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Trabajo y productividad

Cómo dejar de procrastinar según tu tipo de bloqueo

Cómo dejar de procrastinar: las técnicas que funcionan según aplaces por aburrimiento, por miedo al error o por distracción.

El domingo por la noche, Marta anotó una sola cosa en la agenda: "lunes, terminar el informe financiero". El lunes a las diez de la mañana tenía la bandeja de entrada limpia, el segundo café y once pestañas abiertas con reseñas de aspiradoras. El informe no había avanzado ni una línea.

Cuando alguien pregunta cómo dejar de procrastinar, casi todas las respuestas apuntan a la planificación. Pero Marta tenía un plan, y bastante bueno. Se atascó otra cosa, en algún punto entre abrir la hoja de cálculo y escribir la primera cifra. Y mientras no sepas cuál es esa cosa, seguirás probando técnicas que te quedan más o menos como los zapatos de otra persona.

Por qué fallan los consejos universales contra la procrastinación

"Simplemente empieza". "Divídelo en pasos pequeños". "Apaga el móvil". Cada uno de esos consejos ha salvado de verdad a alguien. Y cada uno de ellos no le sirve de nada a otra persona, porque trata un problema distinto del que esa persona tiene.

Vista desde fuera, la postergación siempre parece igual. La tarea sigue ahí, el tiempo corre, tú haces cualquier otra cosa. Debajo, sin embargo, funcionan motores distintos. A uno lo ahuyenta el aburrimiento, a otro el temor al resultado, a un tercero se lo lleva una notificación y reaparece cuarenta minutos después sin saber cómo llegó hasta allí.

El gran metaanálisis de Piers Steel de 2007 reunió cientos de investigaciones y mostró algo que encaja mal con la imagen del procrastinador perezoso: el predictor de personalidad más potente de la postergación no es la pereza ni la incapacidad de planificar, sino la impulsividad. Es decir, la tendencia a ir tras lo que resulta tentador justo ahora. Entre otras cosas, eso explica por qué quien aplaza una cosa concreta a menudo despacha mientras tanto un montón de trabajo distinto.

La consecuencia práctica es incómoda. El consejo que a tu compañero le cambió la semana a ti no te hace nada, y de ahí sacas la idea de que "no sabes trabajar sobre ti mismo". En realidad solo recibiste una herramienta para un problema que no tienes.

Atacar siempre del mismo modo el mismo síntoma te mete en un bucle raro. Coleccionas aplicaciones de planificación, pruebas el pomodoro, compras agendas con cuadrícula horaria y nada se mueve. Esas herramientas no son malas. Sencillamente apuntan a un punto donde a ti no te chirría nada.

Averigua primero por qué aplazas

Fuschia Sirois y Tim Pychyl describieron en 2013 la procrastinación como una reparación del ánimo a corto plazo. No aplazas porque no sepas manejar el tiempo, sino porque la tarea te provoca una sensación desagradable y posponerla te libera de ella durante un rato. La procrastinación es, por tanto, más un asunto de regulación emocional que de calendario.

Esa sensación desagradable, eso sí, no tiene el mismo color en todo el mundo. En la práctica, la postergación se reparte en tres fuentes, y la mayoría de la gente tiene una principal y otra secundaria.

FuenteQué sientes justo antes de aplazarLa frase que te dices
Aburrimiento y rechazo a la tareaembotamiento, resistencia, "esto no""Lo haré cuando esté de humor".
Miedo al fracaso y perfeccionismotensión, presión en el pecho, inseguridad"Todavía tengo que pensarlo bien".
Impulsividad y distraccióncasi nada, solo aparece algo más apetecible"Solo miro un segundo y vuelvo".

La diferencia entre ellas no es académica, porque lleva a estrategias opuestas. Con la primera fuente necesitas hacer la tarea más llevadera. Con la segunda, al contrario, bajar las exigencias sobre el resultado. Y con la tercera se trata sobre todo de quitarte oportunidades de fuga.

Las fuentes además pueden alternarse según la tarea. Una misma persona aplaza la declaración de la renta por aburrimiento, la presentación para la dirección por miedo y la respuesta a un correo solo porque entretanto le entró un mensaje al móvil. Tiene sentido, entonces, preguntar por un trabajo concreto y no en abstracto "qué tipo soy".

Recuerda ahora la última tarea que se te quedó tres días encima de la mesa aunque se hubiera resuelto en una tarde. ¿Qué te alejaba exactamente de ella? La respuesta "no tenía tiempo" casi nunca se sostiene: tiempo había, solo que lo pusiste en otra parte.

Encontrarás un desglose más detallado en el artículo sobre los tipos de procrastinación. Si no tienes claro qué fuente pesa más en tu caso, puede servirte un test de procrastinación breve: 21 preguntas, unos tres minutos, y al final ves cómo se reparten esas tres fuentes en ti. No es un diagnóstico, más bien un espejo que puede ahorrarte unos cuantos meses de prueba y error.

Cuando aplazas porque la tarea te aburre

Javier lleva un pequeño taller y una vez al mes tiene que subir al sistema los datos de facturación. Le lleva cuarenta minutos, no requiere pensar absolutamente nada y lo detesta. Resultado: lo hace siempre el último día del mes pasadas las nueve de la noche, cansado y enfadado consigo mismo.

Buscarle un sentido más profundo a ese trabajo no sirve de nada. El aburrimiento es información sobre la tarea, no sobre ti. El objetivo es volver esa actividad soportable, no meterte en ella a fuerza de voluntad.

  • Timeboxing en lugar del objetivo "terminarlo". Pon veinte minutos y, cuando suene el temporizador, para de verdad. Una tarea aburrida con un final visible es una tarea completamente distinta.
  • Carrera contra el reloj. Javier pone un cronómetro con la facturación e intenta batir el mes anterior. Suena tonto y funciona sorprendentemente bien.
  • Enlazarla con algo agradable: un pódcast concreto o el café de tu cafetería favorita, que solo te permites durante esta actividad.
  • Lo más pesado a primera hora de la mañana, antes de que el resto del día te sepulte y tengas la excusa de estar cansado.
  • Cambio de entorno. Otra mesa, otra habitación, otra cafetería. El embotamiento se ata también al lugar donde lo vives.
  • Recompensa justo después de terminar, no al final de la semana. El cerebro calcula bastante mal a largo plazo.

Javier acabó probando dos cosas. Movió la facturación al primer lunes del mes por la mañana y se pone conferencias que de otro modo nunca escucharía. Sigue llevándole cuarenta minutos. La diferencia es que ya no le cuelga encima todo el mes como una deuda sin pagar.

Lo que falla con toda fiabilidad es esperar a la motivación. Con las tareas aburridas no llega, porque no hay de dónde nazca. Las ganas de hacer papeleo repetitivo aparecen después del arranque, si es que aparecen, y quien espera el estado de ánimo adecuado en la práctica espera al plazo.

Cuidado, eso sí, con una trampa. La gamificación y las recompensas funcionan con el aburrimiento y suelen fracasar con el miedo al error. Cuando lo que te aleja de la tarea es el temor al resultado, el cronómetro solo aumenta la presión. Cómo lidiar con el embotamiento en tareas repetitivas lo desarrolla el texto sobre la procrastinación por aburrimiento.

Cuando aplazas por miedo a que no quede perfecto

Volvamos a Marta. Si le preguntaras por qué no abrió el informe, no te diría que le aburre. Diría que necesitaba pensarlo. En realidad sabía que en una cifra tendría que hacer una estimación, y la aterraba la idea de que alguien en la reunión preguntara de dónde salía ese número.

Quien busca la perfección no aplaza por pereza, sino por protección. Mientras no has empezado, tu trabajo no puede ser malo. Retrasar mantiene viva la idea agradable de que "si tuviera tiempo de verdad para esto, me saldría genial".

La paradoja de esa defensa es que fabrica con toda fiabilidad justo el resultado que temes. Un informe escrito la noche antes de la reunión saldrá peor que uno hecho con calma el miércoles por la tarde. Aplazar en nombre de la calidad reduce la calidad, y para un perfeccionista ese suele ser el primer argumento que de verdad lo mueve.

  • Un borrador tosco como primer paso obligatorio. Escribe a propósito la versión mala, con huecos e interrogantes. Corregir siempre es más fácil que crear desde el vacío.
  • Un listón de "suficientemente bueno" definido de antemano: tres párrafos, dos cifras, una página. Sin esa frontera la tarea no se cierra nunca, porque todo se puede mejorar.
  • Separa la creación de la revisión. Primero se escribe, solo después se lee. Quien edita mientras escribe no termina ni el primer párrafo.
  • Los pasos pequeños y visibles cumplen aquí otro papel que con el aburrimiento. No se trata de velocidad, sino de la prueba de que el mundo no se hundió después de entregar algo imperfecto.
  • Enseña el trabajo a medias antes de que esté terminado. La crítica a un boceto duele menos que el silencio ante una obra perfecta.
  • Pon el techo al tiempo, no a la calidad. Dos horas para la propuesta y luego sale, te guste más o te guste menos.

Merece atención también cómo actúan los plazos sobre esta fuente. Una entrega cercana puede tapar el miedo, así que el trabajo al final aparece. El precio son las noches en vela y la sensación de que esa no era tu mejor versión. Un sistema construido sobre la idea de que el pánico siempre te rescata aguanta hasta la primera semana con tres plazos a la vez.

Con esta fuente, entonces, no ayuda la presión sino el permiso para entregar un trabajo del montón. Dónde termina la exigencia sana y empieza el listón que te paraliza lo describe el texto sobre perfeccionismo y procrastinación.

Cuando te arrastra otra cosa

La tercera fuente parece inocente. No sientes nada especial, solo aparece en tu visión periférica una notificación, una pregunta de un compañero o la idea de comprobar un detalle. Cuarenta minutos después estás viendo un vídeo sobre la construcción de puentes medievales sin saber cómo llegaste ahí.

La autodisciplina sirve de poco, porque el combate ocurre exactamente en el momento en que menos capaz eres de decidir. Resulta más eficaz quitarte las oportunidades de antemano, mientras tienes la cabeza fría.

  • El móvil a otra habitación, no al cajón. Unos metros de distancia hacen más que el mejor propósito.
  • Bloques cortos, de veinte a treinta minutos, con un final claro. Un bloque largo pierde casi siempre contra la primera distracción.
  • Una cosa a la vez. Pestañas cerradas, correo cerrado, una sola aplicación abierta. La multitarea es combustible para este tipo de postergación.
  • Planes de "cuando, entonces", lo que los psicólogos llaman intenciones de implementación: "Cuando termine el café, abro la hoja y escribo la primera línea". La decisión la tomas antes, no en medio de la tentación.
  • Fricción en los dos lados. Cierra la sesión de la aplicación que te roba el tiempo; el documento en el que trabajas déjalo abierto incluso por la noche.

Conviene ser concreto contigo mismo. "Voy a distraerme menos" no es un plan, es un deseo. "El móvil se queda en la cocina de nueve a once" sí es un plan, porque al cabo de una semana puedes comprobar sin esfuerzo si lo cumpliste.

Las interrupciones, además, cuestan más de lo que parece. Cuando vuelves a un trabajo a medias, tardas un rato en recomponer el contexto: dónde lo dejaste, qué querías escribir a continuación, por qué abriste este archivo. En tareas complejas eso son varios minutos, y con veinte interrupciones al día pasas una parte considerable de la jornada solo arrancando de nuevo.

Lo contraintuitivo de esta fuente es que cuanto más tiempo libre tienes, peor sale. Una tarde vacía y sin estructura es peor para una persona impulsiva que una tarde con tres reuniones repartidas por el medio. La configuración concreta del entorno y el trabajo con la atención los desarrolla el artículo sobre procrastinación y distracciones.

Por dónde empezar hoy mismo

Cuando lo que te bloquea es una tarea concreta, no empieces por el sistema. Los sistemas se construyen bien en los momentos en que no hay ningún incendio. Empieza por un paso tan pequeño que te parezca casi ridículo.

Abrir el archivo y escribir un título. Buscar el número al que no te apetece llamar. O sacar de la caja el primer papel. No se trata de terminar la tarea, sino de romper la frontera entre "sin empezar" y "en marcha", porque esa es la más cara en las tres fuentes.

Una tarea para hoy basta de sobra. Elige la que lleva más tiempo esperando, no la más grande, y dedícale tres minutos hoy mismo, aunque de ahí solo salga un archivo abierto y una frase escrita.

Después observa qué te ha funcionado. No necesitas una tabla ni puntuarte cada día: basta con recordar al cabo de una semana qué dos tareas arrancaron con facilidad y qué había de distinto entonces. La mayoría descubre que en realidad le sirven una o dos cosas de toda la lista y que el resto puede tirarse por la borda.

Cuenta también con que la postergación va a volver. Un trabajo nuevo, otro tipo de tarea, una temporada más dura, y de pronto estás limpiando la nevera otra vez. Eso no significa que la técnica fuera mala. Lo más probable es que haya cambiado el motor y la herramienta vieja haya dejado de encajar.

La versión más conocida de esta estrategia es la regla de los dos minutos: lo que lleve menos de dos minutos, hazlo de inmediato, y en las tareas grandes te prometes solo dos minutos de trabajo y después decides otra vez. Con la distracción y el aburrimiento funciona casi siempre, porque ambos son más fuertes justo antes de arrancar.

Con el miedo al error, en cambio, ándate con ojo. Dos minutos de trabajo en una tarea que te da pavor se convierten fácilmente en dos minutos de darle vueltas a cómo hacerlo bien, y estás de vuelta en la casilla de salida. Aquí esos dos minutos tienen que pertenecer a escribir el borrador, no a deliberar. Marta acabó entregando su informe con una nota que decía "estimación, la concreto antes del viernes", y en la reunión nadie dijo nada.

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