Sin registro

Descubre en 5 minutos qué personalidad tienes y qué profesión encaja contigo

Descubre en 5 minutos qué personalidad tienes.

Listo en unos minutos · 24 tests en un solo lugar

Listo en unos minutos · 24 tests en un solo lugar

Inicio / Guías / Psicología y bienestar / Síndrome del impostor y perfeccionismo: un círculo que se cierra
Psicología y bienestar

Síndrome del impostor y perfeccionismo: un círculo que se cierra

Encargo, tensión, noches enteras, éxito, alivio corto y el listón más alto. Cómo se enlazan perfeccionismo y síndrome del impostor y dónde cortar.

Sergio reescribió la presentación por quinta vez. Cerró la última versión a la una de la madrugada, la expuso por la mañana y el director dijo al terminar que era justo lo que hacía falta. Sergio dio las gracias y, camino de la comida, siguió repasando la diapositiva siete, la que debería haber llevado otro gráfico.

Por la tarde se apuntó en el calendario que la próxima vez tiene que reservarse más tiempo. No porque la presentación hubiera salido mal, sino porque salió bien y no sabía explicárselo de otra forma que con esas cinco versiones.

Aquí se encuentran dos cosas que por separado conoce casi todo el mundo: unas exigencias imposibles de cumplir y una duda callada sobre si estás a la altura. Juntas no forman una suma, sino un círculo. Y ese círculo se cierra precisamente cuando la cosa sale bien.

El círculo que se cierra solo

La sensación de ocupar un lugar que no te corresponde la describieron las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes en 1978. Clance añadió más tarde una secuencia que las personas con este patrón repiten cada vez desde el principio. No es un diagnóstico ni un trastorno, sino más bien un sendero pisado por el que los pensamientos caminan porque ya lo han caminado muchas veces.

Fase Qué ocurre La frase en la cabeza
Encargo Llega una tarea cuyo resultado va a valorar alguien. "Aquí se va a ver cómo estoy de verdad."
Tensión Antes de empezar aparece la duda, no sobre la tarea, sino sobre ti. "¿Y si esta vez no doy la talla?"
Reacción O preparación muy por encima de lo necesario, o aplazamiento hasta el plazo límite. "Mejor lo repaso otra vez."
Resultado Normalmente bueno, a menudo mejor de lo que esperaban los demás. "Ha colado."
Alivio corto La tensión baja, pero aguanta horas, no semanas. "Menos mal, ya lo tengo hecho."
Explicación El éxito se atribuye al esfuerzo, al momento o a la benevolencia de los demás. "Salió porque lo reescribí cinco veces."

Lo raro está en la última fila. El círculo no gira por los fracasos, sino a pesar de los éxitos, porque cada vuelta termina en un buen resultado y aun así no demuestra nada. En la fase final el mérito se traspasa a otro sitio, así que en la cuenta de las capacidades no se anota nunca nada y el siguiente encargo te pilla en la misma línea de salida.

Lo inesperado es a quién le pasa. Un impostor de verdad no tiene este círculo: su miedo a que lo descubran es concreto y práctico, no le llega a la una de la madrugada delante de un trabajo terminado. Aparece, al revés, en gente que acumula resultados, y cuantos más hay, más cosas quedan por explicar. Un ascenso o un elogio rara vez suavizan la duda: sobre todo suben el número de cosas que justificar.

La extensión del fenómeno se estima de formas muy distintas. Una revisión sistemática de 62 estudios (Bravata y colaboradores, 2020) encontró cifras del nueve al ochenta y dos por ciento según a quién preguntaran los autores y con qué midieran, así que no hay un dato universal con el que trabajar. Lo seguro es que se trata de un patrón común y que se agarra a la gente que tiene resultados a sus espaldas.

Por dónde entra el perfeccionismo en el círculo

El perfeccionismo no es un rasgo único y la psicología hace tiempo que dejó de medirlo como una sola magnitud. De un lado están los estándares personales altos, es decir, la exigencia de calidad en el trabajo que entregas. Del otro, las preocupaciones perfeccionistas: el miedo al error, la duda sobre el propio rendimiento y la sensibilidad a cómo queda el resultado a ojos ajenos. Una mirada amplia a las dos partes la ofrece el texto sobre cuándo el perfeccionismo es un don y cuándo una condena.

En el círculo descrito entra sobre todo esa segunda parte, y entra dos veces: al principio, cuando sube el listón tan alto que no se alcanza ni en un día excelente, y al final, donde decide cómo se va a leer la cosa terminada.

El reparto de tareas entre ambos es bastante exacto. El perfeccionismo fija dónde está el listón. La duda sobre uno mismo fija qué significa que lo hayas superado. Sin esa duda, un éxito seguiría siendo un éxito, solo que alcanzado con exigencias mayores que las de los demás.

El final del círculo tiene además tres formas distintas, según hacia dónde se desvíe el mérito. Hay quien siente que sus capacidades reales son menores de lo que parecen desde fuera y se prepara con margen para que no se note. A otra persona el éxito no le queda en la cuenta, porque lo rebaja al instante y mueve el listón. Y hay quien ve detrás del resultado unas circunstancias favorables, un buen momento o un tribunal blando. Técnicamente se habla de sensación de impostura, desvalorización del éxito y azar y circunstancias: tres fuentes del mismo patrón que desmenuza con más detalle el texto sobre qué es el síndrome del impostor.

Machacarse o aplazar

La reacción a la tensión en la tercera fase tiene dos variantes habituales y desde fuera parecen justo lo contrario. Por dentro hacen lo mismo.

Sergio pertenece a la primera. El tiempo de más le da sensación de control, así que las versiones se acumulan hasta que se acaba el plazo. El trabajo que entrega suele ser bueno, pero su precio sube, y con él la explicación de por qué eso no demuestra nada sobre sus capacidades. Cuando la preparación se convierte además en un seguro contra el descubrimiento, se acerca la frontera tras la cual esto ya no es cansancio, sino agotamiento. A cómo ese seguro se transforma en un camino hacia el desgaste, y dónde pararlo antes, se dedica el texto sobre el síndrome del impostor y el burnout.

Elena pertenece a la segunda. Abre el encargo, mira el primer párrafo, se le ocurre que así no lo puede entregar y cierra el archivo. Se pone a trabajar cuando quedan tan pocas horas que ya no hay sitio para preocuparse por la calidad y lo único que se decide es si habrá resultado. El aplazamiento, de paso, fabrica una protección, porque una cosa sin terminar no se puede juzgar. El vínculo entre las exigencias altas y el ir dejándolo lo desmenuza el texto sobre perfeccionismo y procrastinación.

Nadie pertenece para siempre a una variante: Sergio también aplaza, solo que con las cosas que nadie va a ver, y Elena se preparó tres semanas seguidas para la defensa de su trabajo final. Suele decidirlo cuánto hay en juego. Los dos caminos, en todo caso, terminan en la misma explicación: el éxito atribuido a cinco versiones o a la presión de las últimas horas, y nada en la mano que apuntarse a las propias capacidades.

Por qué un noventa y cinco por ciento a uno le sabe a poco y al otro le sirve de prueba

Imagina un trabajo terminado que objetivamente sacaría noventa y cinco puntos sobre cien. Con las preocupaciones perfeccionistas, la atención se va de inmediato a los cinco que faltan. No es modestia ni ganas de mejorar: es que la cosa terminada tiene un defecto y el defecto le gana al resto.

Con el patrón del impostor pasa además otra cosa. Ese cinco por ciento no es una carencia del trabajo, sino un documento sobre tu persona: aquí se ve cómo es esto de verdad. Y el noventa y cinco restante no es la prueba contraria, porque esa parte se explica por la preparación, por el tiempo o porque el encargo te venía bien. Una parte del resultado habla de ti, la otra de las circunstancias.

Esa asimetría mantiene el círculo en marcha con más fiabilidad que cualquier error. Un error se podría corregir. Una explicación en la que todo buen resultado se desvía a otro sitio y todo mal resultado se queda contigo, no: no afecta al trabajo, sino a la manera de contarlo.

Hay que decir con honestidad que las exigencias altas por sí solas no son el problema. El calculista que repasa la carga por tercera vez, o la correctora que encuentra la errata en la última página, hacen su trabajo exactamente como se hace. La diferencia no la marca la altura del listón, sino lo que ocurre después de superarlo: si te apuntas el resultado o lo desvías enseguida.

Una pregunta directa: ¿cuándo entregaste algo por última vez con la sensación de que estaba terminado? No con el alivio de que ya era tarde para retoques, sino con la calma de que esto es lo que es. Si no recuerdas un momento así en el último medio año, no es motivo de alarma, pero es un dato con el que trabajar.

Dónde interrumpir el círculo

El consejo de bajar el listón suena lógico y casi nunca funciona, porque quita algo de lo que la persona se enorgullece. Suele ser más eficaz dejar las exigencias en paz e intervenir en las fases del círculo donde se decide la interpretación.

Un tope para la preparación

Decide de antemano cuánto tiempo le das a la tarea y, cuando se agote, termina al margen de lo que sientas. El trabajo de más ya no suele subir la calidad, solo calla la tensión un rato y de paso le enseña a volver la próxima vez. Resulta incómodo unas dos veces, después uno se acostumbra. En la variante del aplazamiento el mismo tope funciona al revés: un comienzo fijado en firme en lugar de un final.

Escribe tu "suficientemente bueno" mientras estás tranquilo

Antes de ponerte, anota en una frase qué tiene que cumplirse para que la tarea esté terminada. Tres argumentos, una tabla, diez diapositivas. Un criterio escrito de antemano no se estira durante el trabajo, mientras que uno guardado en la cabeza se estira casi siempre, y justo tanto como tiempo quede.

Apúntale al resultado el camino

A cada cosa terminada añádele tres pasos que llevaron hasta ella: cuántas versiones, qué tuviste que resolver, qué decidiste. Un resultado acabado parece sencillo incluso a quien lo hizo, porque el camino hasta él no se ve. Con el camino escrito, la frase "no tenía nada difícil" no aguanta delante de tus propios ojos.

La cuarta cosa no es una técnica, sino una conversación. Una duda dicha en voz alta se encoge, una callada crece, y casi siempre se descubre que lo mismo le pasa a quien tenías por el seguro de sí mismo. Otros procedimientos, dirigidos directamente a cada fuente de duda, los reúne el texto sobre cómo superar el síndrome del impostor.

Si te interesa cuál de las tres fuentes habla más fuerte en tu caso, una imagen orientativa la da el test del síndrome del impostor. Tiene veintiuna preguntas y ocupa unos minutos. No es un diagnóstico, solo material para observarte. La diferencia entre "tengo miedo de que se me note" y "el éxito nunca se me anota" cambia, eso sí, lo que tiene sentido probar primero.

Medio año después, Sergio se reserva para una presentación dos versiones y una tarde, no cinco versiones y tres noches. La diapositiva siete sigue quedando un poco distinta de lo que él querría. La diferencia es que ahora eso lo dice de la diapositiva, no de sí mismo.

Test recomendado

Prueba el Test del síndrome del impostor

¿Tu éxito te pertenece? La puntuación global, tu franja y la fuente principal de dudas.

Empezar test

Más artículos en Psicología y bienestar

Usamos cookies

Las cookies necesarias se encargan del inicio de sesión y los pagos. Con tu consentimiento también medimos el tráfico para saber qué mejorar. Política de privacidad