Elena presenta las cifras del trimestre. En la mesa hay diez personas, ella es la única mujer y el documento que escribió ella misma se lo ha repasado por cuarta vez. Cuando el director la felicita delante de todos, se oye responder que esta vez el encargo venía muy bien planteado.
A nadie de esa sala se le ha ocurrido que ella no pinte nada allí. La pregunta corre solo dentro de su cabeza, y lleva tres años corriendo en voz baja. Elena lo llamaría falta de confianza en una misma, porque así es como suele venderse el asunto. Solo que esa explicación no encaja ni con los datos ni con lo que de verdad ocurre en una sala así.
Una descripción que empezó en mujeres de éxito
El fenómeno lo describieron en 1978 las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes. Trabajaron con estudiantes y con mujeres del mundo académico y empresarial, personas que ya tenían detrás títulos, publicaciones y ascensos. Aun así, en ellas se repetía la misma frase interior: los demás me sobrevaloran y algún día se sabrá cómo es en realidad.
La muestra era femenina y desde entonces la etiqueta se les pega a las mujeres. Las propias autoras advirtieron luego de que de una muestra femenina no se deduce que sea un asunto de mujeres. La muestra decidió dónde nació la descripción, no a quién pertenece el fenómeno.
La idea de que se trata de un tema femenino apareció antes que los datos con los que se podría comprobar, y aguantó otros cuarenta años sobre todo por la fuerza de la repetición.
¿De verdad lo tienen ellas más a menudo?
El resumen más amplio hasta la fecha llegó en 2020 con una revisión sistemática de 62 estudios del equipo de Bravata. La prevalencia declarada iba del 9 al 82 por ciento, según a quién preguntara el estudio y con qué instrumento midiera. Esa horquilla ya es información: se mide algo sobre lo que la investigación aún no ha acordado dónde empieza exactamente.
Sobre el sexo, la revisión ofrece un panorama mixto. Una parte de los estudios encontró puntuaciones más altas en mujeres; otra parte no encontró ninguna diferencia. La frase "las mujeres lo sufren más" no está documentada, y tampoco lo está que no exista diferencia alguna.
Los motivos de la discrepancia son varios: la muestra, el cuestionario empleado y el umbral a partir del cual un resultado cuenta como elevado. Todos se apoyan además en la autoevaluación, así que parte de una eventual diferencia puede estar en la disposición a escribirlo de una misma y no en quién lo vive.
Merece prudencia también la cifra que más circula sobre el tema: que alrededor del 70 por ciento de la gente conoce esa sensación. Aparece en un trabajo de revisión de Sakulku y Alexander de 2011 y allí está formulada como una estimación, no como el resultado de una medición.
El entorno manda señales sobre quién pertenece a dónde
Más interesante que la pregunta por el sexo es la de la sala. Claude Steele y Joshua Aronson describieron en 1995 un mecanismo conocido como amenaza del estereotipo: cuando alguien resuelve una tarea exigente donde sobre su grupo circula la suposición de un rendimiento peor, parte de la atención se va a vigilar esa suposición y el rendimiento baja. El estudio original trataba de estudiantes sobre cuyo grupo circulaba ese estereotipo; trabajos posteriores examinaron el mismo mecanismo en otros grupos y situaciones.
La consecuencia práctica es discreta. No es que la persona piense algo malo de sí misma: un trozo de capacidad se va en vigilar cómo queda, y vigilar cansa.
La prudencia tiene además una propiedad incómoda: se confirma sola. Quien se prepara el triple suele salir bien parado, solo que entonces el mérito recae en la preparación y no en la capacidad. El temor nunca llega a una situación en la que pudiera darse de bruces, y al siguiente día parecido se entra con la misma reserva de dudas. Por eso el patrón no se encoge con los ascensos, más bien al revés: cuanto más arriba, más gente que parece estar ahí por derecho propio.
A eso se suma la posición de única de su especie en la sala. Quien es la excepción del equipo se ve más, se funde peor con el fondo y sus titubeos se leen antes como prueba de algo más grande que un mal día. La mayor visibilidad lleva por sí sola a un comportamiento más cauto: preparación de más y silencio hasta estar segura al cien por cien.
Que esto no va de sexo lo enseña mejor que nada el caso invertido. Sergio es maestro de educación infantil y el único hombre entre catorce personas del claustro. Para las reuniones con las familias se prepara más que sus compañeras, en los claustros habla menos de lo que podría y, cuando unos padres lo felicitan, responde que el mérito es del equipo. Los padres que no lo conocen le preguntan a veces dónde está la maestra.
La relación entre la posición minoritaria y estas sensaciones la estudió Kevin Cokley con su equipo en 2013 con universitarios de grupos minoritarios: el estrés de esa posición se relacionaba con ellas. Lo decisivo, por tanto, no es quién está sentado en la sala, sino cuántos de esos hay.
Por qué la explicación "las mujeres confían menos en sí mismas" no lleva a ninguna parte
El primer problema es de fondo. Si fuera un rasgo estable, viajaría con la persona a todas partes, y no se comporta así. La misma mujer puede callar en un equipo y hablar la primera en otro sin haber trabajado nada consigo misma. Las dudas se mueven con el entorno más deprisa que el carácter.
El segundo problema es práctico. Si la causa es la falta de confianza, el único consejo disponible es "confía más en ti", y todo el trabajo se queda en quien menos posibilidades tiene de cambiar esa sala. La empresa, el centro o el equipo salen de ahí sin tarea.
Merece atención también la palabra "síndrome". Suena a algo que una tiene y que se puede curar, cuando describe una manera corriente de interpretar los resultados propios. El nombre desplazó el centro de gravedad hacia dentro de la persona, y quizá por eso los consejos sobre el tema se paran tan a menudo en la respiración y las afirmaciones mientras la composición de la sala sigue intacta.
Y luego hay un detalle que se pierde del todo. Elena no cree que sea mala en su trabajo; sabe que lee las cifras mejor que la mayoría de esa mesa. La duda no se sienta sobre sus capacidades, sino entre el resultado y su interpretación, es decir, en a quién se le acaba atribuyendo.
Tres sitios donde suena la duda
El patrón se descompone en tres fuentes. Están relacionadas, pero se diferencian en dónde exactamente se meten en el pensamiento. Las desmenuza el texto sobre qué es el síndrome del impostor; en resumen, se ven así.
| Fuente de las dudas | La frase en la cabeza | Cómo se nota donde eres la excepción |
|---|---|---|
| Sensación de impostura | "Me sobrevaloran, este sitio es de alguien más capaz." | Preparación muy por encima del encargo y la pregunta que no se hace para que no se vea el hueco. |
| Desvalorización del éxito | "No fue nada, eso lo saca cualquiera." | Elogio devuelto con una coletilla. Lo terminado no llega a contabilizarse porque el listón ya se ha movido. |
| Azar y circunstancias | "Tuve suerte con el momento y con el equipo." | Mérito disuelto entre los demás y una buena evaluación leída como indulgencia. |
Cuál de las tres habla más alto varía de persona a persona y no acompaña al sexo de forma tan recta como sugieren los titulares. Lo que sí se oye con fiabilidad donde eres la excepción es la preparación de más y la cautela al hablar. Por dónde asoma todo eso en una semana laboral lo desmenuza el texto aparte sobre cómo se ve el síndrome del impostor en el trabajo.
Adivinar la fuente propia desde dentro es difícil: cada una suena a descripción llana de la realidad y no a opinión. Una imagen orientativa la da un breve test del síndrome del impostor: pregunta por situaciones corrientes y muestra tanto el nivel general de dudas como cuál es la fuente más fuerte en tu caso. Tómalo como punto de partida y no como diagnóstico; no es un trastorno y no figura en las clasificaciones de trastornos mentales.
Qué puede hacer una persona por su cuenta
Casi todo lo aprovechable se apoya en un principio: a un sentimiento no se le convence con otro, y con apuntes en papel sí. Cuatro de ellos ocupan un par de minutos por semana.
- Antes de algo exigente, escribe cómo crees que va a salir y por qué, y luego compáralo con lo ocurrido. Si sale repetidamente mejor de lo esperado, tienes una prueba que la suerte no puede explicar.
- Ponte de antemano un techo para la preparación y para cuando se acabe. Preparar más allá ya no sube la calidad, solo calla un rato la inseguridad.
- Al elogio respóndele con una palabra: gracias. Sin coletilla y sin desviarlo enseguida hacia el equipo.
- La duda callada crece; dicha en voz alta, encoge. Elige a alguien del sector y descríbele en concreto qué es lo que no dominas; casi siempre resulta que conoce lo mismo por dentro.
¿Cuándo fue la última vez que dejaste un elogio en pie sin añadirle nada? No que lo aceptaras con educación, sino que no le colgaras nada detrás. Si no te acuerdas, tienes un dato bastante exacto de qué fuente trabaja más en tu cabeza.
La comparación merece atención aparte. En una sala donde eres la excepción apetece medirse con gente cuyos comienzos no viste, y una vara más útil es tu propia versión de hace un año. Por qué el montaje ajeno siempre gana al propio entre bastidores lo desmenuza el texto sobre cómo funciona compararse con los demás.
Qué puede hacer el entorno
Un elogio general se desmonta en un segundo; uno concreto, peor. La frase "buen trabajo" desaparece sin provecho, mientras que "el recálculo de la metodología lo propusiste tú y nos ahorró dos días" no tiene adónde escapar. Para jefes y compañeros es la intervención más barata que hay.
La segunda cosa es la visibilidad. Un mentor habla contigo de qué hacer, pero quien más ayuda es quien pronuncia tu nombre en una sala en la que no estás. Y donde se pueda, no dejar a nadie de única de su especie; dos personas de la misma especie en la mesa dejan de ser representantes de un grupo y vuelven a ser compañeras.
En casa esto se resuelve peor que en el trabajo: la primera reacción suele ser tranquilizar, y eso falla de manera fiable. Qué hacer en su lugar lo describe el texto sobre cómo ayudar a alguien con síndrome del impostor.
Una nota honesta para terminar. Cuando las dudas duran meses, quitan el sueño o te apartan de oportunidades que sabes que podrías sacar adelante, el autoconocimiento no basta y vale la pena hablarlo con un psicólogo. No es una rendición, solo otra herramienta para otro nivel de carga.
Antes de la siguiente reunión, Elena escribió en un papel dos frases: cómo creía que iba a salir y por qué. Ponía que preguntarían por la metodología y que titubearía. Preguntaron por la metodología y ella respondió. Guardó el papel, porque dentro de tres meses esa frase en la cabeza sonará exactamente igual y vendrá bien tener a mano algo que no esté de acuerdo con ella.

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