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Psicología y bienestar

Síndrome del impostor en estudiantes: "entré por error"

Primer semestre y todos parecen más listos. Por qué el síndrome del impostor crece en la universidad, a quién golpea más y qué ayuda de verdad.

Marta está sentada en la sexta fila de su primera clase de análisis matemático. Alguien de las primeras filas pregunta por un teorema del que ella no ha oído hablar nunca, el profesor asiente, dice que es una buena pregunta y sigue. Marta copia la pregunta entera, porque no entiende ni la mitad de las palabras. Terminó el bachillerato con matrícula de honor. Veinte minutos después piensa por primera vez que en la admisión tuvo que haber un error.

Esa sensación tiene nombre. Las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes describieron en 1978 un estado en el que una persona con resultados demostrables cree por dentro que no merece su sitio y que tarde o temprano se va a descubrir. No es una enfermedad ni un trastorno y no lo vas a encontrar en las clasificaciones de trastornos mentales; el patrón completo lo desmenuza el texto sobre qué es el síndrome del impostor. La universidad es un entorno que le viene casi perfecto.

El mejor de la clase entre los mejores

Lo primero que hace la universidad es cambiarte el grupo de comparación. En el instituto quizá eras quien pillaba la materia primero y a quien los demás escribían la noche antes del examen. En el aula hay doscientas personas que en sus institutos fueron exactamente eso, y la media se desplaza hasta donde antes estaba tu récord personal.

El psicólogo australiano Herbert Marsh describe desde los años ochenta un fenómeno que se conoce como efecto del pez grande en el estanque pequeño. Estudiantes de capacidad parecida tienen peor opinión de sí mismos en un centro académicamente fuerte que en uno medio, porque se miden con quien se sienta al lado y no con la población entera. La capacidad sigue siendo la misma. Lo que ha cambiado es el estanque.

Para eso nadie prepara a nadie, porque desde fuera parece un paso hacia arriba. Entrar en una carrera exigente es una buena noticia y a la vez la entrada a un grupo donde pasarás la mitad del tiempo por debajo de la media, aunque estés en el mejor uno por ciento del país. La diferencia entre "soy peor de lo que creía" y "estoy rodeada de gente mejor" es importante, y en el primer semestre resulta casi imposible de ver.

Cuántos estudiantes conocen esa sensación no se sabe con exactitud. La revisión de Dinah Bravata y sus colegas de 2020 repasó 62 estudios y reunió estimaciones de prevalencia del 9 al 82 por ciento, según a quién se preguntara y con qué se midiera. Buena parte de esos estudios se hicieron precisamente con estudiantes. El rango parece una debilidad de la investigación, y lo es, pero es más honesto que cualquier cifra redonda.

Lo incómodo del patrón es que el éxito no lo cura. Más bien al revés. Cada examen aprobado, cada beca y cada invitación a un grupo de investigación sube lo que el entorno espera de ti, y con ello la altura desde la que caer. Un estudiante que termina primero de carrera tiene, por tanto, más pruebas de su capacidad y más miedo a que la próxima vez se note.

Una nota no te dice cómo vas

El trabajo tiene una propiedad que la universidad no tiene: allí alguien ve sobre la marcha lo que haces. Un compañero espera tu parte, un cliente responde o no responde. En los estudios faltan esas señales, y lo que las sustituye llega comprimido en dos semanas al final del cuatrimestre.

Álvaro entregó un trabajo de clase y, tres semanas después, en el campus virtual le apareció un 7,5 y nada más. Ninguna frase sobre qué estaba bien, qué flojeaba y si era un trabajo por encima de la media o uno que acertó con lo que pedía el enunciado. Una nota es una valoración, pero casi ninguna información. La duda coge del hueco vacío lo que necesita: el 7,5 significa que se han dado cuenta.

En un examen oral en el que caen dos preguntas de cuarenta se asienta fácil la explicación de que acertaste con lo que te sabías. Que estudiaste las cuarenta no cabe ahí. La corrección anónima, los créditos y los puntos convierten la carrera en una serie de resultados sin relato, y el relato se lo escribe cada uno por su cuenta. El propio suele salir más duro que la realidad.

Cuando en casa nadie ha ido a la universidad

Kevin Cokley y su equipo estudiaron en 2013 cómo se comporta la sensación de impostura entre universitarios de grupos minoritarios y desfavorecidos. Les salió que se relacionaba con el malestar psicológico más que el propio estrés por la condición de minoría. La sensación de no pertenecer pesaba más que las circunstancias que la habían provocado.

El caso más claro es el de quienes son los primeros de su familia en llegar a la universidad. No les faltan capacidades, les falta el mapa. Nadie les ha dicho en casa que a las tutorías se va también con el trabajo a medias, que con el profesor se puede pactar otra fecha y que el compañero que habla con seguridad de metodología se leyó esas palabras una semana antes.

No conocer las reglas no escritas no se lee desde dentro como no conocer las reglas. Se lee como una prueba de que uno no es de aquí. Y como entre estudiantes casi no se habla de esto, cada uno cree que es el único de su promoción que anda perdido.

El doctorado y un campo que no termina en ninguna parte

En el doctorado la sensación no suele encogerse, solo cambia de forma. Quien hace el grado tiene una guía docente con una lista finita de lo que debe saber. Quien hace la tesis tiene un campo sin ninguna lista así: cuanto más lee, más larga es la lista de lo que aún no ha leído.

La frase "todavía no sé lo suficiente" no describe entonces a una persona en el entorno académico, sino a una situación. No es un rasgo de carácter ni una clase de personalidad, es la consecuencia inevitable de moverse en un terreno sin bordes. La diferencia está en lo que cada cual se lleva de ahí. Uno lo lee como la tarea del año que viene, otra como la prueba de que no da la talla.

La defensa concentra después todo ese estado en noventa minutos. Estás delante de gente que sobre tu tema sabe más, o al menos más de algo vecino, y la única pregunta que no sabes responder se reescribe en tu cabeza como un veredicto sobre tu valía. La lectura más útil es más aburrida: el tribunal pregunta justo por lo que no está en la tesis, porque buscar agujeros es la descripción de su trabajo.

Tres fuentes de duda y cómo se ven en los estudios

Las dudas sobre uno mismo no tienen la misma raíz en todo el mundo, y conviene saberlo a la hora de buscar qué hacer con ellas. Se reparten en tres fuentes que en una misma persona suelen coincidir y se distinguen sobre todo por su intensidad.

Fuente de duda Cómo se ve en los estudios Qué se esconde detrás
Sensación de impostura En clase te callas aunque sepas la respuesta. Formulas la pregunta en tu cabeza hasta que la hace otra persona. El supuesto callado de que tus conocimientos reales son menores de lo que parecen desde fuera.
Desvalorización del éxito Un sobresaliente en la defensa es un tribunal blando, el elogio del director es cortesía, una buena nota es lo normal. El listón sube después de cada meta cumplida, así que al éxito no le da tiempo a contarse.
Azar y circunstancias En el examen acertaste con el tema, entraste en una promoción más floja, el enunciado del trabajo final te venía de perlas. El mérito se muda hacia fuera, así que dentro no se apunta nunca nada duradero.

La manifestación más visible suele ser el aplazamiento. Un trabajo donde se juzga tu cabeza se abre peor que uno donde solo cuentan las horas, porque mientras no has empezado no puedes fracasar. Por qué los estudios favorecen tanto ese aplazamiento lo desmenuza un texto aparte sobre la procrastinación en estudiantes.

La segunda manifestación es exactamente la contraria y por fuera parece una virtud. Antes del examen estudias tres días más allá de lo que tiene sentido, porque la preparación extra funciona como seguro contra el descubrimiento. Cuando lo apruebas, se lo atribuyes a la preparación y no a ti, y la próxima vez añades otro día. Ese círculo cerrado lo desmonta el texto sobre el síndrome del impostor y el perfeccionismo.

Y luego está el silencio en clase. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste en voz alta una pregunta que te parecía tonta? La mayoría no se acuerda, y el resultado es un estado curioso de todo el grupo: veinte personas callan, cada una cree que es la única que calla por ignorancia y lee el silencio de las demás como prueba de que lo entienden.

Qué se puede hacer durante el cuatrimestre

El paso más barato es decirlo en voz alta. Clance e Imes trabajaron esa sensación en grupos precisamente porque dentro de una sola cabeza no se puede rebatir; en cuanto tres personas seguidas la dicen en la mesa del comedor, pierde gran parte de su peso. Descubrir que también la tiene quien te parecía el más seguro de la promoción hace más que diez argumentos propios.

Lo segundo es cambiar la vara de medir. Compararte con un compañero de otro instituto, con otro bagaje de idiomas y un año más de práctica en el campo no da información aprovechable. Sí la da compararte contigo mismo hace un año: con lo que entonces no eras capaz de leer, escribir ni preguntar.

Lo tercero es pedir activamente lo que la universidad no entrega sola. La pregunta "qué debería hacer distinto en el próximo trabajo", hecha al profesor tras entregar, cuesta dos minutos y trae una información que la nota no contiene. La duda no se alimenta de crítica, sino de vacío: donde no hay nada concreto, la cabeza mete su propia versión, general y despiadada a la vez.

A esto le vienen bien unos detalles que se pueden implantar esta semana:

  • Ve a tutorías con el trabajo a medio hacer, no con el trabajo terminado. El profesor ve así el proceso y tú recibes respuesta antes de enamorarte de tu propio texto.
  • Después de cada examen apunta una frase sobre lo que hiciste para ese resultado. En dos cuatrimestres tendrás una lista con la que se puede discutir.
  • Haz tu pregunta en la primera mitad de la clase. Cuanto más esperas, más grande parece.
  • Dar clase a alguien de un curso inferior es la forma más rápida de ver la distancia entre tu yo del año pasado y el de ahora.

Si te interesa cuál de las tres fuentes predomina en tu caso, se puede orientar rápido. El test del síndrome del impostor tiene 21 preguntas, ocupa unos minutos y, además del nivel general de duda, muestra de dónde sale. Es una herramienta de autoconocimiento y no un diagnóstico, y cualquier comparación con los demás es orientativa.

Los métodos concretos cambian bastante según la fuente. A uno le ayuda ponerle un techo al tiempo de preparación, a otra aceptar un elogio sin añadir coletillas, y a un tercero desglosar su último éxito en los pasos que dio de verdad. Qué funciona con qué lo desmenuza el texto sobre cómo superar el síndrome del impostor.

Marta hizo la pregunta de aquella primera clase ya en tercero, porque hasta entonces la tomaba por una prueba de su propia ignorancia. El compañero que la hizo aquel día le contó que había leído el término la víspera en un artículo que no entendía. Preguntaba justamente para averiguarlo.

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