psicología hace tiempo que no mide el perfeccionismo como un rasgo único. Dentro de él se distinguen, a grandes rasgos, dos componentes. De un lado están los estándares personales altos, es decir, las exigencias sobre la calidad del trabajo. Del otro, las preocupaciones perfeccionistas: miedo a los errores, dudas sobre el propio rendimiento y sensibilidad al juicio ajeno.

Un metaanálisis de Fuschia Sirois y colaboradores de 2017 mostró que con la procrastinación se relaciona precisamente ese segundo componente. Las preocupaciones perfeccionistas y el aplazamiento van de la mano. Los estándares altos por sí solos no, más bien al contrario. En ellos aparecía una relación levemente inversa, es decir, algo protectora.

Para mucha gente esto invierte lo esperado. El problema no es que quieras hacer un buen trabajo. El problema es lo que se te viene a la cabeza en el momento de sentarte a hacerlo: una mirada ajena que juzga. Si tuvieras que separar una cosa de la otra, ¿cuál suena más fuerte dentro de ti?

En la práctica, ambos componentes se reconocen por la pregunta que te haces ante la tarea. Los estándares altos preguntan "¿cómo lo hago mejor?". Las preocupaciones preguntan "¿y si resulta que no valgo para esto?". La primera pregunta te mantiene en la mesa, la segunda te expulsa de ella.

La diferencia también cambia qué hacer al respecto. Baja el listón es un consejo que los perfeccionistas escuchan a menudo y que suele ofenderlos, porque les quita algo de lo que se enorgullecen. Suele ser más eficaz dejar las exigencias donde están y meterse con el miedo.

Una parte de esos temores, además, no viene de dentro. La psicología distingue también un perfeccionismo que la persona percibe como una exigencia del entorno: la sensación de que la familia, la escuela o un jefe esperan de ella algo impecable y le pasarán factura por un error. Si esa expectativa es real no suele comprobarse nunca, porque nadie la formula en voz alta. Sobre la conducta actúa exactamente igual que la verdadera.

Cómo salir del círculo

Aquí no hay trucos de productividad ni una aplicación de planificación mejor. Se trata de cambiar lo que te pides al empezar. Y conviene notar una cosa: en el aplazamiento por miedo no funciona lo que más se les aconseja a quienes aplazan. Un régimen más duro, listas más largas y plazos más severos alimentan el temor, porque suben el precio del error. Lo que viene a continuación va en la dirección contraria.

El primer objetivo es un borrador tosco

El encargo "escribir la presentación" es una trampa, porque incluye un añadido tácito: "y que quede bien". Ponte otro encargo distinto: fabricar a propósito una primera versión fea. Titulares provisionales, una tabla sin formato, una conclusión de una sola frase. La idea es tener algo de donde quitar, no acertar a la primera.

Separa crear de pulir

Cuando escribes y corriges a la vez, en la cabeza corren dos modos que se estorban. Uno necesita libertad, el otro severidad. Reserva a cada uno su momento: por la mañana nace el material, por la tarde se interviene en él. Ese corte tan simple le habría ahorrado a Javier cuatro versiones del correo.

Define "suficientemente bueno" de antemano

Antes de empezar, escribe en una frase qué tiene que cumplirse para dar la tarea por terminada. Tres argumentos, una tabla, dos páginas. En cuanto el criterio sale de tu cabeza y aterriza en el papel, deja de estirarse solo mientras trabajas, que es por lo demás su costumbre favorita.

Reduce el paso hasta que resulte ridículo

Los temores crecen con el tamaño del paso. Quince minutos para una diapositiva es un encargo en el que resulta prácticamente imposible fracasar de forma llamativa. Si la tarea te sigue pareciendo inasumible, no busques más determinación. Acorta el paso hasta que te parezca casi vergonzosamente pequeño.

Planifica un error

Suena raro, pero funciona como una exposición suave. Envía el correo tras la segunda revisión en lugar de la quinta. Deja en el documento un detalle que no va a matar a nadie. Verás cuán real es esa catástrofe que te anuncia el cerebro. En la mayoría de los casos, nadie se da cuenta de nada.

Dónde seguir leyendo

El perfeccionismo no se manifiesta solo en forma de aplazamiento. A veces lleva al extremo contrario, al exceso de trabajo y al retoque interminable de detalles de los que ya nadie más se entera. Una mirada más amplia a cuándo ayuda y cuándo estorba la ofrece el texto sobre el perfeccionismo, don o condena.

La segunda cuestión es si el miedo al error es de verdad tu principal fuente de aplazamiento. Junto a las preocupaciones están también el aburrimiento y el rechazo a la tarea, y luego la impulsividad con la distracción. Cada uno responde a un enfoque distinto, y el panorama está en el artículo sobre los tipos de procrastinación.

Quien quiera una respuesta más concreta que su propia intuición puede hacer el test de procrastinación. Tiene 21 preguntas, lleva unos tres minutos y muestra con qué fuerza aparece en ti cada una de las tres fuentes. No es un diagnóstico, sino un material para el autoconocimiento. Y la diferencia entre aplazar por aburrimiento y aplazar por miedo al error cambia lo que tiene sentido probar primero.

Test recomendado

Prueba el Test de procrastinación

Descubre más sobre ti - el test es gratuito y obtienes los resultados al instante.

Empezar test

Más artículos en Psicología y bienestar

Usamos cookies

Las cookies necesarias se encargan del inicio de sesión y los pagos. Con tu consentimiento también medimos el tráfico para saber qué mejorar. Política de privacidad