A los cuatro meses un bebé todavía no sabe sentarse y, sin embargo, ya se puede intuir bastante sobre qué clase de escolar será. Jerome Kagan, en Harvard, desde los años ochenta les ponía a los bebés sonidos desconocidos y les enseñaba objetos extraños. Aproximadamente una quinta parte reaccionaba con brusquedad: pataleaba, se arqueaba y rompía a llorar. Cuando volvió a ver a esos mismos niños muchos años después, de ese grupo salía la mayoría de quienes en una compañía nueva se quedaban pegados a la pared y observaban la situación desde una distancia segura antes de acercarse.
Kagan lo llamó inhibición conductual y con ello demostró algo que los padres del segundo hijo suelen descubrir por su cuenta. La tendencia a reaccionar rápido o con prudencia, en voz alta o en silencio, existe antes de que empiece la educación. No significa un destino, porque de un bebé prudente no crece automáticamente un adulto tímido, pero sí significa una configuración de partida con la que se puede trabajar mejor que en contra.
Nueve cualidades y tres tipos de niños
El mapa más detallado de esta zona lo dibujaron Alexander Thomas y Stella Chess. Su estudio longitudinal de Nueva York empezó en 1956, siguió a los niños desde los primeros meses de vida hasta la edad adulta y se apoya en entrevistas con los padres sobre cosas absolutamente corrientes: cómo come el niño, cómo se duerme, qué hace con un juguete nuevo o con un desconocido en la puerta.
De ahí surgieron nueve dimensiones del temperamento. Entre ellas están el nivel de actividad, la regularidad de los ritmos corporales, la reacción ante una situación nueva, la adaptabilidad, la intensidad de las reacciones, el umbral de sensibilidad a los estímulos, el estado de ánimo predominante, la persistencia y el grado de distracción. Cada una es una escala, no un compartimento, y la mayoría de los niños las tiene mezcladas: uno se duerme como un reloj y a la vez se sobresalta con cada timbre.
Cuando los autores buscaron si esas dimensiones formaban grupos, les salieron tres retratos que desde entonces conoce casi cualquier manual de psicología del desarrollo:
- El niño fácil come y duerme con un ritmo regular, acepta las novedades sin mucha protesta y su ánimo suele ser bueno.
- En el niño difícil los ritmos son irregulares, las reacciones fuertes y necesita más tiempo para acostumbrarse a cada cambio. Llora más fuerte, y también se alegra más fuerte.
- El niño de adaptación lenta se retira ante todo lo nuevo, pero sin presión acaba sumándose después de unas cuantas repeticiones y termina tomándole cariño a la cosa.
Aquí llega la parte que la divulgación suele omitir. En esos tres grupos se logró clasificar aproximadamente al 65 por ciento de los niños de la muestra. El tercio restante era una mezcla o no encajaba bien en ningún retrato. Así que, si buscas en vano a qué descripción corresponde tu hijo, no es un fallo de observación; es el resultado más frecuente.
Una mirada más reciente la aportó Mary Rothbart, que describe el temperamento como la interacción de dos cosas: la reactividad, es decir, con cuánta fuerza arranca el niño, y la autorregulación, es decir, lo bien que consigue frenar de nuevo. El segundo componente se desarrolla con la edad, y justo hacia él apunta casi todo lo que un padre o una madre pueden hacer.
Goodness of fit: el ajuste importa más que el tipo
Lo más valioso que aportaron Thomas y Chess no es la tipología, sino un concepto que llamaron goodness of fit. Se traduce como el ajuste entre el temperamento del niño y las exigencias del entorno en el que vive. Según sus observaciones, los problemas posteriores no los predecía el temperamento en sí, sino el desajuste entre este y lo que el entorno le pedía al niño.
En la práctica eso significa que el llamado niño difícil no es un niño peor. En una familia donde se cuenta con que necesita tres semanas para acostumbrarse a una actividad nueva y donde el ritual de la noche transcurre siempre igual, de un temperamento impetuoso crece una persona enérgica y directa. En una familia que lee esa misma reacción como desobediencia y responde con presión, la cosa se convierte en una pelea diaria y el niño aprende además que hay algo malo en él.
El mismo mecanismo funciona también al revés. Un niño tranquilo y adaptable lo tiene fácil casi en todas partes, pero en una familia que toma su poca exigencia como algo natural se convierte fácilmente en el que nunca recibe atención, porque no da problemas.
Dónde verás el temperamento en un día normal
No necesitas ni cuestionarios ni especialistas. Basta con observar cuatro situaciones que en casa ocurren de todos modos.
El primer contacto con lo nuevo. Llega una visita o entras con él por primera vez en una ludoteca. ¿El niño corre derecho hacia dentro? ¿Se te queda pegado a la pierna diez minutos y luego se despega? ¿O se queda de pie mirando durante una hora entera y se suma la semana siguiente? Es la observación aislada más elocuente de la que dispones.
Un cambio de plan. Una excursión cancelada, otro camino de vuelta de la guardería, un pan distinto en el desayuno. Un niño se encoge de hombros, otro se enfada veinte minutos, un tercero pregunta por qué ha cambiado y por la noche todavía vuelve al tema.
El final de la diversión. Observa cuánto dura el paso del juego a la cena. Arrancar despacio y terminar despacio suelen ir juntos, así que el niño que tarda en arrancar necesita también un aviso más largo antes del final.
La persistencia en una sola cosa. ¿Cuántos minutos aguanta con un juego de construcción cuando una pieza no le encaja? ¿Lo deja en silencio o empieza a lanzar piezas por la habitación? La distracción y la persistencia se relacionan menos de lo que uno esperaría; hay niños que se distraen con cualquier cosa y, aun así, vuelven con tenacidad a lo suyo.
Educar según lo que tienes en casa
El niño movido
La actividad alta y las reacciones fuertes necesitan dos válvulas. La primera es el movimiento antes de que se acumule; una hora al aire libre antes de los deberes hace más por la calma que cualquier sermón durante ellos. La segunda son unas reglas claras y breves, porque en pleno arrebato nadie escucha explicaciones largas.
Con las reacciones impetuosas funciona separar la emoción de la conducta. El enfado está bien, dar patadas a la puerta no, y esa diferencia se puede decir en una sola frase que el niño oye siempre igual. El elogio, además, funciona mejor por lo que el niño ha conseguido que por cómo es.
El niño sensible
Un umbral de sensibilidad bajo significa que los carteles de un centro comercial, la etiqueta de la camiseta y una tía que habla fuerte son para ese niño estímulos realmente intensos, no una excusa. Ayuda reducir la carga, no endurecerlo: visitas más cortas, un sitio más silencioso para los deberes, un final del día tranquilo.
En los niños sensibles, la vivencia intensa suele ir unida a que le dan vueltas a las cosas y se construyen de antemano los peores escenarios. Es útil nombrar lo que va a pasar, con antelación y en concreto. "Mañana vamos al médico, te vas a sentar en una silla y la doctora te va a mirar la garganta" hace más que asegurarle que no será nada.
El niño de adaptación lenta
Este niño necesita tiempo, no un empujón. Si lo despegas a la fuerza en la puerta de una actividad, aprende que una situación nueva termina en pelea con su padre o su madre. Si lo dejas tres sesiones sentado en el banco mirando, a la cuarta suele sumarse solo.
Funciona también llegar antes que los demás, porque entrar en una sala vacía es algo muy distinto de entrar entre quince grupitos ya formados. Y vale la pena decirle una frase a la maestra de antemano: "Primero mira un rato, después participa." Eso le ahorra al niño una serie de invitaciones para las que todavía no está preparado.
Etiquetas que se pegan de por vida
El mayor daño no lo hace el temperamento, sino lo que el niño escucha sobre él. "Este es el salvaje de la casa" o "esta es sensibilísima" se dice delante del niño cien veces y un día empieza a usarlo él mismo como explicación de por qué no va a intentar algo.
Describe por eso la conducta, no el carácter. La diferencia entre "eres torpe" y "ese bol estaba demasiado cerca del borde" suena a juego de palabras y en la cabeza del niño es una información completamente distinta. En la descripción de una conducta se puede cambiar algo; en la de un carácter, no.
La segunda trampa es la contraria: intentar romper el temperamento. Una serie de fiestas de cumpleaños no convierte a un niño introvertido en un tipo sociable; solo produce un niño que además sabe que tal como es no basta. ¿Cuándo fue la última vez que le pediste a tu hijo que fuera más rápido de lo que sabe ser?
Se puede trabajar con la autorregulación, no con la configuración de partida. Un niño prudente puede aprender a dirigirse a la dependienta, un niño impetuoso puede aprender a salir de la habitación antes de lanzar la pieza. Ambas cosas llevan años y avanzan a pasos pequeños, y en ambos casos no cambia lo que el niño siente por dentro, solo lo que hace con ello. La misma pregunta se plantea también en los adultos, como describe el texto sobre si se puede cambiar el temperamento.
Un límite para cerrar esta parte. El temperamento explica el estilo de las reacciones, no todo. Cuando un niño lleva mucho tiempo sin dormir, pierde el interés por cosas que antes disfrutaba, habla de sí mismo de forma muy negativa o sus rabietas no ceden con la edad, no es una cuestión de carácter y corresponde al pediatra o a un psicólogo. La tipología casera no sustituye a ninguna ayuda profesional.
Cuando el padre y el hijo no coinciden en el ritmo
La fuente más frecuente de tensión doméstica no es un niño difícil, sino la diferencia entre dos temperamentos en una misma cocina. Una madre rápida, que ya tiene en la cabeza las tres tareas siguientes, viste a un niño de adaptación lenta que necesita ponerse él solo el segundo zapato. En cinco años pasan por eso mil veces y las dos partes acaban siempre enfadadas.
Otras veces es al revés. Un padre tranquilo, de ritmo lento, y un niño movido que desde por la mañana necesita movimiento y ruido. El padre tiene la sensación de que en casa nunca hay silencio, el niño tiene la sensación de que nadie quiere correr con él, y mientras tanto ninguno de los dos está haciendo nada mal.
La diferencia de ritmo se resuelve mucho mejor cuando sabes de qué lado estás tú. Nuestro test de temperamento tiene 24 preguntas y lleva unos cuatro minutos; está pensado para adultos, así que respóndelo por ti, no por tu hijo. Un padre que sabe de sí mismo que bajo presión acelera y levanta la voz consigue bajar el tono por la mañana en la puerta antes de que arranque el quinto conflicto de la semana. Cómo se leen después los resultados y qué hacer con ellos lo describe el texto sobre cómo saber tu temperamento.
Prueba una cosa: la semana que viene, después de cada conflicto de la mañana o de la noche, anota de qué iba en realidad. Si de la velocidad, del ruido, de un cambio de plan o del final de la diversión. Al cabo de siete días, en las notas suele repetirse siempre lo mismo, y eso ya se puede planificar de otra manera. La historia de los cuatro caracteres clásicos y su forma moderna la resume el repaso de los cuatro temperamentos.

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