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Relaciones y comunicación

Humor al ligar: por qué atrae tanto la gracia

“Busco a alguien con quien reírme” significa dos cosas distintas. Qué buscan ellas y ellos, por qué el chiste preparado se nota y qué delata tu estilo.

"Busco a alguien con quien reírme." Abre veinte perfiles en cualquier aplicación de citas y encontrarás esa frase, o una variante, en casi uno de cada dos. El sentido del humor lleva años en la parte alta de las encuestas sobre preferencias de pareja, tranquilamente por encima de los estudios, la altura y las aficiones compartidas.

El problema es que esa frase no dice casi nada. Dos personas pueden escribirla en su perfil, quedar un martes para tomar algo y descubrir una hora después que una esperaba a alguien que contara historias y la otra a alguien que se riera de las suyas. Se llama igual y es un pedido completamente distinto.

Dos cosas distintas bajo una misma palabra

Los psicólogos canadienses Eric Bressler y Sigal Balshine hicieron en 2006 algo que suena banal y que aun así cambió los resultados: dividieron el humor en la elección de pareja en producción y en apreciación. Es decir, en la capacidad de soltar algo gracioso y en la disposición a reírse del otro. Medidas por separado, resultó que no se buscan por igual.

La diferencia coincidía en sus datos en parte con el sexo. Ellas se fijaban más en quién produce el humor; ellos valoraban más a una pareja que se ríe del suyo. Una media de un estudio no es una guía para una noche concreta, y la dispersión dentro de los dos grupos es enorme, así que tómalo como contorno orientativo y no como regla.

La consecuencia práctica es más incómoda de lo que parece. Cuando después de una cita los dos apuntáis que el otro "tiene sentido del humor", eso puede significar sintonía. O puede significar que uno ha actuado toda la noche y el otro ha aplaudido, y a ninguno de los dos tiene por qué encajarle ese papel a largo plazo.

Por qué la gracia atrae tanto lo sugiere otra investigación. Gil Greengross y Geoffrey Miller pidieron en 2011 a unos cuatrocientos estudiantes que inventaran respuestas graciosas y las compararon con pruebas de aptitud. Quien lograba respuestas graciosas puntuaba más alto en inteligencia general y sobre todo verbal. Desde ese ángulo, un chiste es una señal cara: hacerlo bajo presión, en tiempo real y a propósito, no se aprende de memoria.

En la primera cita no deciden los chistes

Robert Provine pasó años escuchando con un equipo dónde y por qué ríe la gente de verdad. En su libro Laughter, de 2000, describió dos cosas que desmontan la idea de la risa como premio por un chiste. Primero: la risa es unas treinta veces más probable en compañía que a solas. Segundo: la inmensa mayoría de la risa no llega tras chistes, sino tras frases del todo corrientes del tipo "¿y dónde lo has dejado?".

La risa es, entonces, sobre todo una señal social y no una nota por actuar. En una cita no estás calificando lo buen cómico que tienes enfrente. Estás averiguando si los dos dais con el mismo ritmo.

Laura Kurtz y Sara Algoe observaron en 2015 a parejas en una conversación normal y midieron cuánto tiempo pasaban riéndose juntas. Las parejas que se reían más juntas declaraban una relación de mejor calidad. Qué es aquí causa y qué consecuencia no se deduce de ahí, pero como indicador de sintonía funciona bien ya en el primer encuentro.

¿Te acuerdas de la última cita de la que saliste con buena sensación? Intenta recordar de qué te reíste exactamente. A la mayoría le vuelve un ambiente y no una frase, y justo ahí está toda la diferencia entre sintonizar y actuar.

De ahí sale también una noticia incómoda para quien se prepara antes de una cita. La anécdota traída de casa se nota: otra construcción, otro ritmo y, sobre todo, ninguna respuesta a lo dicho justo antes. El chiste que nace de la situación en la mesa es más flojo como chiste y más fuerte como señal, porque demuestra que esa persona escuchaba.

En las aplicaciones, además, la mayor parte de la primera impresión ocurre por escrito, y ahí el humor pierde la mitad de sus herramientas. Faltan el tono, el ritmo y la cara, así que un comentario seco parece un insulto en la pantalla y una exageración parece una mentira. La gente lo remienda de forma intuitiva con un emoji o con un "jaja", que en el fondo son instrucciones sobre cómo leer la frase. Quien las omite y confía en que ya se entenderá pierde citas antes de concertarlas.

El estilo delata más que una frase suelta

La investigación de Rod Martin de 2003 repartió el humor en dos ejes independientes: si es amable o afilado y si apunta hacia fuera, a los demás, o hacia dentro, a ti. De ahí salieron cuatro estilos que se combinan libremente en una misma persona y que desglosa en detalle el repaso de los cuatro estilos de humor. En una cita de las primeras cada uno se comporta de otra manera, porque falta lo principal que sostiene el humor entre gente cercana: una historia compartida.

Estilo Cómo se ve en una cita Qué se lleva el otro
Unificador (afiliativo en la literatura) Bromea contigo, no sobre ti. Del metro que no llega hace una historia común y la conversación arranca sola. Seguridad y ligereza. A la vez no te enteras de casi nada sobre cómo es su día malo.
Reconfortante Comenta el absurdo de la situación con distancia seca. El café derramado no lo descoloca, más bien lo divierte. Da sensación de equilibrio y aplomo. A veces tanta que cuesta adivinar qué se toma en serio.
Mordaz Pincha, comenta, le suelta algo al camarero, a los tiempos que corren o directamente a ti. La señal más difícil de leer de todas. Sin historia compartida no hay forma de saber si es acercamiento o prueba.
Autoburlón Ocupa la diana por su cuenta. La mejor historia de la noche es aquella en la que queda como un tonto. Desarme inmediato, contigo baja la tensión. La pregunta es si tiene también otros registros.

El humor mordaz en una primera cita no es la bandera roja que suele decirse. Es el estilo más difícil de leer, porque pinchar entre gente cercana funciona como muestra de confianza y esa confianza no se fabrica en noventa minutos. La diferencia entre "te pincho porque me caes bien" y "estoy probando cuánto aguantas" la nota el otro sobre todo por dónde apunta el filo: al absurdo de la situación, a terceros ausentes o siempre a una persona concreta de la mesa.

La autoburla tiene el problema contrario. Desarma de inmediato y en las primeras citas está entre las maneras más eficaces de bajar la tensión. Conviene añadir una nota honesta: es precisamente el estilo autoburlón el que en los datos de Martin aparece asociado a un peor bienestar, y eso en personas para quienes se convierte en la posición por defecto, no en cualquiera que alguna vez se ría de sí mismo. Diagnosticar eso en una cita no se puede y tampoco es tu trabajo. Merece más atención si maneja otros registros o si es la única diana toda la noche.

Ninguno de estos estilos es una sentencia sobre el carácter. Son costumbres asentadas, formadas en uno en la pandilla del instituto y sin cambios desde entonces, y en otro en una familia donde de las cosas serias solo se hablaba en tono exagerado. Se leen como información sobre el contexto del que viene alguien, no como una nota.

Cuando dos registros se cruzan sin tocarse

Miguel comenta seco y con cara de piedra. Lucía se toma las cosas al pie de la letra y está acostumbrada a hacerlo, porque en su casa la ironía no se cultivaba mucho. En la segunda cita la cocina tardó una hora en sacarles nada y Miguel comentó que justo por eso no había comido al mediodía. Lucía empezó a disculparse, que debería haberlo dicho antes y que podrían haber ido a otro sitio.

Tres segundos de silencio en los que los dos sabían que algo se había torcido y ninguno tenía idea de qué. Miguel se llevó que ella no le entiende. Lucía se llevó que él se ríe de ella y no sabe por qué. Y no era un choque de caracteres, solo un código que faltaba.

La ironía se apoya en el acuerdo de que el contenido de la frase no va en serio, y ese acuerdo hay que señalizarlo de algún modo. Entre gente que se conoce desde hace años lo llevan el tono, una media sonrisa o sencillamente la costumbre. Con un desconocido no hay de dónde leerlo, así que el irónico de cara impasible emite al vacío y se extraña de que no cuaje.

También pueden encontrarse dos personas con el problema inverso, cuando están en la misma onda incluso de más. Dos comentaristas mordaces disfrutan las tres primeras citas como un tiroteo y solo medio año después ven que nunca se han dicho nada serio, porque cada intento lo tumbaba alguno con un remate. Un registro sincronizado es una ventaja mientras os conocéis, no una garantía para los años siguientes.

La solución suele ser más aburrida de lo esperado: la señal se puede subir de volumen y a la otra parte se le puede enseñar a leerla. Miguel puede añadir el primer mes medio segundo de contacto visual después de un comentario seco, y Lucía puede aprender que con él conviene esperar una respiración antes de la lectura literal. Si ese reajuste merece la pena y cuánto dura lo desarrolla el texto sobre cómo funciona el humor en la pareja pasados los primeros meses. Los estilos distintos son en las parejas de largo recorrido más la regla que la excepción.

El registro se puede ampliar, la gracia no de un día para otro

La respuesta honesta a la pregunta "¿se puede hacer algo con esto?" tiene dos partes y solo una te va a gustar. La gracia como capacidad de construir remates bajo presión se apoya en buena medida en cosas que no cambian en un mes: la velocidad de pensamiento y el vocabulario. Trabajarse se puede, pero en años y no para el sábado.

La segunda parte es más aprovechable. El registro, el abanico de posiciones a las que sabes recurrir, se amplía, y bastante rápido. Quien solo sabe pinchar puede aprender a contar. Quien solo sabe rebajarse puede probar qué se siente al soltar el propio entusiasmo sin una disculpa al final. Los ejercicios concretos y los mitos que los rodean los repasa el artículo sobre cómo ser gracioso cuando no te sale solo.

Lo que más ayuda es una habilidad muy distinta de inventar frases: fijarte en de qué se ríe el otro. Su registro lo reconoces en veinte minutos y es información más barata que cualquier cosa que cuente sobre sí. Dónde estás tú en esos dos ejes y qué llevas contigo a las primeras citas lo apunta el breve test de estilos de humor.

En la próxima cita intenta fijarte en una sola cosa: quién se ríe primero y si el otro se suma o espera. Ese detalle sobre el reparto de papeles dice a menudo más que una hora entera de conversación. Y si esa noche no os reís ni una vez, no tiene por qué significar que uno de los dos no tenga gracia. Bastante a menudo significa solo que cada uno estaba esperando el otro papel.

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