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Trabajo y productividad

Trabajar a última hora: por qué lo haces y qué te cuesta

¿Dices que rindes mejor bajo presión? Qué hay de cierto en trabajar a última hora, qué es ilusión y cómo reducir el riesgo.

Marta abre la presentación para la dirección un martes a las once menos cuarto de la noche. La reunión es a las nueve de la mañana, la primera diapositiva está en blanco y ya va por el tercer café. A la una y media lo tiene listo, por la mañana lo presenta con dignidad y por la noche se confirma lo que lleva años diciendo de sí misma: bajo presión sencillamente rinde mejor.

Trabajar a última hora tiene en muchas oficinas fama de estilo personal, no de problema. Piers Steel, en su gran revisión de la investigación sobre la postergación de 2007, señaló que buena parte de la gente afirma rendir más bajo la presión de un plazo, mientras que los datos sobre la calidad real del trabajo no son ni de lejos tan claros. La sensación es auténtica. Solo que mide algo distinto de lo que creemos.

Por qué nos creemos esa frase con tanta firmeza

El recuerdo de una noche a contrarreloj es inusualmente vívido. El silencio de la casa, el pulso acelerado, el último guardado unos minutos antes de enviarlo. El cerebro archiva esas escenas con prioridad alta precisamente porque venían cargadas de emoción. Un proyecto entregado con calma tres días antes no deja ninguna huella parecida.

Al balance entran además sobre todo los casos en que salió bien. El informe terminado a las dos de la madrugada al que nadie puso una sola objeción. Los fracasos llegan peor a la estadística, porque enseguida les encontramos explicación: plazo corto, encargo entregado tarde, mala suerte. Así aparece una muestra sesgada en la que casi todo son éxitos.

Y luego está la comparación que nunca ocurre. Nadie tiene a mano la segunda versión de la misma presentación, la que habría hecho con una semana de margen. Comparas un resultado terminado con un hueco vacío, así que "ha colado" significa automáticamente "estaba bien hecho".

Qué funciona de verdad en la presión del plazo

Sería deshonesto sostener que un plazo que se acerca no hace nada. Hace, y bastante. El efecto más potente es además el menos romántico: la presión desactiva la parálisis por decisión. Cuando quedan cinco horas, dejas de sopesar si el gráfico debe ser de sectores o de barras y eliges uno.

El plazo también pone orden en las prioridades. Cosas que parecían igual de importantes se ordenan solas de repente y la mitad desaparece del todo. El perfeccionismo se retira porque no le queda espacio. Para alguien que suele atascarse en los detalles, eso supone un alivio enorme, y se le queda grabado.

En el trabajo rutinario, la activación elevada sí sube el ritmo. Pasar a limpio las notas de una reunión, completar una tabla, revisar veinticinco facturas: aquí la tensión extra ayuda y apenas añade errores. El problema empieza en otro sitio.

Hay todavía otra explicación que suele pasarse por alto. El trabajo sin plazo se expande hasta ocupar todo el tiempo disponible, porque carece de un punto en el que ya sea suficiente. O se mejora sin fin, o se prepara sin fin. El plazo aporta ese punto desde fuera, y en eso resulta útil siempre. La única cuestión es dónde lo colocas.

Dónde empieza la ilusión

Dianne Tice y Roy Baumeister siguieron en 1997 a estudiantes universitarios durante un semestre entero, y sus datos zanjan la discusión con bastante elegancia. Al principio del semestre, quienes postergaban estaban mejor que el resto: menos estrés, mejor bienestar general. El aplazamiento les dio un alivio real a corto plazo.

Hacia el final del semestre la proporción se invirtió. Esos mismos estudiantes declaraban más estrés, más molestias de salud y entregaban trabajos más flojos. La contabilidad era inequívoca: ganancia a corto plazo, pérdida a largo. Lo más interesante es que ninguno de los dos grupos era consciente de ese intercambio en el momento de hacerlo.

La segunda parte de la ilusión tiene que ver con el tipo de trabajo. En tareas más complejas, donde lo que está en juego es la estructura de una idea, un argumento o una propuesta de solución, la calidad baja bajo presión de tiempo. Falta tiempo para dejar reposar el texto, volver a él con distancia y darse cuenta de que el tercer párrafo contradice la conclusión.

Y luego está la partida que se olvida por completo: la reserva cero. Quien empieza la víspera del plazo no tiene margen para nada que salga mal. Una gripe, un material que no llega del compañero, una caída de internet, un archivo que decide corromperse. La mayoría de las noches a contrarreloj pasan sin incidentes. La única que no pasa cuesta desproporcionadamente cara.

Se reconoce por la cantidad de correcciones posteriores. El trabajo terminado a las doce menos cinco suele colar, solo que después vuelves a él dos veces más: añadir una cifra, corregir una errata en el nombre del cliente, reenviar la versión correcta del adjunto. El tiempo ahorrado al principio se limita a desplazarse detrás de la entrega, donde ya nadie lo cuenta.

Respóndete un momento con sinceridad: ¿cuándo fue la última vez que trabajar a última hora te dio un resultado del que estuvieras realmente orgulloso? No uno que pasó el filtro, sino uno que firmarías hoy sin pensarlo.

La factura que llega después

Una noche a contrarreloj por trimestre se lleva bien. Peor es cuando la excepción se convierte en régimen habitual, porque entonces los costes empiezan a sumarse.

La primera partida es el sueño. El plazo se desplaza a la noche, la mañana trae rendimiento a crédito y el cansancio se traslada a los días siguientes, cuando otra vez tienes algo menos de ganas de meterte en algo exigente. Aplazar crea así las condiciones para seguir aplazando.

La segunda partida es el estrés que no termina con la entrega. La tensión de que vuelva a pender de un hilo empieza mucho antes de que te sientes siquiera a trabajar. Es justo esa carrerilla, cuando la tarea lleva una semana en la cabeza sin moverse, la que suele agotar más que el propio remate.

El tercer coste son las personas que te rodean. Javier hace el diseño gráfico para un equipo con dos de esos velocistas dentro. Recibe los textos el viernes por la tarde en lugar del miércoles, así que su propio trabajo se convierte con regularidad en una operación de emergencia. Él no aplaza nada, simplemente ha heredado plazos ajenos.

Más silencioso todavía es el coste para tu reputación. La diferencia entre que te valoren como "es de fiar" y como "al final siempre lo saca de algún modo" no se nota en una reunión. Se nota en el momento en que se reparte un proyecto interesante y alguien calcula por dentro a quién puede confiárselo sin supervisión.

Cómo conservar la presión y rebajar el riesgo

El mecanismo que funciona con un plazo se puede aprovechar sin jugarte el cuello. No se trata de trabajar despacio y con una antelación enorme. Se trata de mover la presión hacia delante, al momento en que todavía tienes margen de maniobra.

  • Un plazo artificial solo vale cuando lleva una sanción real. Prometerle a un compañero que el martes le mandas una versión para comentarios aguanta bastante mejor que una fecha en el calendario que solo ves tú.
  • Divide el trabajo en etapas y dale a cada una su propio plazo. Materiales para el lunes, borrador para el jueves, retoques durante el fin de semana.
  • La regla "borrador terminado una semana antes" cambia el carácter del tiempo restante. El pánico se convierte en edición, y esa es una disciplina completamente distinta.
  • Un punto de control con otra persona funciona mejor cuando quien lo va a ver tiene interés en el resultado. Una reunión sobre una versión en curso es un plazo más duro que un propósito propio.
  • Merece la pena anotar cuándo falló la última noche a contrarreloj y qué la tumbó. Una lista así suele convencer más que cualquier consejo de fuera.

Puedes probarlo en un proyecto y no en toda tu vida laboral de golpe. Elige aquello en lo que la última noche a contrarreloj te costó más nervios y aplícale una sola medida: el borrador una semana antes. La diferencia se verá en el número de ajustes que después te dé tiempo a hacer con calma.

No a todo el mundo le funciona igual. A algunas personas tres plazos parciales les parecen tres oportunidades nuevas de aplazar y les sirve mejor un único bloque cerrado en el calendario. La diferencia está en qué hay detrás del aplazamiento de cada persona.

Cuándo la noche a contrarreloj es solo un síntoma

Trabajar de vez en cuando pasada la medianoche antes de una entrega no tiene por qué preocupar a nadie. La señal llega cuando lo haces todo a última hora: en el trabajo, con la declaración de impuestos, al reservar las vacaciones y con un mensaje que se resolvía en tres líneas.

Hoy la postergación se entiende sobre todo como regulación emocional y no como un fallo de planificación. Apartas algo desagradable y el alivio es inmediato. El motor bajo ese alivio puede ser de tres clases: aburrimiento y aversión a la tarea, inquietud por el resultado unida al perfeccionismo, o impulsividad y dispersión. El repaso de los tipos de procrastinación los desarrolla con más detalle.

Por eso mismo fallan tan a menudo los consejos generales. El perfeccionista necesita sobre todo bajar el listón de la primera versión y permitirse escribir algo feo. En una tarea aburrida ayudan acortarla, añadir estímulo o trabajar en pareja. Y si lo que te descoloca es el móvil y las pestañas abiertas del navegador, la solución está en el entorno y no en la motivación.

Averiguar qué fuente predomina en tu caso no exige un largo examen de conciencia. El test de procrastinación tiene 21 preguntas, dura unos tres minutos y distingue precisamente esas tres fuentes del aplazamiento. No es un diagnóstico, más bien un espejo. Por cierto, uno de los perfiles del resultado se llama Deadline sprinter, y se reconoce en él más gente de la que cabría esperar.

Cuando resulta que detrás de tu aplazamiento hay un patrón más profundo y un plazo adicional no lo mueve, tiene sentido mirar procedimientos concretos sobre cómo dejar de procrastinar. En una de las tres fuentes, trabajar a última hora es de verdad la opción más eficiente disponible. En las otras dos es la forma de huida mejor disfrazada.

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